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¿Un Gobierno de extensión de Chile Vamos o republicano y con Kaiser? Opinión Agencia Uno

¿Un Gobierno de extensión de Chile Vamos o republicano y con Kaiser?

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Germán Silva Cuadra
Por : Germán Silva Cuadra Psicólogo, académico y consultor
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La primera gran señal de cuál será la línea política que privilegiará Kast se verificará con la designación del gabinete en diez días más, lo que, sin duda, provocará las primeras tensiones en las derechas, sea cual sea la opción que tome el republicano.


En la columna anterior analizamos las primeras semanas –y señales– entregadas por el Presidente electo, José Antonio Kast, planteando que este enfrentaba un dilema trascendente para su gestión desde el 11 de marzo. Ser fiel a su grupo duro –la “barra brava”–, con quienes inició la ruta, rompiendo con la UDI, transformándose en opositor a Piñera y Chile Vamos, acusándolos de traicionar los principios de la derecha, pavimentando el camino que lo llevaría al triunfo el 15 de diciembre pasado, o bien hacer un giro hacia el centro, con un mandato menos ideologizado, que se hiciera cargo del llamado “Gobierno de emergencia”, así como de las promesas por las que 3.500.000 personas votaron adicionalmente por él en segunda vuelta y que, por cierto, no son republicanas.

Reconozcamos que la partida de José Antonio Kast fue a toda velocidad en la primera semana, aunque luego fue decayendo. Reuniones protocolares, viajes a Argentina y Ecuador, entrevistas, anuncios. ¿La señal comunicacional? “Este será un Gobierno en campaña permanente” y cumplir con una promesa bastante sui generis: comenzar a gobernar desde el 15 de diciembre, pese a que asumen en marzo. En paralelo, la administración de Boric pasó a ser un simple actor de reparto, intrascendente.

Pero más allá de las señales comunicacionales, lo más importante de los primeros días fue un evidente cambio de estilo y tono del relato empleado en la campaña.

Por obra de magia, vimos a un Kast distinto, más cauto, menos confrontacional, y empoderado en la función que tendrá que asumir dentro de poco más de dos meses. Fue como que nos cambiaran al Kast de los años previos. Si un extraterrestre llegara a Chile e intentara descifrar al sector al que pertenece el futuro Mandatario, a juzgar por su encuentro con Bachelet, sus llamados a la unidad o cuando hizo callar a sus partidarios pidiendo respeto por Jeannette Jara, diría que José Antonio Kast es un socialdemócrata.

Sin embargo, a partir de la segunda semana del Presidente electo, la tarea fue bajar las expectativas –“pídanme energía, no resultados inmediatos”, “no existen los milagros”– y comenzaron a expresarse más las contradicciones, tanto en lo relativo al estilo de gobernar como en lo político. O, mejor dicho, los dilemas. Respecto de las promesas –esas que generaron altas expectativas de que todos los problemas se solucionarían con rapidez–, reapareció el fantasma que sembró las dudas en los últimos debates: pasar de la promesa de resultados absoluta –“terminaremos con la delincuencia, el narcotráfico y la migración ilegal”– al depende. Es decir, Kast abandonó el blanco y negro, para introducir el gris. Veamos dos ejemplos.

Primero: el control de la migración ilegal mutó de la expulsión de 330 mil personas a la invitación a salir pagándose el pasaje, hasta terminar en un corredor humanitario. ¿El cambio? El sentido de realidad supone que la solución depende del acuerdo con otros países –como lo hicieron Piñera y Boric– y no de la simple voluntad. Bueno, tal vez ahora se la facilitan las cosas con el derrocamiento de Maduro por parte de Estados Unidos.

Segundo: aunque es una promesa de 2021, la frase es absoluta al señalar que “cuando yo sea Presidente me bajaré el sueldo a la mitad, como señal”. El 11 de marzo será Presidente, pero ya dejó en claro que no cumplirá la promesa de bajar su sueldo a $5.535.030 –desde marzo el salario presidencial sube de $7.033.974 a $11.070.060–.

Tercero: pese al duro discurso contra los migrantes ilegales en la campaña y la promesa de tolerancia cero, la Sociedad Nacional de Agricultura anunció que habían alcanzado un acuerdo con Kast para otorgar una visa temporal para migrantes, algo similar a lo que hizo Trump con los agricultores en EE.UU. El “depende” quedó totalmente en evidencia aquí.

