CULTURA|OPINIÓN
Crédito: gentileza de Oscar Barrientos Bradasic
Poeta German Carrasco in memoriam o Carrasquian en la cima de la montaña: esto no es una elegía
Su partida otorga triste vigencia a una vieja maldición de la literatura chilena: su despiadada indolencia, su amnesia voluntaria, su indiferencia al talento. Quedan sus poemas. Eso es lo que importa y como dice Tzara, la poesía está en las cosas o es simplemente, un espejismo del espíritu.
El lunes a primera hora me llegó un mensaje de Italo Berríos, desde Ancud, donde me dice que Germán Carrasco había fallecido. Una punzada me atravesó el pecho, el dolor agudo y lacerante de quien pierde a un amigo entrañable, en el oficio de la escritura, en el ejercicio de una camaradería que tiene largos años.
Su deceso me evocó a esos versos de su poema “Oda a un notebook” : un ser humano solo/que piensa: (a) el cobre no se oxida/ (b) el rock es luz y (c) todo poema/es un regalo/hecho con devoción y (d)/el cuerpo es de goma o acero:/ aguanta que ni se imaginan/y lo que nos cortan/nos crece con creces/como a la lagartija (sagrada/para la tribu de la infancia/en el rito del microscopio/y la tortura).
A Germán, el príncipe Carrasquian, como solíamos decirle algunos, lo evoco con su delgadez nervuda, sus ademanes exagerados y nerviosos, su visceralidad, su ojo con humor vítreo, su sonrisa de niño que se ha robado una mermelada. A mi modo de ver se trata de un poeta de factura mayor, el mejor de mi generación y me atrevería a decir, de varias generaciones. Quizás, el más rockero de nuestros poetas y cuya incorrección política era su carta de presentación. Con solo nombrarlo se me aparecen ninjas saltando a la página en blanco, calas, la luminosidad enfrentando la penumbra, obreros descargando sacos de harina casi como fantasmas, un chungungo nadando de espaldas, montañas invitando a la proeza de escalarlas, metrajes encontrados donde el anonimato encarnará un supremo protagonismo, todo un espacio de voces y sobresaltos que emanan de diferentes tiempos. Me refiero a que en su literatura convivían eso que algunos despistados llaman “alta cultura” con referentes muy vitalistas, que venían del pop, del dialecto que merodea lo urbano, de manera especial, las calles de Independencia, casi su lugar esencial. A mi entender, la poesía de Carrasco descendía (en su preocupación por dudar constantemente de la validez declarativa de la palabra) de Enrique Lihn, probablemente el padre espiritual de la generación de los noventa. También porque sostenía que lo antipoético no tiene que ser programático, a la manera de su leñadora tan Carver tan Cobain que se fabrica en oriente por un hermoso Mao Tse Tung menor de edad y que termina sirviendo de trapo para pulir el trofeo de un club que no existe, proceso que se analoga al viaje mestizo, intertextual, ajetreado, crepitante de un poema.
Y su oralidad también caminaba de la mano con su prosodia ya que podía pasar de Sor Juana Inés de la Cruz a Duran Duran, de Coleridge a The Cure, y las referencias encontraban una impensada complicidad de habla, un engranaje templado en el metal inquebrantable de los sonidos y las reminiscencias. Su poesía se nutría profundamente de la tradición anglo, en especial Shakespeare, John Landry, Robert Creeley, pero a su vez, constituía un punto de inflexión en torno a experiencias sorpresivas y puntuales de nuestra poesía: “Tala” de Gabriela Mistral en su carácter pedregoso y atonal; “Estravagario” de Pablo Neruda, en su dimensión juguetona y despercudida; “Escritura de Raimundo Contreras” de Pablo de Rokha, en la configuración de una voz personalísima capaz de restituir un universo perdido o ausente; “Virus” de Gonzalo Millán, en otro ángulo.
Fue un poeta muy político, en el sentido más amplio del término y siempre reivindicó a personajes que hoy hasta la izquierda olvida o decide olvidar como Marco Ariel Antonioletti, militante del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL), asesinado por funcionarios de la Policía de Investigaciones un 15 de noviembre de 1990.
Los datos de su biografema hablan de una poesía que se granjeó el reconocimiento de su tiempo y un espacio innegable tanto en el canon de la literatura chilena como hispanoamericana. Obtuvo varios premios, entre ellos, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2001) y el Premio Pablo Neruda (2005). Sus libros de crónicas tales como “A mano alzada” (2013) y “Retrato de la niña” (2019), entre varios más, tuvieron un sello muy revelador y por cierto, su poesía, en libros señeros como “La insidia del sol sobre las cosas” (1998), “Calas” (2001), “Clavados” (2003) y “Ruda” (2010), entrañable poemario que tuve el honor de presentar en la Feria del Libro de Punta Arenas. La editorial Lumen concretó la providencial iniciativa de reunir gran parte de su trabajo en el volumen “Imagen y semejanza”, el año 2016.
