Opinión
Donald Trump y la normalización de la distopía mundial
El desafío que define el siglo XXI no es simplemente quién tiene el poder (incluso de los medios de comunicación) o maneja las tecnologías más poderosas.
John Simpson, editor de Asuntos Globales de la BBC, dijo hace unos días que nunca había visto un año tan preocupante como 2025, a pesar de toda su experiencia. Sus palabras reflejan una perspectiva histórica de alerta sobre la escalada de conflictos y la fragilidad de la paz, contrastando con el fin de la Guerra Fría, donde cada vez está más claro que estos tienen implicaciones geopolíticas de una importancia y amplitud sin precedentes
Blaise Metreweli, jefa del Servicio de Inteligencia de Reino Unido, concuerda con estas preocupaciones al decir que “actualmente operamos en un espacio entre la paz y la guerra. No se trata de un estado temporal ni de una evolución gradual e inevitable. Nuestro mundo se está reconstruyendo activamente, con profundas implicaciones para la seguridad nacional e internacional. Las instituciones diseñadas tras la II Guerra Mundial se ven cuestionadas. Se forman nuevos bloques e identidades y se reconfiguran alianzas. La competencia multipolar se ve en tensión con la cooperación multilateral”.
En medio de esta incertidumbre e inseguridad, donde se está experimentando también el aumento de regímenes con líderes iliberales negacionistas (principalmente de derecha) en diversos países, con graves efectos internos y externos (negación del cambio climático, erosión de la institucionalidad y valores democráticos, nacionalistas extremos), podemos decir que estamos viviendo en un momento de gran desesperanza, desconfianza e incertidumbre, uno lleno de normalizados conflictos deshumanizantes y desafíos multidimensionales complejos, sin la voluntad y herramientas adecuadas para enfrentarlos.
Haciendo un símil con los cambios conductuales ante un conflicto de la película La vergüenza de Ingmar Bergman, los países por miedo se están acostumbrando y/o transando valores primarios frente a diferentes aberraciones e indignidades internacionales como la usurpación por la fuerza de territorios de Ucrania por parte de Rusia, con la fatiga/desidia inicial de Europa y la OTAN (ahí esta Crimea 2014); el genocidio cometido por Israel en Gaza (se habla de 70 mil, pero podría multiplicarse por 5 o más) y la situación de inanición de su población (crimen colectivo lo llamó la relatora de la ONU, Francesca Albanesa, al estar esto amparado por EE.UU. y varios países europeos que le entregan armas y defienden a Netanyahu).
También, el olvidado conflicto en Sudán con 150 mil muertos y 12 millones de desplazados en 2 años; el secuestro de Maduro y su esposa y bombardeo en Venezuela (violando la soberanía) o de las “narcolanchas” en el Caribe para apropiarse del petróleo; el trato inhumanitario frente a las migraciones que están implementando muchos países centrales (los llaman “basura”); la ruptura unilateral de tratados y acuerdos de diverso tipo (ej., los económicos/arancelarios); las declaraciones falsas, de odio y amenazantes (México, Colombia, Panamá o Groenlandia) en función de intereses y/o una falsa seguridad.
Pareciera que el mundo que nació tras la II Guerra y se fortaleció civilizatoriamente con el fin de la Guerra Fría por el “encuentro” de mundos y la promoción de valores humanos enmarcados en el derecho internacional, por el disenso de sus miembros (principalmente de las potencias) y la expansión de los conflictos, se encamina más a uno que está dispuesto a sacrificar la libertad y los derechos humanos por la estabilidad y/o despreciar las normas, los acuerdos, el derecho internacional, la cooperación y el multilateralismo en función de intereses tribales/nacionales (ese realismo transaccional del que habla John Dewey).
Si bien la humanidad, como esperanza y dato fáctico, ha superado grandes crisis históricas como guerras mundiales o la Guerra Fría con su amenaza nuclear; cruentas guerras regionales (Vietnam, antigua Yugoslavia, Irak, Afganistán); crisis económicas (Depresión de 1929 o la crisis subprime de 2008); el ascenso de totalitarismos como el nazismo/fascismo o de brutales dictaduras; epidemias como la española, asiática, de Hong Kong, aviar, porcina, VIH/SIDA o COVID, entre otras; nunca hemos tenido más incertidumbre y desesperanza en el futuro por lo vertiginoso e impactante de los cambios que vivimos, todo en medio de una inefectividad de instituciones vitales para la seguridad y cooperación como la ONU, la OMC o la Corte Penal Internacional, en lo principal por los embates de ciertas potencias.
En este escenario, con un pensamiento transaccional regresivo, Donald Trump puede leerse como el principal síntoma (y un epítome) de la crisis del actual orden internacional. Su promesa de una utopía nacional con su “Make America Great Again – MAGA” (léase “seguridad”, “grandeza”, “soberanía”, “negocio”, “antiestablishment”) y sus abusadoras acciones unilaterales, mirado en términos dialécticos, están generando una distopía global marcada por la desconfianza, el debilitamiento del multilateralismo y del derecho internacional, la normalización del conflicto con “amigos” y adversarios y la erosión de esa verdad compartida (incluida la comprobadamente científica) que permite el entendimiento (hay autocracia de la opinión que deslegitima las voces de quienes carecen de cercanía o credenciales de poder).
