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La natalidad también es política Opinión

La natalidad también es política

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Matías Martínez González
Por : Matías Martínez González Historiador, licenciado en Historia y diplomado en Historia y Política contemporánea.
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La baja tasa de natalidad no es cuestión nueva, es un problema a nivel global y que en Chile está repercutiendo levemente, pero que en cuestión de años será una de las mayores trabas que tendremos para el crecimiento socioeconómico y la expansión nacional.


Sus razones abarcan desde las políticas públicas hasta lo económico, cultural y laboral, donde todas, sumadas, agravan sustancialmente la situación. Sin embargo, deseo hacer hincapié en 3 puntos que me parecen esenciales para comprender este fenómeno: costo de vida, precariedad laboral y ausencia del Estado. 

El primero tiene relación con lo más esencial para cualquier persona: el sustento. El costo de vida en Chile ha ido subiendo de manera importante y, aun cuando hemos visto que la inflación ha bajado, ello no se ha reflejado en los precios de la vivienda, comida e insumos. Según datos de la Cámara Chilena de la Construcción se necesitan 11,4 años de ingresos ahorrados en su totalidad para comprar una vivienda, cifra que se duplicó en 10 años. El costo de la crianza requiere en promedio de unos $595.000 al mes, algo que supera el sueldo mínimo. Además, la mitad de los trabajadores en Chile gana $611.162 o menos, según el INE. Tres cifras importantes para ir analizando el problema de la natalidad. 

La precariedad laboral no se queda atrás, con el mencionado promedio de sueldos se suman los bajos salarios reales para profesionales jóvenes y la inestabilidad que existe en el mercado. De hecho, este año ya van 337 mil despidos “por necesidad de la empresa”, un alza del 5,5% respecto al año anterior. La diferencia laboral y salarial por género también es una arista que permea duramente, puesto que para las mujeres es más difícil conseguir trabajo y hacerlo en “edad fértil” les dificulta aún más la labor. Todas estas cuestiones van generando la noción de que la maternidad es un riesgo financiero y laboral.

El último punto es la ausencia del Estado, que brilla por su inoperancia en esta materia. Chile destina poco gasto social en familia e infancia temprana (0,7% del PIB) comparado con países de la OCDE (2,3%), que es el horizonte al que aspiramos. No hay transferencias directas significativas por hijo ni créditos fiscales amplios, mucho menos una política integral de vivienda familiar. Además, los beneficios están fragmentados: bonos por hijo o Subsidio Único Familiar, sin una política demográfica de largo plazo. Ello se contrasta con países que mantienen tasas de fecundidad más estables, como Francia o Suecia.

Para enmendar el fenómeno es importante ver la experiencia internacional y no improvisar. También reforzar lo que ya tenemos y que va en la dirección, creo yo, correcta, como lo es la Sala de Cuna Universal. Esta medida reduce el costo monetario y de tiempo, facilita la reincorporación laboral y permite combinar trabajo y familia (véase el caso de guarderías subsidiadas en Québec, 1997).

Los permisos parentales con cuotas para el padre también han dejado evidencia que sugiere beneficios sobre la continuidad de la fecundidad e igualdad de género; subsidios directos para los estratos más bajos, los cuales permitan aliviar el peso inmediato de criar hijos. En ese sentido, Francia ha mantenido un paquete de prestaciones que le han contribuido a tener la fecundidad más alta de Europa.

Estas son solo algunas herramientas que podemos aplicar al sistema chileno, pero es fundamental que el Estado tomen cartas en el asunto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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