El país que arde: incendios fuera de control y política en pausa
Hola. Durante días, los cielos anaranjados han cubierto cuatro regiones del país. Ñuble, Biobío, La Araucanía y O’Higgins despertaron bajo una luz espesa, irrespirable, que no anunciaba un atardecer, sino una catástrofe.
El humo se filtró en casas, hospitales y escuelas; el fuego avanzó sobre cerros, barrios y pueblos completos; y la sensación de fragilidad se instaló con una crudeza difícil de ignorar. Esta edición de Juego Limpio está dedicada a comprender qué hay detrás de esas imágenes que ya no parecen ser parte de fenómenos excepcionales, sino que conforman un patrón.
- En Chile, los incendios cambiaron de escala. No se trata solo de una temporada dura, sino de un patrón que se repite con mayor frecuencia, más hectáreas quemadas y un costo humano creciente. A partir de cifras históricas y testimonios, se reconstruye cómo el fuego dejó de ser un fenómeno rural y estacional para convertirse en una amenaza estructural que golpea ciudades, infraestructura y formas de vida.
- La mirada luego se amplía al escenario global. El segundo texto conecta lo que ocurre en Chile con un fenómeno planetario: el calor extremo ha convertido al fuego en una amenaza mundial. Desde Europa hasta Canadá, Australia y Sudamérica, los incendios de 2025 revelan un planeta que arde casi en simultáneo, empujado por olas de calor, sequías prolongadas y una atmósfera saturada de carbono.
- Con foco en la política, surge eternamente la misma pregunta: ¿por qué el Congreso sigue demorando una Ley de Incendios mientras el fuego avanza? El texto analiza el estancamiento legislativo, las disputas por el uso de suelo y las advertencias de expertos y organizaciones ambientales sobre el costo de la inacción en un contexto de crisis climática.
- La cuarta entrega profundiza en una dimensión menos visible, pero decisiva: el costo oculto de los incendios. A partir del análisis del ecólogo Jaime Hurtubia, se expone cómo las pérdidas económicas reales –en biodiversidad, salud, productividad e infraestructura– superan con creces el gasto en combatir las llamas, revelando un modelo que invierte más en reaccionar que en prevenir.
Finalmente, en Juego Limpio trasladamos la discusión al escenario internacional. En Davos 2026, mientras la evidencia científica sobre la crisis climática se acumula, el mundo debate cómo lidiar con liderazgos que cuestionan esa misma evidencia. La tensión entre ciencia, política y poder económico aparece como telón de fondo de un foro donde el clima sigue siendo urgente, pero no siempre prioritario.
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Incendios forestales cambiaron de escala en Chile
Ciudades bajo cielos densos y anaranjados en Ñuble y Biobío, aire saturado de humo y localidades como Lirquén y Punta de Parra borradas prácticamente del mapa. Estas son las devastadoras imágenes que nos acompañan hace varios días. Pero no son solo postales del desastre, son señales de que en Chile los incendios forestales cambiaron de escala.
¿Cuál es el balance? Hasta las 19:30 horas de este lunes 19 enero, cuatro regiones se mantienen bajo alerta roja, incendios simultáneos en La Araucanía con amenaza directa a viviendas, focos activos en O’Higgins, Ñuble y Biobío, y condiciones críticas para el combate.
- Más de 26 mil hectáreas consumidas, 75 aeronaves desplegadas y una dificultad inédita: demasiados incendios ocurriendo al mismo tiempo.
Hay un tema en que todos los expertos consultados por Juego Limpio coinciden: los incendios de enero de este año no son solo una temporada dura. Son una señal de que algo cambió.
- Las consecuencias humanas lo confirman. Veinte personas fallecidas, más de siete mil damnificados y localidades golpeadas con especial crudeza en la provincia de Concepción, como Penco y Lirquén, donde el fuego no solo quemó cerros, sino barrios completos, comercios y formas de vida.
Perspectiva. Las cifras permiten observar el fenómeno en el tiempo. Entre 1985 y 2010, en Chile se quemaban en promedio unas 54 mil hectáreas por temporada. Entre 2011 y 2025, ese promedio saltó a 132 mil hectáreas anuales.
Y si se observan los últimos 12 años, el dato es incluso más elocuente: siete de las diez peores temporadas de la historia se concentran en este período, con un promedio que supera las 150 mil hectáreas por año. No se trata de una variación estadística: es un cambio de escala.
- Las cinco temporadas con más víctimas fatales en incendios forestales en la historia del país ocurrieron en los últimos 15 años.
El impacto ya no es solo ambiental o económico, es también histórico. El megaincendio del 2 de febrero de 2024 en Viña del Mar, con 138 personas fallecidas confirmadas por Fiscalía, se convirtió en el incendio forestal más letal registrado en Chile y uno de los más mortíferos del siglo XXI a nivel mundial.
Y si vamos más atrás, la memoria reciente refuerza la advertencia. En 2017, la llamada “Tormenta de Fuego” arrasó más de 467 mil hectáreas entre O’Higgins y el Maule, dejó 11 fallecidos, más de 1.500 viviendas destruidas, con pérdidas estimadas en US$ 350 millones y borró del mapa el pueblo de Santa Olga.
Y recientemente, entre 2022-2023, otra temporada extrema consumió más de 425 mil hectáreas, golpeando con fuerza la interfaz urbano-forestal y exponiendo la fragilidad de ciudades enteras. Cada evento parecía excepcional. Hoy, podemos afirmar –apuntan los expertos– que conforman un patrón.
El fuego ya no es un fenómeno estacional ni rural: es una amenaza estructural.
El calor extremo convierte al fuego en amenaza global
En 2025, los incendios forestales se convirtieron en un asunto planetario.
Desde el Mediterráneo hasta América del Norte, desde Sudamérica hasta Australia y África, los incendios forestales avanzaron con una violencia inédita, impulsados por olas de calor cada vez más intensas y prolongadas.
- Millones de hectáreas ardieron casi al mismo tiempo en distintos continentes, superando la capacidad de respuesta de Estados y comunidades, y dejando una huella profunda en vidas humanas, economías y ecosistemas.
- El costo humano fue devastador. Centenares de personas murieron directamente a causa del fuego, millones estuvieron expuestas durante semanas a humo tóxico, que recuerda que los incendios no terminan cuando se apagan las llamas: continúan en los pulmones, en la salud mental y en la vida cotidiana de quienes sobreviven.
El alcance del desastre también quedó registrado en la atmósfera.
- En 2025, el Servicio de Monitoreo Atmosférico de Copernicus (CAMS) observó emisiones récord de incendios forestales en Europa, mientras Canadá registró el segundo mayor total anual de emisiones de carbono por incendios desde que existen mediciones sistemáticas, en 2003.
- A nivel global, los incendios forestales y la quema de biomasa liberaron aproximadamente 1.380 megatoneladas de carbono hasta noviembre, una cifra solo inferior a los niveles excepcionales de 2024. De ese total, Canadá aportó 263 megatoneladas, evidenciando la magnitud del fenómeno en regiones tradicionalmente consideradas resilientes.
La década más calurosa de la historia
El dato es contundente y no admite eufemismos: 2025 fue el tercer año más cálido jamás registrado a nivel global, según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus. ¿Péro qué significa vivir en un planeta que se calienta año tras año sin pausa?
Los expertos explican este fenómeno por una combinación de factores. El principal sigue siendo la acumulación persistente de gases de efecto invernadero, producto directo de la actividad humana.
A ello se sumaron temperaturas oceánicas excepcionalmente altas, amplificadas por episodios de El Niño en años anteriores y por una atmósfera cada vez más cargada de calor. Aunque en 2025 predominó una fase débil de La Niña –que tiende a moderar el calentamiento–, el planeta siguió registrando temperaturas extremas, especialmente fuera de los trópicos.
- Las consecuencias no se distribuyeron de forma homogénea. Las regiones polares vivieron un año sin precedentes: la Antártica registró su temperatura media anual más alta jamás observada, mientras que el Ártico alcanzó el segundo valor más elevado de su historia. En paralelo, la extensión del hielo marino global cayó en febrero de 2025 a su nivel más bajo desde que existen observaciones satelitales, una señal inequívoca del desequilibrio climático en curso.
Pero el impacto no se mide solo en gráficos o promedios.
En 2025, la mitad de la superficie terrestre del planeta experimentó más días de estrés térmico extremo, definido como una temperatura percibida superior a los 32 °C.
- La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce este estrés como la principal causa de muerte relacionada con el clima. Olas de calor récord, incendios forestales sin precedentes en Europa, Canadá, California y Sudamérica y episodios meteorológicos extremos marcaron la vida cotidiana de millones de personas.
Desde Copernicus, el mensaje es claro. “Cada año y cada grado cuentan”, advirtió Florian Pappenberger, director del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo.
Para los científicos, el debate ya no es si se superará el límite de 1,5 °C, sino cómo gestionar ese sobrepaso inevitable y reducir sus impactos.
El fuego avanza y el Congreso se demora: la Ley de Incendios atrapada entre urgencias y disputas políticas

(Foto referencial. Incendios de Viña del Mar 2024)
La idea del eterno retorno de Nietzsche es una condena en Chile. Cada nueva temporada de incendios forestales y fatales vuelve a instalar la misma pregunta: ¿por qué Chile sigue enfrentando catástrofes cada vez más devastadoras sin un marco legal preventivo a la altura del escenario climático actual?
La emergencia que hoy afecta a regiones como Ñuble, Biobío, La Araucanía y O’Higgins no solo revela la magnitud del riesgo, sino que vuelve también a poner bajo escrutinio la lentitud del Congreso para avanzar en la denominada Ley de Incendios Forestales y Rurales, un proyecto que permanece entrampado, pese a haber sido presentado como una respuesta estructural tras la tragedia de Valparaíso en 2024.
- La iniciativa fue ingresada por el Gobierno del Presidente Gabriel Boric en octubre de 2023 y aprobada por la Cámara de Diputadas y Diputados el 6 de marzo de 2024, desde donde fue despachada al Senado.
Su objetivo central era pasar de un modelo reactivo —enfocado casi exclusivamente en el combate del fuego— a uno preventivo, incorporando planificación territorial, manejo del paisaje y responsabilidades claras para actores públicos y privados.
La tramitación legislativa nuevamente se vio atravesada por disputas políticas.
Conflictividad. El campo de pelea fue el artículo que establecía la prohibición del cambio de uso de suelo por 30 años en terrenos afectados por incendios, una indicación que no logró reunir los votos de parlamentarios de Chile Vamos ni del Partido Republicano.
- Desde el oficialismo, el rechazo fue interpretado como una señal de protección a intereses inmobiliarios y productivos, mientras que desde la oposición se argumentó que una restricción de ese tipo debía contar con mayor sustento técnico y no operar de forma generalizada.
El debate dejó al descubierto un problema estructural: la ausencia de reglas claras que eviten que terrenos siniestrados terminen siendo utilizados para proyectos que, en condiciones normales, enfrentarían mayores exigencias ambientales.
Jorge Aranda, de la Universidad de Santiago, nos explica que el artículo rechazado era clave, porque “no es raro ver que sobre suelos quemados y ecosistemas degradados se desarrollen proyectos inmobiliarios”, agregando que los incendios permiten, en la práctica, eludir planes de manejo exigidos por la Ley de Bosque Nativo.
- Mientras el debate sigue abierto, la ley permanece detenida en la Comisión de Hacienda del Senado, pese a contar con urgencia del Ejecutivo.
En paralelo, organizaciones como WWF Chile advierten que el costo de la inacción se mide en vidas humanas, pérdida de biodiversidad y retrocesos en mitigación climática.
