CULTURA|OPINIÓN
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Polifonía cultural y escenografía móvil: el punto-contra-punto de Soledad Bianchi
Esta es la asertiva composición de un libro de muchos otros libros, finamente hilvanado con y de lecturas variadas, pero sobre todo de vivencias y experiencias cargadas de significaciones, nada azarosas y sin concesiones respecto de estrategias editoriales de mercado y súper venta.
Entre puntos de lectura: reflexiones, recortes, enlaces (Seix Barral, 2026), la más reciente entrega literaria y ensayística de Soledad Bianchi, académica, escritora, crítica literaria y figura indiscutida y referencial en la escena cultural y literaria, tanto en Chile como en universidades y medios extranjeros, viene a completar un mapa crítico-literario (en buena hora y nunca del todo resuelto) que Bianchi ha trazado e inscrito con sus anticipatorias, señeras y panorámicas obras (“me han criticado –ha dicho, la también autora de Lemebel (Montacerdos, 2018)- diciéndome que yo hacía demasiados panoramas”, necesarias –según sus visiones y discursividades críticas-, porque: “existen estas, estos, esos”.
Se trata de un libro de lecturas múltiples, de variados orígenes y autores; un libro como hilvanado y entretejido punto-contra punto, en modo y en tono polifónico por sus muchos y entre compaginados sonidos, registros, voces, decires, tesituras; escrito con una belleza de orfebrería. Un libro de puntos anversos y de reversos, en el que no cabe la expresión coloquial de “dar puntadas con o sin hilo” (alusivo a la astucia y el cálculo).
El hilo conductor que entrelaza sus páginas es: la escritura a través del tiempo (leer podría ser un viaje apasionante por los tiempos del tiempo /p. 133); aquellas petrificadas o en papiros, desde las amanuenses hasta las impresas y las ahora digitales; de la historia, con sus libros demonizados, prohibidos, incinerados, proscritos, censurados, referenciales, trasgresores (al otro lado del espejo están los libros muertos, mutilados, extraviados o prisioneros /p. 125); de las lenguas, vigentes y/o extintas; de los alfabetos y las gramáticas; de la literatura y sus autores/as; de las bibliotecas, primigenias, históricas, públicas, de la propia también.
Aquellas, de la clase trabajadora ilustrada, que la dictadura en Chile hizo arder (En África cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel /p. 111).
Es también un libro novedoso que –en el lector- puede generar preguntas o a lo menos curiosidad, respecto de: su método de trabajo, la data de su escritura, el registro acucioso de lecturas sistemáticas y continuas, la existencia y acumulación de apuntes, fichas, notas, archivos; también de referencias epistémicas, bibliográficas, críticas; y, por supuesto, la biblioteca personal de la autora, dato relevante para un lector interesado. Pensemos, al respecto, en bibliotecas (ardidas, extraviadas, dispersas) como las de Walter Benjamín, Roland Barthes, Martín Cerda.
Este libro rizomático, en sus raíces y en sus des/pliegues, caleidoscópico también, el que al hojearlo o abrirlo al azar, van apareciendo: reminiscencias, fragmentos, recortes, pasajes, escenas, testimonios, voces, presencias, ausencias. Es un libro que se instala en la escena cultural en un punto preciso de connotaciones variadas, relevando la lectura y la escritura en tiempos de exacerbación de: la inteligencia artificial y la supremacía de las tecnologías que todo lo median, lo envasan, lo publicitan, lo intercambian, lo idolatran, lo desechan.
Valdría considerar y atender los cambios que se han venido definiendo e implementando en materia curricular y programática en educación, más bien pensados para comunidades de estudiantes que cada vez leen menos y escriben menos (Escribir para esta nueva sociedad de no lectores, invisibiliza /p. 131), los que, por añadidura, reflexionan menos, disminuyendo significativamente su juicio crítico; sujetos, especialmente de sectores empobrecidos, adiestrados para la producción, el consumo y la mansedumbre.
Bianchi, en sus libros y desde sus primeros artículos, ligados a su temprana docencia, denota y connota: saberes, conocimientos, intuiciones, posiciones éticas, estéticas y políticas. Desde y durante su exilio en Francia, de 1975 a 1987, junto a su compañero de vida, el artista visual y Premio Nacional de Artes Plásticas 2007, Guillermo Núñez; o integrada al comité de redacción de la ya emblemática Revista Araucaria de Chile (un legado de 48 tomos, pensados, gestionados e impresos -a distancia- entre Francia, la entonces URSS y España), soporte gráfico y cultural del Partido Comunista chileno en el destierro; revista de la que hasta la misma Soledad ha dicho que: “no fue solo de exiliados, ni solo para exiliados” y, por ende, no solo fue de los comunistas, ni para los comunistas.