Respecto del ánimo país –y al igual como ocurre en todos los períodos de transición entre la salida de un Gobierno y la entrada de otro, incluida la “boricmanía”–, el cambio ha sido milagroso. Todas las encuestas muestran un optimismo casi desbordado de la ciudadanía, en lo que ha influido también el hecho de que la oposición, partiendo por Kast, dejó de hablar del país que se caía a pedazos. Los centros comerciales estuvieron atiborrados en los días previos a Navidad, y la gente caminando entre ferias hasta pasada la medianoche. Ese relato de “hay que eliminar las 40 horas porque después de las 19:00 horas no se puede salir de la casa por la delincuencia”, desapareció. Enhorabuena.

Pero en la tercera semana postriunfo comenzó la batalla política interna. José Antonio Kast desapareció de escena y emergieron los “operadores políticos” de siempre, encabezados por Claudio Alvarado (UDI), un hombre que sabe de mover piezas y que además sería el ministro secretario general de la Presidencia. Con la famosa OPE (Oficina del Presidente Electo) convertida en La Moneda chica, se inició el desfile de precandidatos a integrar el Gobierno y cuanto cargo esté disponible (delegados presidenciales, ministros, subsecretarios, embajadores, jefes de servicio, etc.).

Lo primero que ha llamado la atención es el alto contingente de personeros de Chile Vamos que se han tomado la escena. Entre los nombres que suenan para ministros están Diego Paulsen (RN), Luz Ebensperger (UDI), José Luis Daza (hermano de Paula Daza, RN, que también se menciona en Salud), entre otros. Es decir, pese a que la coalición de centroderecha salió 5ª en las elecciones de noviembre, podría asumir un liderazgo importante del Ejecutivo, algo parecido a lo que ocurrió con el Socialismo Democrático durante gran parte del mandato de Boric.

Este giro a la centroderecha que podría asumir el Gobierno de Kast está generando muchas críticas tanto a nivel privado como público en las bases de Republicanos, Partido Social Cristiano y el Partido Nacional Libertario, donde dicen “nosotros ganamos la elección, no ellos”. A esto se sumó la larga entrevista entre Bachelet y Kast, así como las elogiosas palabras del Presidente electo hacia la exmandataria, que causaron molestia e indignación en esos partidos.

La semana pasada, sin embargo, se produjo una fuerte embestida de la línea más dura de la derecha, encabezada por Johannes Kaiser, quien se encargó de recordarle a Kast que ellos serán fieles a su doctrina y principios, explicitando que no aceptarán el pragmatismo insinuado por el futuro Mandatario en esta etapa.

En un hecho insólito en la política chilena, el libertario concurrió a la reunión con el UDI Alvarado exhibiendo públicamente las condiciones que ese partido ha planteado, no solo para que su líder sea ministro de Defensa –partiendo por la “carta ancha para contratar a su equipo”–, sino que estableciendo condiciones de borde –“líneas rojas”–, ultraexigentes ideológicamente, para integrar el Gobierno, incluyendo la eliminación de programas que tienen una connotación valórica-moral, terreno que Kast evitó pisar durante toda la campaña, a diferencia de 2021.

Una lectura bastante razonable es que Kaiser ha hecho lo posible por no integrar el próximo Gobierno, para concentrarse en el rol que el PNL tendrá en el Parlamento y poder así trabajar su imagen de liderazgo de la extrema derecha, tal como Kast hizo con Piñera.

Así las cosas, la primera gran señal de cuál será la línea política que privilegiará Kast se verificará con la designación del gabinete en diez días más, lo que, sin duda, provocará las primeras tensiones en las derechas, sea cual sea la opción que tome el republicano.

Además, ese día, de hacerse efectivo lo que en fuentes de la futura administración dan como un hecho, que Rodolfo Carter asumiría el Ministerio de Seguridad Pública, se provocaría el primer terremoto político del Gobierno antes de asumir, debido a que el exalcalde salió electo senador por La Araucanía y no ejercería el cargo, dejando el cupo para un senador designado, un hecho no solo inédito e insólito en la política chilena, sino que dejaría también en evidencia la pobreza de nombres en la nueva administración.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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