El desafío silencioso del nuevo Ministro
Señor director:
El nombramiento de Francisco Undurraga como ministro de las Culturas ha vuelto a activar un patrón conocido: la reacción inmediata de la opinión pública, el juicio rápido y la personalización del debate. En ese clima, resulta pertinente, aunque poco frecuente, suspender el ruido y esperar, con sobriedad, que la gestión que comienza esté a la altura de la complejidad que el cargo exige.
Porque el verdadero desafío no se juega en la aprobación momentánea ni en la capacidad de sortear polémicas, sino en la comprensión profunda del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio como institución. Se trata de un organismo de gran escala, con funciones múltiples y una estructura que articula servicios centrales y territoriales, consejos colegiados, fondos concursables, programas territoriales, educacionales y una diversidad amplia de beneficiarios. Gobernar este entramado requiere más que visibilidad: exige conocimiento, método y continuidad.
Entre los ámbitos menos visibles y más determinantes se encuentra la digitalización de los procesos, entendida no solo como modernización tecnológica, sino como una herramienta para el seguimiento efectivo, la trazabilidad y la rendición de cuentas. En este punto, el cumplimiento de los plazos comprometidos con los beneficiarios no es un detalle administrativo, sino una condición básica de confianza pública. Para artistas, comunidades y organizaciones, el retraso en pagos o resoluciones no es abstracto: impacta directamente en la sostenibilidad de sus proyectos y trayectorias.
A ello se suma la complejidad que implica la correcta ejecución de los recursos, en un campo donde conviven distintos tamaños de proyectos, marcos normativos exigentes y realidades laborales marcadas por la intermitencia. Administrar bien no es solo eficiencia, es comprender las especificidades del sector cultural y ajustar los instrumentos a esa realidad.
La gestión del ministerio concita la expectación de diversos actores y grupos de interés (con mayor o menor conocimiento en la materia) con un amplio rango de expectativas diversas y hasta contradictorias, que suelen verter en la prensa sin un tamiz tensionando la administración. Sin embargo, gobernar desde ese temor suele conducir a decisiones defensivas, cortoplacistas y alejadas de los desafíos estructurales que realmente importan.
Finalmente, hay un principio que debe operar como horizonte: el resguardo de la libertad de creación y de la expresión cultural en toda su diversidad. No se trata de administrar sensibilidades ni de responder al aplauso o al abucheo del momento, tampoco de dirigir contenidos ni domesticar estéticas, sino de garantizar condiciones para que las culturas, en plural, puedan desarrollarse sin censura ni instrumentalización.
Lejos de ser irrelevante, aunque a muchos les cueste admitirlo, el barullo de ciertos personajes de la opinión pública desvía la atención de lo esencial. Lo verdaderamente desafiante permanece, casi siempre, fuera de ese foco: la capacidad de sostener una gestión rigurosa, consciente de la magnitud institucional, atenta a sus trabajadores y respetuosa de quienes dependen, en tiempo y forma, de las políticas culturales del Estado.
Andrea Gutiérrez Vásquez
Decana Facultad de Artes
Universidad Academia de Humanismo Cristiano