Y a la postre, su despliegue académico, también en Francia, y luego a su retorno definitivo a Chile: retomando vínculos, conversaciones, afectos, transitando por y desde los espacios concéntricos de “la cultura”; viviendo los años transicionales de la post dictadura en activa producción, desplazándose hacia los márgenes -no solo textuales sino también territoriales- de la ciudad i-letrada; para muchos zona de ignaros, y en donde acontecen asuntos de importancia cultural, artística y política -no solo delictual- como suele exhibirse en la deliberada estrategia periodística y mediática.
Si bien sus -hasta ahora- nueve libros, se articulan en torno a lecturas críticas, las perspectivas y los enfoques de sus narrativas, se contra-entre-argumentan en ejes, no exclusivamente lingüísticos y/o analíticos, sino también: en los contextos históricos, en lo político, en la memoria, en lo contra-cultural, en el barroquismo y neo barroquismo (más que en el eclecticismo), en las heterodoxias, en las actualidades, en las contingencias. También, todo aquello que ha sido y es material de su escritura: la televisión, la radio, la prensa, la música, el cine, el arte, el mall, el zapping, el callejeo, la ciudad, la gente.
Su ojo lector y crítico se ha orientado siempre a: nuevas propuestas, estilos, voces, pluralidades, divergencias, multiplicidades, disidencias y contra discursividades. De ello también dan cuenta, a modo de ejemplo, sus cursos de memoria y post dictadura en la Universidad de Chile, en los que instaba a sus alumnos a leer a Mauricio Redolés, a José Ángel Cuevas a Pedro Lemebel. Por lo demás, Bianchi es una intelectual del pensamiento y la palabra -para quien- las referencias, cuáles sean, son irreductibles o no se circunscriben al dato literario y/o literal.
Sus lecturas críticas – lecturas posibles (tomando el asertivo título de uno de sus libros), pueden ser leídas desde lo teórico (no obstante señalar, más de alguna vez: no ser una teórica literaria); desde lo heterogéneo (teniendo –según también ha dicho- una concepción de literatura y de los géneros ¡todos!… también los sexuales); desde lo con/textual, lo disciplinario, lo lingüístico, lo argumentativo, lo interpretativo, lo dialógico, lo analítico, lo deductivo, lo visual, lo informativo, lo propagandístico, lo objetual, lo performático, lo experimental…), contribuyendo, dado su circunstancia y su contexto de escritura, a la composición de su tan personalísimo estilo de leer, escribir, enseñar, analizar y aproximarse a los materiales que le interesan y la pre/ocupan, trabajando –según el escritor Leonardo Sanhueza- “la literatura (como) un detonante de ideas que se relacionan de manera diversa y necesaria con muchos otros aspectos de la realidad”.
En el supuesto que cada lector busca algo de sí en el libro leído o por leer (ese texto que escribimos en nuestro propio interior cuando leemos /p. 341), y muy al modo de personalísimos ejemplos, como no hacerlo, leyendo: ¿Qué? La eternidad de Marguerite Yourcenar, o Manual de los inquisidores de Antonio Lobo Antunes, o La musiquilla de las pobres esferas de Enrique Lihn; o volviendo a experimentar esa kafkiana condición bicha, o esa sensación borgeana del laberinto, o esa rulfiana fantasmagoría de este mundo y del otro.
Esta es la asertiva composición de un libro de muchos otros libros, finamente hilvanado con y de lecturas variadas, pero sobre todo de vivencias y experiencias cargadas de significaciones, nada azarosas y sin concesiones respecto de estrategias editoriales de mercado y súper venta, lo que, por cierto, constituye riesgos que la autora, en toda su trayectoria intelectual y crítica, se ha dispuesto a correr.
De entre los muchos Puntos de Lectura a los que Soledad Bianchi nos invita, a modo de ejercicio, elijo el bello fragmento de Isaac Asimov, como un significativo pasaje a mi transitivo lugar de lector: Para un niño pobre cuya familia no se podía permitir comprar libros, la biblioteca era una puerta abierta hacia las maravillas y el éxito y nunca podré estar lo bastante agradecido por haber tenido el buen juicio de haber atravesado esa puerta y sacar el mejor partido de ello. /p. 114).
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