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Lo inaprehensible del arte en la Constitución

por 14 noviembre, 2021

Lo inaprehensible del arte en la Constitución
El arte pareciera ser más inaprehensible, si es que se le quiere considerar, fuertemente, como la instancia donde la crisis y la belleza existen en todo posible acontecimiento, no importando de qué disciplinas se esté reflexionando o planteando. Pueden existir planificaciones (y hay experiencia histórica) estéticas para un mejor vivir, sin embargo estas entran en la relación con el diseño de la vida, el cual no digo que no sea necesario en absoluto, pero las modelizaciones en estos asuntos son interesantes e importantes en una medida de contingencias y coyunturas concretas, las cuales, también, pueden tener apropiación de cualquier política o sistema que las requiera. Las definiciones sociológicas solo tendrían sentido para análisis de contingencias; perspectivas cibernéticas pueden atreverse más a establecer una definición, pero es algo muy discutible y extenso ahora. El principio “motor” del desgano y fuerza subversiva del arte siempre puede ser cosificado de forma posterior, pero en los presentes que le toquen vivir a cada generación o épocas no podrían ser materia de control institucional, ni redacción normativa.     
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Aproximadamente, la última semana y media ha sido de variadas exposiciones de organizaciones y personas naturales en las comisiones encargadas de escribir la nueva constitución chilena. La que más he observado es la que más me compete a mi área de estudio e investigación: Conocimientos, Culturas, Ciencia, Tecnología, Artes y Patrimonios. De hecho, uno de los días también fui invitado a exponer, y quise concentrarme, “específicamente” en el arte. Había escuchado exposiciones sobre diagnóstico, datos y sugerencias de qué cosas debieran incluirse en la constitución, por lo que decidí -dado que los datos y números estarían en distintas otras exposiciones, y también pensando en exponerlos en un segundo momento- presentar un discurso sobre la relevancia que tiene, y ha tenido, este “campo” en la vida de nuestra especie. Fui muy atrás, hasta lo prehistórico para intentar reflexionar sobre el origen, los principios de lo que nos constituye y, a partir del cual se han generado, de forma muy posterior, todo el resto de disciplinas, sabidurías y conocimientos.

A pesar de las muy buenas disposiciones de las y los constituyentes, al parecer se mantendría la perspectiva del arte como algo ya preconcebido a través de las sub-disciplinas que la gran mayoría del mundo conoce (al menos las más conocidas). Cuando se comprende el arte dentro de la amplitud que tiene en “todo momento”, se le cambia el nombre por “cultura”, pero no se concibe el arte como el principio técnico que dio forma a todo el dispositivo cultural y la multiplicidad de conocimientos que se aceptan y también disputan. El principio de este problema es por tener concebido al arte como un cuerpo con disciplinas específicas, cuestión que ha sido educada (en occidente) hace demasiados siglos para pretender que se pueda cambiar esta pre-concepción de un momento a otro. Cuando esto ocurre, otras “disciplinas” y otros temas se combinan, o se superponen o, en el mejor de los casos, se tratan de integrar multidisciplinariamente, es decir, constituir las disciplinas para una “convivencia” entre ellas, pero no haciendo un cuerpo con ellas como podría hacerlo posible un trabajo inter y transdiciplinar. 

En una columna de opinión/cultura de Braulio Rojas, el 9 de este mes, hace mención a un punto importante a considerar sobre la diferencia (histórica) entre lo que podría haberse considerado la contemplación estética del arte (la cual muchas veces es pasiva), hacia una práctica y teoría vinculada a, lo cito textualmente, “...la crisis del Sujeto y la emergencia de las formas de subjetivación.” Este punto es relevante, pues el paso hacia lo segundo denota y connota, a la vez, las posibilidades de todas las posibles transformaciones disciplinares dadas y emergentes; lo estético ya no es solamente ir al teatro, asistir a un museo, galería, ver expresiones en el espacio público, etc., y todos los derechos que se puedan dar con respecto a eso (incluyendo la participación ciudadana en ello), sino una actitud estética-política (podría ser de la tradición de las vanguardias históricas), donde lo estético no es pasivo, sino que es el motor constitutivo de las relaciones y reacciones que se darían, creativa y críticamente en la multiplicidad de disciplinas que separan este asunto. 

Si se intenta pensar los derechos en este aspecto y, por ejemplo, considerar los tratados internacionales en materia de derechos humanos y el derecho a las culturas, existirían dos problemas generales: uno es no habernos percatado, aún, del fracaso de la modernidad (al menos en gran parte de su estructura), la mutabilidad del sujeto en tanto objeto en constante crisis de existencia; y el otro es que los tratados (así como los textos constitucionales) pueden ser muchos, pero en la práctica no existe un mecanismo que asegure se cumplan, y esto es más que obvio al observar la realidad chilena en materias de justicia humana igualitaria en la relación con lo cultural y la dignidad. Además -no está demás mencionarlo- por ejemplo, la ONU mantiene resguardos anacrónicos en lo que concierne a los derechos de propiedad intelectual, no observa el pasado lejano comparativo y no ve el futuro de la convivencia en ese tema. Falta una importante exposición a las y los constituyentyes en materia teórica y práctica, en el mundo, sobre este tema que deriva en lo que demasiados defienden como derecho de autor, lo que se desplaza, sin siquiera percatarse (pues obviamente no tienen que ser expertos en eso) a lo que se denomina derechos morales.

En la actual constitución existe la ley 18.825, donde se puede leer en el inciso segundo del artículo 5 conceptos como el respeto a los derechos esenciales que se darían a partir de la naturaleza humana. Se critica mucho, en estos procesos políticos, cuando se trata de explicar filosóficamente algunos problemas, pero los conceptos de esencia y naturaleza humana o los cambian pragmáticamente, o se abarcan desde alguna perspectiva teórica de estudio mínima, o, simplemente, sacarlos; no se pueden incluir conceptos que, aunque se usen en el cotidiano, no se entienda su significación, pues se corre el grave peligro de la interpretación política y de sistema, recordemos que uno de los principios básicos argumentativos de la defensa del capitalismo es plantear que la libre competencia (a raja tabla neoliberal) es parte de la naturaleza humana (e incluso se hacen comparaciones con la naturaleza no humana para ello). Bueno, son conceptos problemáticos de los cuales se hacen cargo o se omiten. 

Para no extenderme, en el intento de elaborar columnas breves, mencionaré, volviendo al inicio, que las artes no solo debiesen ser concebidas para una especie de armonía forzosa del goce, pues estas, dentro de su sobrevivencia estética mantienen lo desobediente, lo subversivo, lo cambiante, incómodo. Regular la relación de la ciudadanía con respecto al arte me parece que, quizá, no pueda establecerse en un texto constitucional, pues estas (sino se tratan de trabajos burgueses o templados en relación al  statu quo) no se acomodan a los preceptos preestablecidos, a pesar de que si tengan influencias de las épocas que les correspondan, y en este sentido, la época que nos corresponde es de constante crisis y emergencia. Lo sublime también se encuentra en lo terrible, pero como artefacto cultural (el arte y la estética) debe ser transmitido de alguna forma y ahí entramos en lo educativo (tema extenso para tratar acá).

Pero, ¿cómo enseñar a vivir lo terrible en tanto estético? Al parecer nadie querría ese pacto. Lo cierto es que la reflexión filosófica se encuentra un tanto ausente (“superada” por las cuantificaciones de los datos comparados y experiencias externas, etc., necesarias, pero no suficientes), en tanto pregunta y búsqueda reflexiva de lo desconocido. El arte pareciera ser más inaprehensible, si es que se le quiere considerar, fuertemente, como la instancia donde la crisis y la belleza existen en todo posible acontecimiento, no importando de qué disciplinas se esté reflexionando o planteando. Pueden existir planificaciones (y hay experiencia histórica) estéticas para un mejor vivir, sin embargo estas entran en la relación con el diseño de la vida, el cual no digo que no sea necesario en absoluto, pero las modelizaciones en estos asuntos son interesantes e importantes en una medida de contingencias y coyunturas concretas, las cuales, también, pueden tener apropiación de cualquier política o sistema que las requiera. Las definiciones sociológicas solo tendrían sentido para análisis de contingencias; perspectivas cibernéticas pueden atreverse más a establecer una definición, pero es algo muy discutible y extenso ahora.  

El principio “motor” del desgano y fuerza subversiva del arte siempre puede ser cosificado de forma posterior, pero en los presentes que le toquen vivir a cada generación o épocas no podrían ser materia de control institucional, ni redacción normativa.     

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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