Publicidad
“Lo que la gente quiere ver”: el cine chileno y su público CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

“Lo que la gente quiere ver”: el cine chileno y su público

Publicidad
Pablo Perelman Ide
Por : Pablo Perelman Ide Director de cine. Consejero audiovisual. Miembro del directorio Asociación de directores y guionistas, ADG.
Ver Más

Este artículo analiza la exclusión del cine chileno en los sectores populares, a pesar del acceso masivo al cine en general. Frente a ella, propone dos conceptos: el cine como “archivo de lo real” (André Bazin) y su condición de “espejo diferido y silenciado” por el monopolio de las majors.


La mirada del planificador de políticas públicas define al cine como “bien cultural” con una función social identitaria, de cohesión social; como “bien público” con el Estado como garante del acceso y la participación; como “bien común” esencial para el desarrollo humano en una sociedad justa y equitativa. Pero la mirada individual del consumidor apunta a su entretenimiento y distracción. Esta funcionalidad hedonista resulta, con total naturalidad, en un enriquecimiento cultural personal, en la formación de un “capital cultural” propio. En eso, en conjugar placer y conocimiento, el cine sigue siendo, como desde comienzos del siglo XX, imbatible.

Todos los estudios sobre consumo cultural coinciden en que el acceso al cine, en salas y plataformas, es masivo. Sin embargo, ese acceso excluye sistemáticamente al cine nacional, y la exclusión es más profunda en los sectores más pobres y vulnerables. Esta fractura expresa la debilidad más honda de nuestra matriz cultural: su incapacidad para que los sectores populares se reconozcan en las imágenes que ella misma genera.

Las condiciones en que se distribuye el cine nacional en las multisalas, el streaming o la TV abierta lo castigan para favorecer el producto comercial de modelo hollywoodense. En Chile, como en casi todos los mercados, el sentido común, la doxa dominante, nos dice que el único cine que vale la pena es el de Hollywood. Lo demás —europeo, latinoamericano, nacional— es percibido como “extraño”, “aburrido”, “mal hecho” o “solo para intelectuales”. Estos juicios no son naturales: son aprendidos. Son producto del monopolio de las pantallas, del control de la distribución, de una maquinaria de marketing que impone un solo tipo de relato: “Lo que la gente quiere ver”, se nos dice. En realidad, la gente aprende a no querer verse a sí misma, porque la imagen propia no corresponde al ideal impuesto.

Así, el archivo de lo real que es el cine nacional es sistemáticamente excluido de la circulación, silenciado, y cuando logra filtrarse es descalificado por un gusto colonizado, producto de la dominación cultural.

¿Entonces, será necesario que nos enseñen a ver películas nacionales, ya que el mercado no se encarga de hacerlo? No deja de resultar llamativo que, a diferencia de la literatura, las artes visuales o la música, el cine esté ausente del currículo de la educación formal chilena. No hay docentes ni infraestructura, se dice.

Pero si las películas chilenas no están representadas adecuadamente en salas comerciales, streaming o TV abierta, ¿cómo podemos afirmar que no le gustan al público… o que sí le gustan? Ninguna afirmación se sostiene mientras no se someta a prueba en un espacio y un tiempo congruentes.

¿Cuál podría ser ese espacio? La televisión abierta es aún el medio preferido por los sectores populares para consumir cultura. Allí las preferencias apuntan a una programación nacional definida como “no cultural”, un lugar del que el cine chileno ha sido arbitrariamente excluido pero que acoge con entusiasmo otra manifestación audiovisual criolla: la telenovela.

Ese espacio no es el multicine en el mall, donde la publicidad de los best sellers de animación o superhéroes arrasa. Donde, para colmo, apostar por la película nacional de la que no se sabe casi nada resulta un riesgo demasiado caro frente a la producción norteamericana ya “calada”. Necesitamos un espacio donde no se exponga al producto nacional a la competencia asimétrica con Hollywood; donde no falte información y orientación; un espacio más cercano y barato que el gran centro comercial.

Se trata de crear un mercado subvencionado como es OndaMedia en el streaming o la Red de Salas en la exhibición pero mucho más amplio, con programación curada y acceso gratuito en espacios comunitarios, donde no falte una voluntad de alfabetización medial que genere un interés basado tanto en la diversión como en el enriquecimiento cultural, que los públicos comprendan como un beneficio práctico. Esta voluntad es distinta de la contenida en el concepto de “formación de público”, que refiere más bien a un proceso de mediación para facilitar el acceso a cierto cine de arte a un público con intereses especiales, no necesariamente hedónico. (Por “público” se entiende aquí el que asiste a salas; “audiencia” alude a los consumidores en plataformas.)

La relación con los públicos es un tema recurrente entre directorxs, guionistas y productorxs del cine chileno, una relación poco desarrollada debido a las asimetrías del mercado. Para superarlas, lo primero es ampliar el universo de consumidores de cine nacional hacia los sectores medios y medio-bajos, ayudándoles a adquirir la capacidad de gozar y atesorar el cine chileno. Solo así haremos de nuestro cine un bien común que, al ser compartido, contribuya a la igualdad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad