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El desorden mundial: la hora de los estrategas ANÁLISIS Archivo

El desorden mundial: la hora de los estrategas

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Gabriel Gaspar
Por : Gabriel Gaspar Cientista político, exembajador de Chile y exsubsecretario de Defensa, FFAA y Guerra.
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En medio de este desorden mundial, del debilitamiento del derecho internacional, es probable que alguna potencia nos exija “pruebas de amor”: estamos con ellos o debemos atenernos a las consecuencias. ¿Qué hacer?


Hoy domina la escena internacional la desarticulación del orden mundial creado en 1945, terminada la Segunda Guerra.

El principal órgano creado para garantizar la paz en el planeta, las Naciones Unidas, hoy vive horas difíciles.  Las dos alianzas militares que para bien o para mal ordenaron el mundo hasta 1990 ya no pueden cumplir su rol. Por un lado, el llamado Pacto de Varsovia, alianza estratégica de la entonces Unión Soviética con los países del Este europeo, ya no existe, pues se disolvió cuando concluyo la Guerra Fría. La OTAN, por su parte, que se expandió sustantivamente después de la caída del muro de Berlin, hoy vive momentos muy tensos. Basta comentar que, a raíz de la pretensión de la Casa Blanca de anexar Groenlandia, existe un fuerte roce entre un grupo de países europeos y los EEUU.

Anteriormente, la exigencia de Washington DC (WDC) de que los países europeos incrementen su gasto militar y lo liberen de esa carga está provocando un rebaraje de posiciones en el otrora unificado mundo occidental. Entre medio, la suerte de Zelensky parece echada, ya que sin el apoyo político, militar y económico de los EEUU no podrá resistir el inexorable avance de las tropas rusas.

Todo lo anterior vale para una parte de la realidad planetaria, el mundo occidental, dentro del cual mayoritariamente se ha movido América Latina, pero si algo caracteriza al siglo XXI en materia estratégica, es la emergencia del potencial asiático, con China a la cabeza. La República Popular China (RPCH) aún no se acerca al potencial bélico de los EEUU, pero en materia comercial, económica e influencia política crece día a día. Eso es advertido por los aliados asiáticos de los EEUU: Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas, entre otros.

No todo es desafío estratégico. En la base material, el crecimiento asiático es innegable. Entre China y la India se acumula una parte sustantiva del PIB mundial y qué decir de su población, superior a un tercio del planeta.  Ojo, todo esto mientras Occidente encanece: pocos jóvenes se casan, la tasa de natalidad disminuye y aumenta la población de mascotas.

En materia monetaria, el dólar no ha sido desplazado, pero el Yuan le empieza competir. Shanghai para muchos países pasa a ser tan importante como Wall Street.  Y en materia de competencia científica y tecnológica la competencia está qué arde. ¿Ganará Google o Huawei?

El impacto en América Latina

El desorden mundial no es una novedad entre los estrategas latinoamericanos, pero existía una noción de que los principales conflictos y desafíos se desarrollaban en el hemisferio norte, lo que se veía como un proceso complejo, pero lejano. La principal preocupación era la económica, especialmente el precio del petróleo.

Pero el bombardeo a Venezuela del 3 de enero provocó dos efectos clarísimos: el desorden mundial se aceleró, y de paso, entró de lleno en nuestra región, y en Sudamérica en especial.

Una gran responsabilidad en todo esto lo tiene la administración Trump, cuyo diseño se expresa en la Estrategia de Seguridad Nacional.  La principal amenaza para los estadounidenses a contener es el crecimiento chino, y el principal objetivo es interno: hacer grande de nuevo a los EEUU (MAGA).  Independiente de si esa estrategia funcionará, lo que si está provocando es un gran desbarajuste global, empezando por el comercio.

La administración Trump se retiró de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y derogó unilateralmente la mayoría de los acuerdos comerciales bilaterales. Es más, el propio presidente Trump ha dicho con franqueza que el derecho internacional ya no va y se retira de buena parte de los organismos de Naciones Unidas, (antes lo había hecho de la Unesco y de la Oficina de DDHH).

