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Morir en paz, eutanasia no, cuidados paliativos sí Opinión Imagen de Archivo

Morir en paz, eutanasia no, cuidados paliativos sí

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Fernando Chomali G.
Por : Fernando Chomali G. Cardenal, Arzobispo de Santiago.
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Habrá menos soledad y menos solicitudes de eutanasia si se promueven con más ahínco políticas públicas que privilegien la natalidad y la familia –lugar natural, originario y único– para cuidar y ser cuidado en los momentos de dificultad que nos presenta la vida.


En medio de una violencia desatada, de la perplejidad de los chilenos frente a la corrupción en muchos estamentos de la sociedad, de listas de esperas interminables para tratamientos médicos básicos, una gran inseguridad de la población, reaparece, y con intenciones de darle suma urgencia, un proyecto de ley que permite la eliminación directa de un ser humano en la etapa final de su vida. Porque no nos engañemos, detrás de la idea de “muerte digna” está la idea de disponer de la vida de los demás en su etapa terminal.

Este proyecto de ley es ambiguo porque, además, se extiende a personas en complejas situaciones de salud, que, según los promotores de la ley, como sus vidas no valdrían la pena de ser vividas, el Estado no les puede impedir que terminen con ella.

Esta iniciativa parlamentaria apela a la autonomía y a la libertad individual como un derecho absoluto que ha de ser respetado, aun sabiendo que en estas circunstancias es de lo que más se carece.

Esta ley es la respuesta práctica a la desidia del Estado y la sociedad de hacerse cargo de los enfermos, en la mayoría de los casos adultos mayores, que muchos de ellos terminan sus días viejos, solos, enfermos y pobres –no pocos en los hospitales públicos y en lugares que ni nos imaginamos postrados y abandonados en paupérrimas condiciones–.

Se alude a la eutanasia como un acto de compasión respecto de ellos. No nos confundamos, es un acto de compasión hacia la sociedad occidental que todo lo mide en términos de producción, gozo, éxito y ganancia y que no soporta nada que tenga que ver con el dolor y el sufrimiento y menos hacerse responsable de él.

Aunque no lo quieran decir, la eutanasia es una forma de eugenesia social frente a la incapacidad de empatizar, acompañar, amar y responder por ellos. Este proyecto es el ocaso del sentido de responsabilidad hacia el débil que le cabe a la sociedad toda y es el triunfo de la razón de la fuerza por sobre la fuerza de la razón. Con la eutanasia el drama de una persona gravemente enferma se resuelve con la violencia, cubierta con el manto de la bondad, la compasión, la autonomía, etc.

Este proyecto de ley es –en la práctica– clasista, porque será sobre todo respecto de los pobres por quienes terceros decidirán por ellos ponerle fin a sus días (lean bien el proyecto de ley). Quienes tienen recursos económicos estarán acompañados y de estar solos podrán irse a un país donde nadie pueda realizar una acción que termine con sus vidas. En ciertos países de Europa es así.

La verdad es que quien está acompañado, se siente querido y bien cuidado, no pide terminar con sus días, al contrario, se aferran a ellos como un gran tesoro. Ejemplo de ello es la Fundación las Rosas. Como si fuera poco, a los estudiantes de medicina, que suelen entrar a la universidad llenos de motivaciones por sanar, acompañar y cuidar, se les enseñará cómo terminar con la vida de un ser humano inocente.

Al final, como en muchos países “desarrollados”, el itinerario es el mismo: libertad para decidir cuántos hijos tener –y cómo– y, a falta de ellos, libertad para terminar con quienes son considerados un “estorbo”. Francisco los llama “los descartados”. ¡Cuánta razón! Chile se empobrece con una ley semejante, porque el talante de una sociedad se mide en la capacidad que tiene el tejido social –del cual formamos parte– de preocuparse de los indefensos y vulnerables.

A los promotores de esta ley injusta los invito a poner atención en los ancianos en situaciones lamentables –hogares clandestinos, sin vida social y abandonados–. También los invito a levantar vuelo legislativo para promover la especialidad de cuidados paliativos en los hospitales y clínicas y lugares donde terminan sus días, así como promover políticas públicas macizas en favor de los adultos mayores en materia de pensiones y acceso a los cuidados de salud.

Habrá menos soledad y menos solicitudes de eutanasia si se promueven con más ahínco políticas públicas que privilegien la natalidad y la familia –lugar natural, originario y único– para cuidar y ser cuidado en los momentos de dificultad que nos presenta la vida.

Dejemos a los enfermos morir en paz –con los medios ordinarios de que dispone la medicina, sin obstinaciones ni tecnicismos abusivos– junto a sus familiares y con adecuada asistencia médica paliativa, espiritual y humana. Ni más ni menos. Los equipos médicos en Chile, –notables por su compromiso a los pacientes–, que lidian a diario con esta dura realidad, lo saben muy bien.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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