En un contexto de crisis climática, con olas de calor más intensas, sequías prolongadas y expansión urbana hacia zonas de alto riesgo, la falta de una legislación integral ya no es solo un problema político, sino una vulnerabilidad estructural del país.
Cada incendio que avanza sin una Ley de Incendios vigente refuerza la misma conclusión: el tiempo legislativo corre mucho más lento que el fuego.
Ecológo Jaime Hurtubia anticipa el costo oculto de las llamas

En la última década, nuestro país se ha convertido en un laboratorio aterrador de cómo el cambio climático, sumado a profundas fallas estructurales en la gestión del territorio, puede generar una tragedia recurrente y devastadora.
Por años, el debate sobre los incendios forestales en Chile se ha concentrado en una cifra: las hectáreas quemadas. Sin embargo, ese indicador apenas roza la superficie de una crisis cuyo impacto económico, social y ambiental es mucho más profundo.
Jaime Hurtubia, ecólogo y experto en cambio climático, elaboró una estimación integral del costo de los incendios forestales que revela una realidad inquietante: el país está enfrentando pérdidas estratosféricas que superan con creces el gasto en apagar las llamas. En Juego Limpio haremos un adelanto de sus conclusiones, cuyo texto completo estará disponible en la sección Opinión de El Mostrador.
- Según Hurtubia, el error estructural ha sido reducir el problema a los costos operativos del combate del fuego –aviones, brigadistas, logística–, que en promedio superan los US$ 100 millones por temporada. “Ese monto es apenas la punta del iceberg”, sostiene. El verdadero impacto económico se despliega en múltiples dimensiones que rara vez se contabilizan de manera conjunta.
Pérdidas productivas e infraestructura destruida
- Uno de los componentes más visibles del cálculo corresponde a las pérdidas productivas directas. Plantaciones forestales, viñedos, frutales y cultivos agrícolas quedan arrasados en cuestión de horas. Solo durante la temporada de incendios de 2017, el sector forestal perdió alrededor de US$ 170 millones en madera, sin considerar los años necesarios para recuperar esa capacidad productiva.
A ello se suma la destrucción de infraestructura crítica: viviendas, caminos, sistemas de riego, tendidos eléctricos y obras públicas. La reconstrucción de la localidad de Santa Olga, tras los megaincendios de 2017, demandó una inversión estatal superior a los US$ 40 millones. “Cada incendio de gran magnitud deja una estela de gasto fiscal que no se refleja en los balances anuales”, explica Hurtubia.
Turismo. El impacto económico también se extiende al sector servicios. Regiones como Maule, Ñuble y Valparaíso han visto afectada su actividad turística por meses, con cancelaciones masivas, pérdida de empleos temporales y un daño persistente a la imagen de los destinos. Estas pérdidas indirectas, difíciles de cuantificar con precisión, forman parte del costo oculto que rara vez entra en la discusión presupuestaria.
Daño ambiental y costos en salud: lo incalculable
Para Hurtubia, el componente más grave del cálculo es aquel que no tiene precio de mercado. La pérdida de biodiversidad –flora y fauna endémica– es, en muchos casos, irreversible. A esto se suma la degradación de los suelos, la contaminación del aire con efectos respiratorios en millones de personas y la emisión de millones de toneladas de CO₂, que intensifican el mismo cambio climático que vuelve más frecuentes e intensos los incendios.
- Un estudio del Banco Central de 2021 estimó que los desastres naturales le han costado a Chile, en promedio, un 1,2% del PIB anual entre 1970 y 2016. Para Hurtubia, esa cifra es hoy claramente conservadora. “Con el escenario climático actual y la magnitud de los megaincendios recientes, es razonable proyectar que ese porcentaje será considerablemente mayor en 2026”, advierte.