La lógica es simple: si una inversión no rinde, se termina. Aplicada a entidades como la OEA, también vale, aunque este organismo nunca se haya transformado en un dique a la hegemonía estadounidense. Si no hay ganancias, si la inversión no rinde, entonces para qué seguir: los americanos le cuestionan a la OEA que no ha sido capaz de resolver la crisis haitiana ni la venezolana. La lógica de mercado es implacable: inversión que no genera ganancias, no tendría sentido continuar con ella. Por supuesto, en esa rústica mirada mercantil no se advierten los peligros y las fracturas que se crean.

En América Latina emergen las divergencias ante este brusco movimiento. Un grupo de países, encabezado por la Argentina de Milei, se alinea sin dificultad con la nueva tónica de WDC. Otro, donde figuran Brasil y México, reafirman su independencia y su apego al multilateralismo. Recordemos que entre los dos suman más de la mitad del PIB y de la población latinoamericana.

Por supuesto, el desafío no son sólo las relaciones interamericanas, también lo es el objetivo manifiesto de WDC de erradicar del hemisferio occidental (forma de referirse al continente americano, en el léxico estadounidense) a las potencias extracontinentales, léase China, Rusia e Irán.

Lo complicado, especialmente para un grupo de países sudamericanos, es que el Asia, y China en particular, se han transformado en el principal socio de sus economías, y aquí estan Brasil, Perú, Chile, Argentina, entre los principales, pese a las diferencias ideológicas o políticas que puedan tener sus respectivos gobiernos.

Brasil ha optado por una autonomía no confrontacional con los EEUU y desde hace algunos años forma parte de coordinación de los BRICS, y recientemente impulsó el acuerdo de Mercosur con la UE, cuyo debate demoró años e incluso décadas. México, tan lejos de Dios y tan cerca de los EEUU, está indisolublemente unido a su vecino del norte, desde su intercambio (más del 80% del comercio exterior), hasta su población (millones de mexicanos residentes al norte del Río Bravo). Por eso, la diplomacia mexicana sabe manejar el capote; es decir, maniobrar al toro hasta que la habilidad del torero le agota las energías. Por algo, Itamaraty y Tlatelolco son las diplomacias más competentes de nuestra región.

Pero hoy la diplomacia no basta, al menos la tradicional, porque en este desorden que estamos viviendo las potencias empiezan a utilizar su poder duro, inclusive su poder militar, para alcanzar sus objetivos. Algunos analistas académicos se lamentan de que los EEUU no solicitan la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU: habría que advertirles que hasta ahora la Casa Blanca ha ordenado el bombardeo de Teherán, Caracas, Damasco, Yemen, El Líbano, entre otros, y ni siquiera ha informado al Congreso de los EEUU.

En medio de este desorden mundial, del debilitamiento del derecho internacional, es probable que alguna potencia nos exija “pruebas de amor”: estamos con ellos o debemos atenernos a las consecuencias.

¿Qué hacer?

Gran pregunta, que requiere de la más rigurosa apreciación del momento político estratégico que vivimos.  No solo en Chile, ni en nuestro vecindario más cercano, sino en el planeta.  Recordemos que hasta ahora nuestro modelo de desarrollo se basa en la más amplia conexión con el mercado mundial, pero  eso se está terminando.

En efecto, el desbarajuste arancelario que ha desatado la administración Trump puso un alto al proceso de globalización. ¿Cuándo terminará? ¿cCómo terminará? De momento, sólo podemos hacer análisis prospectivo y construir escenarios y, dentro de ellos, elegir la más conveniente a nuestros intereses nacionales. Es probable que, así como emergen “zonas de influencia” político–estratégica, el mercado global también se estratifique. Por cierto, estas preguntas y sus respuestas no son sólo tareas para el gobierno de turno, sino para muchos gobiernos más, porque es obvio: definir una estrategia de desarrollo implica también hacer una opción por los aliados que necesitamos.

Lo anterior no sólo es un tema de alcances diplomáticos, también lo es estratégico. Conlleva  construir una apreciación de cuál es la fuerza que necesitamos. Como todos sabemos, esas son opciones de largo plazo, más allá de coyuntura, y para que sean más sólidas, requieren del más amplio consenso nacional posible.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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