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Voy y vuelvo

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino profesor de historia
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Esa experiencia podía haberlo convertido en un excelente socialdemócrata: sólido, moderno, capaz de tender puentes. Y, sin embargo, eligió otro camino, el de las cruzadas presidenciales perpetuas, el personalismo y la retórica del salvador de los de abajo.


Me sorprendió leer una inserción dominical de Marco Enríquez-Ominami en El Mercurio. Pensé que ya había dicho todo, pero este enfoque es nuevo en forma y contenido. Gastar millones en una página entera dirigida a un público lector que no es el “pueblo” que dice representar plantea la pregunta clave: ¿a quién habla realmente, al pueblo o a la elite política?

La pregunta no es menor. Como escribí en una columna reciente –“Likes, votos y vacío”–, a propósito de Franco Parisi, hay un peculiar patrón que comparten algunos políticos chilenos: mantenerse vigentes a pesar de los años, el desgaste y los fracasos acumulados. El excandidato comparte con Parisi –con un estilo más refinado y verbalmente pulido– la rara habilidad de seguir en la carrera política como figura ajena al sistema, arremetiendo contra la clase dirigente.

Detesto las críticas ad hominem (y a quienes, con escasos de argumentos, las practican), de modo que veamos algunas ideas relevantes de su solemne declaración.

MEO proclama que Chile “no se reconoce en ninguno de estos dos caminos”, poniendo en la misma bolsa el proyecto de Boric/Jara y el de Kast. Pero basta recordar sus dardos permanentes al Gobierno –siempre desde la izquierda y a veces en dueto con Daniel Jadue– para notar que él mismo se ha instalado en uno de esos extremos que ahora declara querer superar.

Si ha pasado años empujando desde el flanco izquierdo del Gobierno, ¿ahora representa el equilibrio neutral? Sorprendente, por decir algo gentil.

El hoy candidato acusa al Gobierno de Boric de “amateurismo e incompetencia”, como hablando desde una indiscutible autoridad técnica y política, pero no se conocen planes suyos detallados, ni equipos sólidos que respalden esa presunta superioridad de gestión. Su alternativa de Gobierno no ha pasado de la teoría y, según todas las encuestas, roza el terreno de la utopía: 1%, a lo sumo 2% de apoyo.

Con ese capital político, sin experiencia ejecutiva en el Estado, sin conocimientos demostrados de gestión de Gobierno y sin cuadros dirigentes probados en su entorno (por lo demás, su PRO fue un partido más bien personal), no le asienta el otorgar certificados de idoneidad gubernamental.

Enríquez-Ominami asegura haber recorrido el país para escuchar lo que la “élite política y mediática de Santiago” se niega a ver. Es el manual clásico del populista: recorrer el territorio, hablar “con la gente de verdad”, denunciar a la clase dirigente y presentarse como el único que escucha lo que ellos no ven.

El toque regionalista es evidente: el contraste entre las provincias supuestamente ignoradas y una capital que solo se mira a sí misma es un recurso tan viejo como rentable en campaña. Pero cuando uno se proclama fuera del circo (“rechazo a un circo político”) mientras actúa dentro de la carpa –apelando al mismo repertorio de agravios y antagonismos–, lo único que cambia es el número, no el espectáculo.

Luego sentencia que “Jeannette Jara no ganará en segunda vuelta” y describe con detalle la caída en las encuestas. Con esta profecía, más que desafiar a la derecha, termina haciéndole un favor a José Antonio Kast: le ahorra trabajo, instalando desde ya la idea de una derrota inevitable para la candidata oficialista. Paradójico para alguien que se define como hombre de izquierda. Pero así funcionan a veces las geometrías políticas. Los extremos, aunque se repelan en el discurso, terminan dándose la mano cuando comparten un adversario común.

El líder del disuelto PRO denuncia a “una izquierda mesiánica”, un fenómeno ajeno a él. Pero si hay alguien que ha hecho carrera política cultivando la imagen de salvador solitario –desde que dejó de aprovechar el trampolín del PS para ser diputado y emprendió sus campañas presidenciales en clave de cruzada personal– es él mismo.

La supuesta superioridad moral e intelectual que proyecta lo ha puesto siempre en el papel del elegido que viene a corregir a todos. Decidor es el título de la declaración, una sola palabra en grandes letras negras: “Despertemos”, un llamado a salvarnos saliendo del sueño del sistema. Que en ese llamado se yerga contra el mesianismo es como si el predicador se quejara de su homilía.

Asimismo, afirma que “este modelo nos ha hecho vulnerables a los choques externos y nunca ha permitido fortalecer nuestro mercado interno”, entrando en economía con brochazos gruesos. Minimiza el papel de las exportaciones –cobre y otros sectores que han ido adquiriendo cada vez más peso– que han sido pilares del crecimiento chileno, y propone como antídoto el consumo interno, justamente el resorte que Jeannette Jara ya ha descartado como motor sostenible.

Además, su diagnóstico ignora que Chile ha resistido con relativa solidez crisis como la financiera de 2008, el desplome de precios de materias primas, la pandemia de COVID-19 y los estropicios del estallido social de 2019. En economía, conviene no simplificar lo que la historia y los datos ya han demostrado.

El basismo (no mandatado) no es un expediente nuevo en su relato político; en sus inicios hizo de la palabra “cúpulas” su mantra para fustigar a la política tradicional, siempre con él como alternativa pura y externa. El problema es que esa pretensión de estar por sobre las estructuras no lo ha liberado de la lógica de los mismos partidos y coaliciones que critica, porque, para gobernar, cualquier Presidente necesita construir mayorías sustentadas en partidos, y eso no se logra desde un pedestal personalista, sino desde el trabajo político partidario. Así funcionan las democracias.

En rigor, Enríquez-Ominami no pasa de ser una rara avis en la política chilena: un caso digno de estudio académico o, si se quiere, un personaje que anima las campañas electorales con discursos que, hay que reconocerlo, tienen ingenio efectista. El problema es que no es inocuo. Su trayectoria muestra que, cuando irrumpe, el daño lo sufre la izquierda y la centroizquierda.

Basta recordar la elección de 2009: con un 20% de los votos capturados en buena parte a la izquierda dura, se negó a respaldar explícitamente a Eduardo Frei en la segunda vuelta, contribuyendo a que Sebastián Piñera llegara a La Moneda, como después lo reconoció Andrés Allamand. No es la primera vez que su protagonismo personal termina siendo el mejor aliado indirecto de la derecha.

Hijo del exilio, formado en Francia, cercano al Partido Socialista galo, el protagonista de esta crítica tuvo la oportunidad de ver de cerca el socialismo democrático y de empaparse de la cultura política europea. Sumada a su indudable brillantez oral, esa experiencia podía haberlo convertido en un excelente socialdemócrata: sólido, moderno, capaz de tender puentes. Y, sin embargo, eligió otro camino, el de las cruzadas presidenciales perpetuas, el personalismo y la retórica del salvador de los de abajo. ¿Qué te pasó, Marco?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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