El análisis económico conduce inevitablemente a una pregunta política: ¿por qué fallamos? Hurtubia apunta a un modelo de gestión centrado en la reacción y no en la prevención. La política climática carece de financiamiento estable y de traducción efectiva en el territorio; Conaf opera con recursos insuficientes frente a un modelo forestal dominado por plantaciones altamente inflamables; y la planificación urbana ha permitido la expansión de viviendas en zonas de interfaz urbano-forestal sin criterios de riesgo vinculantes.
A esto se suma una fragmentación institucional que diluye responsabilidades y dificulta una estrategia de largo plazo. “No existe una autoridad con poder real para integrar la gestión del riesgo de incendios en todas las políticas sectoriales”, subraya el experto.
- Los incendios forestales, concluye Hurtubia, no son desastres naturales inevitables, sino desastres socionaturales construidos por décadas de decisiones cortoplacistas. Cada temporada es más larga, más cara y más mortífera que la anterior. Chile gasta fortunas en apagar incendios, pero invierte poco en evitar que se inicien.
Davos 2026: el mundo intenta lidiar con Trump
El Foro Económico Mundial 2026 arrancó bajo el lema oficial de Un espíritu de diálogo. Sin embargo, en los pasillos de Davos, en los hoteles y en las reuniones privadas, otra pregunta domina el ambiente y condiciona las conversaciones: ¿cómo manejar a Donald Trump?
Para muchos líderes políticos, empresariales y científicos, no se trata solo del regreso de un presidente de Estados Unidos al escenario global, sino también del avance de un liderazgo que ha cuestionado abiertamente la ciencia, el multilateralismo y los acuerdos climáticos.
La inquietud no es explícita en la agenda oficial, pero atraviesa cada panel y cada encuentro bilateral. La cooperación, la innovación responsable y la prosperidad dentro de los límites planetarios siguen figurando en el programa, aunque con un margen cada vez más estrecho.
La presión política impone silencios, redefine prioridades y obliga a medir cada palabra. En este contexto, Trump intervendrá en Davos el miércoles 21 de enero a las 14:30 horas, un momento que muchos consideran decisivo para el tono del foro.
Pero Davos nunca se juega solo en el escenario principal. En paralelo a los discursos oficiales, la calle y los espacios alternativos vuelven a tensionar el relato. El movimiento activista Strike WEF inauguró la semana con una marcha de protesta que cuestiona el rol del foro. “El FEM no es sobre encontrar soluciones, es una plataforma para negociar”, afirmó uno de sus portavoces, sintetizando una crítica que crece año a año: la distancia entre las promesas globales y las acciones reales.
En medio de ese escenario tenso, una señal tan favorable como inesperada llegó desde Washington.
Esta semana, el Congreso de Estados Unidos aprobó con un amplio respaldo bipartidista un proyecto de ley para proteger los programas científicos de la NASA y de la Fundación Nacional de Ciencias. La iniciativa frenó un recorte que habría reducido casi a la mitad el presupuesto científico de la NASA y cancelado más de 40 misiones. El gesto contrasta con el clima político de los últimos años y revela que, incluso en contextos polarizados, la ciencia aún puede encontrar defensores.
El daño, sin embargo, ya está hecho. Más de 4 mil trabajadores de la NASA perdieron sus empleos, investigaciones fueron interrumpidas, subvenciones canceladas y equipos científicos se vieron obligados a prepararse para cerrar proyectos en lugar de avanzar en descubrimientos. Jóvenes científicos y estudiantes perdieron oportunidades que difícilmente se recuperan. Por eso, la votación del Congreso no es solo una noticia presupuestaria: es también una señal de resistencia institucional frente a una década de retrocesos.
Davos 2026 se desarrolla así en una paradoja incómoda. Mientras la ciencia entrega evidencias cada vez más contundentes sobre la urgencia climática, el mundo político debate cómo convivir con liderazgos que cuestionan esos mismos datos.
La pregunta que flota en el aire no es únicamente cómo lidiar con Trump, sino qué tipo de gobernanza global es posible cuando la evidencia científica choca con el poder político. En ese cruce, el futuro del clima –y de la cooperación internacional– parece jugarse mucho más allá de los discursos oficiales.
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