Lo recuerdo en fiestas muy delirantes, cantando a todo pulmón temas de David Bowie y Pixies. También en un diálogo muy ruiziano que tuvimos en Las Lanzas con el querido José Miguel Varas y el Negro Jorquera, secretario del presidente Allende, y del cual el propio Germán escribió una crónica en The Clinic. Todo siempre en el vórtice, en lo desbocado, en la sublimación del vocablo. Sus desvaríos poéticos eran, en importante medida, hamletianos, le permitían urdir sus ficciones y críticas a los mecanismos del poder, bajo el halo del monólogo dramático. Como bien apunta Alejandro Zambra en el post- facio de “Calas” : “Consecuentemente, muchas veces la cita no implica filiación; el poeta tergiversa, acumula títulos en una biblioteca de voces. En vez de sentarse en la vereda, taimado por la muerte de la musa, Carrasco se las arregla para promover la exquisitez de su cadáver”.

Crédito: gentileza de Óscar Barrientos.
Tenía un carácter muy puntudo y en algún punto, francotirador, pero contaba incluso con la admiración de sus adversarios. “Escribir un mal libro es como chocar el auto del papá” versa uno de sus poemas. Siempre disparó contra impostores, falsarios, asegurados, a los poetas que padecían sonetitis, a los vanguardistas trasnochados y ponis enanos, lo que le valió rencillas y censuras de moros y cristianos. Usaba estilo de enjambre para pelear retóricamente, aludiendo a una pasión que ambos compartíamos: el box. De hecho, en una oportunidad me saqué una foto junto a Germán y Carlos Cociña, simulando que yo era un narrador osado que subía al ring y tenía como preparadores físicos a poetas. -Cuidado con el jab de las melancolías pegajosas y el swing de las narrativas frivolonas. ¡Nada de autoficción! ¡Pura poética del hijo! Y escapa de las cuerdas- me aconsejó Carrasco.
En alguna medida, Germán resucitaba una tradición remota y muy olvidada en Chile que es la guerrilla literaria y la ejercía con bastante desenvoltura. En su imaginario la poesía albergaba un símil un poco a las artes marciales, en tanto ejercicio riguroso y también por el respeto a ciertas jerarquías, por eso cuando aparecía un artista cachorro, un Rimbaud capitalino destilando arrogancia y juventud diciendo que fundaría de nuevo la lírica chilena y escribiría los más grandes poemas de la Vía Láctea, solía aconsejarle: “Chico, practica tus katas, asciende de cinturón, entrena, bájate de la nube y vuelve como tres pueblos atrás”. Y quizás, era su mayor acto de generosidad con las generaciones más jóvenes de poetas que siempre apadrinó. Homenajear la tradición, nunca dejando de ser punk y sin caer en lo epigonal, no es tarea fácil, pero debiera constituir una parte de la educación sentimental de un autor.
Le encantaba comparar a poetas con jazzistas, por ejemplo, a Gabriela Mistral con Thelonius Monk, a Chet Baker con Teillier, a De Rokha con Mingus, quizás a Neruda con Charlie Parker. Siendo un poeta profundamente santiaguino, creo que con los años fue incorporando poéticas territoriales, ya sea por sus salidas a escalar cerros o por sus viajes a Chiloé y especialmente a Punta Arenas, ciudad, que me consta, le conmovía por su estrecho que une dos océanos en un abrazo impaciente.
Su partida otorga triste vigencia a una vieja maldición de la literatura chilena: su despiadada indolencia, su amnesia voluntaria, su indiferencia al talento. Quedan sus poemas. Eso es lo que importa y como dice Tzara, la poesía está en las cosas o es simplemente, un espejismo del espíritu.
En fin, no es una elegía o al menos huye de serlo.
Hace un par de años, nos encontramos en el aeropuerto con el poeta Juan Carreño para ir rumbo a Iquique. Íbamos a un encuentro de escritores. Debía llegar Germán y a pesar de nuestros llamados no hizo su arribo. Ahora, que tendremos que aprender a vivir sin encontrarnos, de cuando en vez, en estaciones de metro o en bares similares a la taberna de Star Wars, no nos dejes plantados, príncipe Carrasquian, y susúrrales a los chincoles proletarios ese poema que aún flota en los escombros:
La muerte
(sinfonía, niña que quiere jugar, alguien que quiere ajustar cuentas)
hace su aparición en escena.
Viene a pedir el fortalecimiento
de la musculatura cardíaca y la inteligencia.
Ni rezar ni compartir la mirada: cuadrarse, caminar.
La muerte
que salta. La muerte
que se aglutina y expande
haciendo presión dentro del cuerpo y/o cerebro
hierve y se abre paso por conductos seminales
como tinta o canto
y salta a chorros la sidra en la penumbra
o conforma cohortes interiores.
Antes del cuervo, en el tiempo de los truenos oportunos
hubo una musa o una mujer araña
que recibía dichosa la bofetada de las olas.
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