CULTURA|OPINIÓN
Los tiempos del bosque, decisiones urgentes
La pregunta de fondo, en el Día Mundial de los Bosques, no es técnica. Es cultural, ética y política: ¿qué relación quiere establecer la sociedad chilena con sus bosques? La respuesta que demos o que evitemos dar, se verá reflejada en los paisajes que dejaremos para el futuro de Chile.
Cuando derribamos o quemamos un árbol centenario, esto no implica solo perder madera. Es destruir un organismo que comenzó a crecer mucho antes de que existiera el Chile republicano, que sobrevivió varias generaciones humanas y que sostenía, en silencio, una red de vida irremplazable. Esta imagen resume con brutalidad el choque entre los tiempos cortos de la explotación humana y los tiempos largos de la naturaleza. Sirve, también, para poner en perspectiva qué está ocurriendo con los bosques de Chile.
Nuestros bosques nativos cubren más del 20% del territorio nacional y sostienen la vida de maneras que solemos subestimar. Sostienen la biodiversidad del país, regulan el clima y el ciclo del agua, protegen los suelos, almacenan carbono y sustentan modos de vida locales a través de la leña, la madera y los alimentos. No son un recurso más: sin ellos, gran parte de lo que somos simplemente no sería posible. Sin embargo, los estamos perdiendo.
En 2025 se publicaron en paralelo varias evaluaciones que permiten dimensionar el problema. A escala global, la FAO documentó que el mundo sigue perdiendo bosques a un ritmo de casi 11 millones de hectáreas por año, siendo Sudamérica la región que lidera la deforestación, con 180 millones de hectáreas perdidas entre 1990 y 2025.
Para Chile, la actualización del Catastro Vegetacional de CONAF confirmó una pérdida de cerca de 355 mil hectáreas de bosque nativo entre 2001 y 2023. Más revelador que la superficie perdida es el tipo de bosque que se pierde en Chile: la proporción de bosque adulto bajó de un 38% a un 28% del total en menos de tres décadas, mientras las coberturas más intervenidas aumentaron.
Son precisamente estos bosques antiguos los que concentran la mayor biodiversidad, almacenan más carbono y sostienen funciones ecológicas que los bosques jóvenes aún no han desarrollado. El mapa puede seguir mostrando bosque, pero no toda cobertura de bosque es lo mismo.
La causa principal de esta pérdida es el cambio de uso del suelo, pero en Chile hay un factor que se impone sobre los demás: los incendios forestales. Entre 2014 y 2024, el fuego consumió cerca de 1,8 millones de hectáreas, de las cuales más de 300 mil correspondieron a vegetación natural. La inmensa mayoría de esos incendios tuvo origen humano, ya sea por negligencia, accidentes o acciones intencionales. El daño de los incendios forestales no se reduce a hectáreas quemadas: es, en última instancia, una expresión del modo en que la sociedad ocupa y tensiona el territorio.
Describir este deterioro no debe llevarnos a concluir que el futuro de nuestros bosques está sellado. El diagnóstico es grave, pero no implica resignación. Al contrario: conocer el estado de nuestros bosques es el primer paso para decidir qué relación queremos tener como país con ellos. En ese plano, las posibilidades de acción son claras.
La más urgente es proteger lo que aún permanece. Nuestros bosques adultos y maduros, una vez degradados, pueden tardar siglos en recuperar sus características ecológicas. Protegerlos no es solo una decisión de conservación: es también la medida más costo-eficiente para avanzar hacia la carbono-neutralidad en 2050. Cada hectárea de bosque antiguo que se pierde es una deuda climática que las generaciones futuras deberán cargar.
La segunda prioridad es el control y la prevención de incendios, lo que exige una mirada que vaya más allá de los medios de combate. Implica ordenar legalmente el territorio, regular la expansión de monocultivos, reducir la ignición humana y avanzar hacia paisajes más diversos, resilientes y capaces de sostener vida. Es una tarea que recae principalmente en el Estado en su rol para liderar la renaturalización del paisaje, sin perjuicio de la responsabilidad que también corresponde a comunidades y empresas forestales, y que no se puede seguir postergando entre catástrofes.
La tercera es la restauración. Nuestros bosques degradados cubren vastas superficies cuya recuperación mejoraría la conectividad del paisaje, la biodiversidad y la resiliencia frente al cambio climático. Restaurar no es solo plantar árboles. Significa reconstruir un ecosistema reactivando procesos ecológicos, favoreciendo la regeneración natural y devolviendo al bosque su capacidad de sostener vida. Los avances en restauración de bosques han sido lentos, por falta de políticas efectivas y financiamiento adecuado. Revertir esa tendencia es una decisión que le corresponde principalmente al gobierno y al parlamento.
La pregunta de fondo, en el Día Mundial de los Bosques, no es técnica. Es cultural, ética y política: ¿qué relación quiere establecer la sociedad chilena con sus bosques? La respuesta que demos o que evitemos dar, se verá reflejada en los paisajes que dejaremos para el futuro de Chile.
Comprender el estado de los bosques no es, entonces, solo una manera de describir el presente. Es una forma de entender qué está en juego cuando Chile pierde sus bosques, y también qué puede ganar si decide cuidarlos, restaurarlos y convivir con ellos de una manera más pacífica y responsable. Un árbol tarda décadas en crecer. Talarlo o quemarlo toma minutos. Esa asimetría es, tal vez, la mejor medida de la relación que tenemos con la vida que sostienen nuestros bosques.
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