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Transparencia con perspectiva de género: una exigencia democrática Opinión

Transparencia con perspectiva de género: una exigencia democrática

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María Soledad Vargas Carrillo
Por : María Soledad Vargas Carrillo Periodista y profesora de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), donde también integra la Dirección de Equidad de Género. Es miembro de la Red UNESCO-UNITWIN sobre Género, Medios y TICs desde 2017, y forma parte de la Global Alliance on Media and Gender (GAMAG).
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El 8M no es solo memoria ni consigna. Es una brújula política. Recordarnos que la visibilidad es un campo de disputa y que la justicia exige perspectiva de género es una condición para que la transparencia no termine reproduciendo el mismo sistema que dice exponer.


La desclasificación de archivos vinculados al caso Epstein reabrió el debate público, pero también evidenció un riesgo persistente: cuando la transparencia se convierte en espectáculo, las víctimas quedan desplazadas. En un contexto de cambio político en Chile, sostener un enfoque de derechos no es opcional, es una responsabilidad democrática.

Cuando los archivos se convierten en espectáculo, las víctimas se convierten en sombra.

La reciente publicación de nuevos documentos vinculados al caso Jeffrey Epstein volvió a encender titulares, debates partidarios y especulaciones geopolíticas. Se discute quién aparece en las listas, qué figuras públicas podrían verse afectadas y qué consecuencias políticas podrían derivarse. Sin embargo, mientras el foco se desplaza hacia nombres influyentes y disputas estratégicas, las sobrevivientes —niñas, adolescentes y mujeres jóvenes— desaparecen del centro del análisis.

Este desplazamiento no es casual. Es una operación narrativa.

La transparencia suele presentarse como un acto neutro: abrir archivos, liberar documentos, permitir acceso a la información. Pero ningún proceso de desclasificación es inocente. Publicar implica seleccionar. Redactar implica decidir. Ordenar implica narrar. Incluso el volumen de documentos liberados construye jerarquías de visibilidad.

La pregunta entonces no es solo cuánta información se entrega, sino quién gobierna esa visibilidad y bajo qué ética.

Si el debate público se reduce a la enumeración de nombres poderosos, el análisis se vuelve superficial. El morbo captura la atención y la estructura queda intacta. Cambiar el foco —de “quién aparece” a “cómo funcionó la red”— permite comprender algo más profundo.

Estos casos no revelan únicamente conductas individuales desviadas. Exponen arquitecturas relacionales: flujos de capital y prestigio, espacios cerrados de sociabilidad masculina, incentivos que hacen racional el silencio y formas de masculinidad hegemónica que vinculan poder, estatus y disponibilidad de cuerpos jóvenes.

No se trata solo de responsabilidad penal. Se trata de patrones sistémicos.

La violación y explotación sexual de niñas constituye una forma extrema de violencia y una transgresión radical de la dignidad humana. Son actos abominables que no admiten matices ni relativizaciones. Y tan grave como el abuso mismo es el silencio cómplice de quienes, desde posiciones de poder o cercanía, supieron, sospecharon o decidieron no actuar. Cuando miembros de élites políticas, económicas o sociales optan por la omisión para proteger redes, reputaciones o privilegios, el daño no solo se prolonga: se institucionaliza.

Las élites cerradas no necesitan coordinarse explícitamente para protegerse. Compartir capital simbólico, acceso y reputación genera incentivos estructurales para minimizar, dilatar o ignorar señales de alerta. El silencio deja de ser anomalía moral y se convierte en propiedad del sistema.

Cuando la cobertura mediática privilegia el escándalo o la disputa partidaria, la crítica estructural se debilita. La indignación se personaliza y el orden permanece relativamente intacto.

En este punto, recuperar el foco en las víctimas no es un gesto simbólico, sino una exigencia democrática.

Las niñas y adolescentes fueron el centro del daño. La violencia ejercida sobre ellas no puede quedar subordinada a la ansiedad reputacional de hombres poderosos. La transparencia sin enfoque de derechos puede reproducir revictimización, incluso cuando exista anonimato formal. Proteger identidades es indispensable, pero no debe equivaler a invisibilizar políticamente el daño.

Una transparencia con perspectiva de género exigiría criterios explícitos de redacción, supervisión independiente y reconocimiento público del impacto diferencial de la violencia sexual. Exigiría desplazar el interés desde la curiosidad pública hacia la justicia estructural.

El 8 de marzo ofrece una clave para leer este momento. El feminismo ha disputado históricamente qué vidas importan en el espacio público. Si la conversación gira en torno a la reputación de hombres poderosos, se reproduce una jerarquía donde el prestigio masculino adquiere mayor centralidad que la dignidad de mujeres y niñas.

En Chile, esta discusión no es abstracta. En un contexto de cambio de gobierno y posibles redefiniciones en políticas de igualdad de género, el modo en que leemos estos escándalos importa. La experiencia comparada muestra que, en ciclos políticos de orientación conservadora o ultraliberal, las agendas de género pueden tensionarse o reconfigurarse bajo marcos de orden, familia o seguridad. En ese escenario, sostener una lectura estructural de la violencia sexual no es ideología: es una defensa básica de estándares democráticos.

Si el debate público se limita a la lista de nombres, el patriarcado conserva su arquitectura. Si, en cambio, se interroga la red que permitió la violencia y los silencios que la sostuvieron, la transparencia puede convertirse en herramienta crítica.

El desafío no es consumir más documentos. Es cuestionar el orden que permitió que esos documentos existieran.

El 8M no es solo memoria ni consigna. Es una brújula política. Recordarnos que la visibilidad es un campo de disputa y que la justicia exige perspectiva de género es una condición para que la transparencia no termine reproduciendo el mismo sistema que dice exponer.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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