El escritor Noah Smith, mirando la última Estrategia de Seguridad de EE.UU. y que marca un alejamiento dramático de los principios de la política exterior de las últimas décadas, dijo que a la derecha liderada por MAGA “no le importa intrínsecamente la democracia, ni los aliados, ni la OTAN, ni el proyecto europeo. Le importa la ‘civilización occidental’. A menos que Europa expulse en masa a los inmigrantes musulmanes y empiece a hablar de su herencia cristiana, es poco probable que el Partido Republicano levante una mano para ayudar a Europa con alguno de sus problemas”.
Pero más problemático es que hayan puesto en duda la soberanía nacional al decir que “no van a permitir que el hemisferio occidental sea usado como base de operaciones por adversarios, competidores o rivales” (Mike Waltz, embajador de EE.UU. ante la ONU). Hay un retorno a los liberales internacionalistas de fines de los 30.
Entonces, lo que aparece como solución para un país como EE.UU., está contribuyendo y dinamizando las tendencias que promueven un mundo más fragmentado, negacionista, inestable y regido por la lógica del miedo (claro que la emoción es más fácil de guiar y controlar) y del poder imperial (Trump abrió la caja de Pandora y China, Rusia y otros miran).
Al final, se está generando un laissez-faire radical en el mundo que genera confusión, desigualdad y desprotección, donde el más fuerte impone sus restringidos intereses (ej., imposición de aranceles unilaterales, amenazas a organismos internacionales y personas como Francesca Albanese o acciones reñidas con el derecho internacional) y los más débiles pagan los costos.
Este sentimiento negativo del “sálvese quien pueda” y que se universaliza tanto en las conversaciones de mesa como intelectuales, se ancla (explica en parte) en la contradicción dialéctica que está viviendo el mundo entre la utopía que marca el idealismo civilizatorio (esperanza de un futuro mejor con reglas, valores y acciones de cooperación) y una distopía (sociedad imaginaria negativa, opresiva, deshumanizada) que se impone al mostrar el devenir un realismo duro con acciones de poder sin precedente y aparentemente sin límites claros (“vamos a gobernar el país”). Con lo de Venezuela, Trump aclaró que la fuerza es el factor decisivo en cualquier relación y que el derecho solo vale si es útil a los poderosos.
La democratización de las tecnologías y de sus usos coadyuvan a este mundo más difuso y enigmático al acelerar el ritmo y la escala de cada amenaza y oportunidad. Y a medida que los Estados compiten por la supremacía tecnológica o que algunos algoritmos se vuelven tan poderosos como los Estados, esas herramientas hiperpersonalizadas no solo diluyen la relación simbiótica incertidumbre-esperanza, sino que también podrían convertirse en un nuevo vector de conflicto y control, como en las novelas Un mundo feliz, Fahrenheit 451 o 1984, es decir, en esa sociedad del totalitarismo, la vigilancia total, la manipulación del lenguaje y de la verdad, la pérdida de la libertad y el control del pensamiento, mucho de lo que se está viviendo en EE.UU. con las universidades, prensa, opositores, migrantes, etc.
Antaño la información fue una fuerza unificadora (generaba un sentido común), pero hoy se utiliza cada vez más como arma. La falsedad pronunciada por líderes populistas se propaga más rápido que los hechos y no solo está dividiendo a las comunidades y distorsionando la realidad, sino que también se está actuando sobre la base de ella. En esta era de la hiperconexión, vivimos aislados y los algoritmos alimentan nuestros prejuicios y fracturan nuestras plazas públicas (esas ágoras donde el conocimiento se vuelve “objetivo” cuando hablamos sobre él con otros, como diría Hannah Arendt).
Y a medida que la confianza se derrumba, también lo hace nuestro sentido compartido de la verdad: una de las mayores pérdidas que puede sufrir una sociedad es la autocracia de la opinión. Frente al poder que retira las decisiones del debate y el populismo que lo simula, Arendt propone otra cosa: una pluralidad genuina, hecha de voces que se exponen al juicio de los demás sin pretender la última palabra: construir un mundo común donde las distintas experiencias puedan confrontarse y sintetizarse.
El desafío que define el siglo XXI no es simplemente quién tiene el poder (incluso de los medios de comunicación) o maneja las tecnologías más poderosas. Estamos en presencia de una incertidumbre pasiva de los actores (una inacción) que lleva más a la resignación y sobrevivencia (a procrastinar), que también afecta nuestro sentido compartido de la verdad.
La posverdad no solo se alimenta de mentiras o verdades a medias, sino también de nuestra renuncia a pensar (primer acto de resistencia) y de actuar frente a la distopía. Por lo mismo, el mundo (la humanidad) y los liderazgos mundiales democráticos deben recobrar eso que los griegos llamaban parresia: el coraje de hablar con verdad ante “los monarcas” que no quiere escucharla. Nuestra libertad, nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestra humanidad dependen de ello.
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