Opinión
Educación pública: la gran relegada del desarrollo chileno
Chile no necesita una “educación emocional” (como reivindicó el ministro de Educación frente a los resultados PAES) que oculte su vacío académico, requiere una educación pública exigente, moderna y liberadora.
He visto con renovada amargura el nuevo gráfico de resultados de la PAES 2025, que vuelve a reflejar una dolorosa realidad: las brechas entre la educación pública y privada no solo persisten, sino que se consolidan. El éxito de algunos liceos Bicentenario públicos parece ser más bien la excepción que confirma la regla. La crisis estructural del sistema público de enseñanza ya no puede explicarse solo por el modelo heredado ni por la falta de recursos; lo más grave es la falta de voluntad política real para priorizar la educación como motor de desarrollo.
Durante los últimos gobiernos –de izquierda y de derecha– la educación ha sido tratada más como un campo de disputa simbólica que como una prioridad estratégica para el desarrollo, la cultura y, en buenas cuentas, para la calidad de vida de los chilenos nacidos en desventaja.
Mientras las cifras muestran que más del 60% de los estudiantes de tercero medio no comprende bien lo que lee, el debate público sigue anclado en la agenda de lo accesorio: ideologización curricular, disputas sobre género, reformas sin anclaje en las urgencias reales. El problema no es hablar de educación sexual ni de habilidades de convivencia y tolerancia, sino que esos temas han sido usados como desvío para evitar enfrentar lo esencial: el desplome de la calidad de la formación en lenguaje, lógica, matemática, ciencias y pensamiento crítico.
Hace años, un ministro dijo con torpeza (y resentimiento) que había que “bajar a los alumnos ricos de los patines”. No, no había que quitarle nada a nadie, había que subir al resto de los niños y jóvenes a los altos estándares de educación. El resultado es que hay quienes pueden pagan por calidad, por ambientes seguros, por oportunidades, mientras que la educación pública se vacía de estudiantes, de profesores con vocación, de exigencia y de horizonte.
Y peor aún, este deterioro general también se refleja en una dimensión preocupante que pocos quieren enfrentar con rigor: la violencia escolar. En muchos liceos públicos, los episodios de agresividad, deserción o pérdida del orden básico de convivencia han sido tolerados o relativizados desde una mirada condescendiente, como si fueran expresiones legítimas de rebeldía juvenil o manifestaciones culturales alternativas, indulgencia que ha tenido un alto precio.
El caso más elocuente es el del Instituto Nacional, cuna histórica de grandes figuras de la política, la ciencia y la educación chilena, y símbolo del esfuerzo republicano, hoy relegado al lugar 360 en el listado de resultados PAES. No es solo un dato más, es el signo vistoso de la deriva educacional de Chile.
Ahora bien, reivindicar una educación pública de alta calidad no se trata de mero idealismo, sino de exigir una estrategia nacional de amplio y largo respiro. Un país que no apuesta por su educación pública renuncia a su soberanía cultural, una soberanía distinta y cualitativamente superior. La falta de escuelas públicas con altos niveles pedagógicos no solo afecta el desarrollo individual, sino que erosiona las bases de una ciudadanía lúcida y participante del desarrollo global del país. Lo sabe cualquier nación que ha logrado desarrollarse sin claudicar ante el mercado en esta materia.
La izquierda, y en particular el socialismo chileno, deben asumir una autocrítica honesta. Históricamente, uno de sus grandes orgullos fue la educación, no como una política más, sino como una causa central. Fermín Vivaceta, los medios artesanos, las escuelas nocturnas obreras del siglo XIX, no luchaban solo por derechos laborales: luchaban por enseñar a leer, por formar ciudadanos críticos, por democratizar el saber.
¿Qué queda hoy de ese compromiso profundo con la educación del pueblo?
En su lugar, se ha cedido el terreno del conocimiento a una mezcla entre retórica punitiva contra el lucro y discursos edulcorados sobre la empatía y los afectos. Con ello la izquierda, por miedo a sonar autoritaria, ha renunciado a exigir excelencia académica, como si pedir buenos profesores, evaluaciones rigurosas, o fomentar la lectura desde los primeros años fuera algo elitista. No lo es, o no debería serlo.
Porque no basta con resistir al lucro ni con declarar confianza en las virtudes del Estado. Hay que construir alternativas, abogar por buenos contenidos, por pedagogías efectivas, por formación en filosofía y pensamiento lógico, por directores con autonomía, por redes de liceos públicos con excelencia. Es hora de que el socialismo democrático recupere su vocación docente, que vuelva a izar la bandera de la educación pública gratuita, exigente y formativa como columna vertebral del proyecto igualitario.
Chile no necesita una “educación emocional” (como reivindicó el ministro de Educación frente a los resultados PAES) que oculte su vacío académico, requiere una educación pública exigente, moderna y liberadora. Esa es la mejor respuesta a los privilegios de los ricos: construir desde abajo una escuela pública que no tenga nada que envidiarle a nadie, para evitar que sigan “naciendo flores ya marchitas”, una expresión de Giorgio Gaber en una de sus canciones.
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