Opinión
Sesgos en movilidad: lo que evidencia la agresión a una madre en el metro
Si algo deja claro el episodio del Metro es que la movilidad del cuidado no puede seguir siendo secundaria. Cuidar exige tiempo, espacio, seguridad y reconocimiento.
El video que circuló la semana pasada en el Metro de Santiago muestra a una madre de pie, con un coche doble. No intenta avanzar ni abrirse paso. Solo se ve obligada a hacer de barrera, protegiendo al bebé que va en el coche mientras las personas suben y bajan del vagón en hora punta. Aun así, recibe empujones, gritos y reproches hasta que una guardia interviene. En redes sociales ocurre lo mismo: la presencia de la madre y del coche es cuestionada con violencia, expuesta como si el cuidado fuera una interrupción y no una actividad esencial para sostener la vida.
El episodio es grave por la agresión, pero también porque expone algo más profundo: en Chile, la falta de políticas que reconozcan y protejan la movilidad del cuidado evidencia un sesgo de género persistente. Los desplazamientos de las mujeres, estrechamente ligados a las tareas de cuidado, siguen siendo tratados como una anomalía. Para muchos pasajeros, y también para los sistemas de registro digital y la planificación del transporte, estos viajes son invisibles.
Esta mirada no es casual. Está inscrita en cómo producimos datos, diseñamos sistemas y definimos quién es el “usuario” del transporte. Hoy, gran parte de la planificación se basa en información generada por tarjetas electrónicas, GPS y aplicaciones móviles. Son datos que capturan movimientos rápidos y directos, el tipo de viaje que históricamente realizan más los hombres. En cambio, los trayectos de quienes cuidan, que son fragmentados, múltiples y muchas veces a pie, quedan fuera de lo que el sistema considera un viaje relevante.
Nuestra investigación en el Fondecyt Tecnologías de la Información, Movilidad y Género, en la Universidad de Chile, muestra que los algoritmos que reconstruyen trayectorias aplican reglas que borran los viajes característicos de las mujeres, especialmente de quienes trabajan y cuidan. Como no existe registro de dónde las personas se bajan del bus o Metro, el modelo lo infiere. En los casos que analizamos, los recorridos de mujeres cuidadoras aparecieron fragmentados en viajes aislados, no como ocurren, secuencias encadenadas con múltiples paradas. El cuidado desapareció del mapa.
Y cuando algo desaparece del mapa, desaparece de la política pública. No se planifican frecuencias ni combinaciones pensando en trayectos con coches, bolsos o niños pequeños. No se consideran viajes que mezclan compras, trámites o acompañamiento. No se evalúan barreras físicas desde la perspectiva de quienes cuidan. Lo que no está en el dato no recibe protección.
Las etnografías que realizamos muestran con claridad esa desprotección. Una participante nos dijo que prefería caminar largas distancias con el coche porque sabía que en la micro no solo no la ayudarían, sino que recibiría hostilidad. Esa frase resume un problema de fondo: las mujeres están creando estrategias para sobrevivir en un sistema que nunca ha sido diseñado para ellas, a pesar de que son la mitad de la población y quienes más usan el transporte público. La violencia en el vagón no fue un accidente. Fue el síntoma visible de un diseño que ignora la movilidad del cuidado.
Por eso preocupa cuando las respuestas institucionales se reducen a llamados genéricos a la empatía, como señaló el presidente de Metro. La empatía interpersonal importa, pero no soluciona un sistema que no reconoce a quienes cuidan. La madre del video no necesitaba ser más empática ni disculparse por viajar con un coche. Necesita políticas que sostengan su presencia, que consideraren sus trayectos y que proyecten a todas y todos los viajeros que el cuidado es un trabajo esencial para la vida y la sociedad.
Con ese objetivo, junto a Ángela Cura, Felipe Palma y Eduardo Graells, inauguramos la instalación Tejiendo Datos: Trayectorias urbanas entrelazadas por el género, la tecnología y el cuidado en Plataforma Cultural de la Universidad de Chile, abierta hasta el 5 de enero. Allí mostramos, mediante piezas textiles y análisis cartográficos, cómo las trayectorias reales de mujeres cuidadoras difieren de las rutas que proyectan los algoritmos. La distancia entre ambos mundos no es un detalle técnico. Es una brecha política. Porque lo que un sistema decide ver es lo que una sociedad decide proteger.
Si algo deja claro el episodio del Metro es que la movilidad del cuidado no puede seguir siendo secundaria. Cuidar exige tiempo, espacio, seguridad y reconocimiento. Y garantizar esos derechos no depende únicamente del ánimo de quienes comparten un vagón. Depende de que las políticas públicas asuman que la reproducción de la vida merece el mismo nivel de planificación que la productividad.
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