Opinión
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El casting ministerial de Kast y la gestión simbólica del poder antes de asumir
El gabinete de Kast no solo será un equipo de gobierno: será la primera gran prueba de su capacidad para convertir la puesta en escena del poder en gobernabilidad efectiva. Porque en política, el poder no solo se ejerce; también se representa.
La singular presentación del gabinete de José Antonio Kast por goteo no es un error de coordinación ni un simple problema de tiempos. Es, más bien, un intento deliberado por marcar diferencias con sus antecesores y, sobre todo, por instalar una lógica propia de gestión simbólica del poder antes incluso de asumir formalmente el cargo. En política, la forma es fondo. Y en este caso, el proceso importa tanto como el resultado.
Este diseño se volvió especialmente visible en distintos hitos públicos. En un encuentro en Icare, Kast invitó al escenario a quien asoma como su próximo ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, cediéndole incluso el micrófono para responder preguntas clave ante el mundo empresarial. El gesto no fue casual: fue una señal explícita de respaldo, validación técnica y alineamiento programático frente a una audiencia estratégica. No se trató solo de mostrar un nombre, sino de ensayar autoridad económica antes del inicio del gobierno.
La lógica se repitió en otros espacios. En una visita a la Municipalidad de Santiago y luego al Mercado Central, Kast apareció acompañado de María Jesús Wulf, nombre que suena con fuerza para el Ministerio de Desarrollo Social. La escena buscó conectar gestión territorial, sensibilidad social y diseño ministerial, reforzando la idea de un equipo en formación que ya comienza a “pisar calle” antes de asumir. Nuevamente, el lugar y la compañía fueron parte del mensaje.
Algo similar ocurrió en la inauguración del Congreso del Futuro, donde el presidente electo asistió junto a Ximena Lincolao, posible futura ministra de Ciencia. La señal fue doble: por un lado, contenido sectorial y proyección programática; por otro, una escena cuidadosamente construida para comunicar diversidad, especialización y apertura. La política se juega también en estas imágenes.
Este modo de presentar ministros a cuenta gotas se está transformando en un sello del estilo Kast: hacerse acompañar en determinados eventos por figuras que suenan para carteras específicas, exponiéndolas gradualmente al escrutinio público. En el mismo encuentro en Icare, por ejemplo, también estuvieron presentes otros nombres que orbitan el diseño del futuro gabinete, como Mara Sedini y Claudio Alvarado. No se trata solo de mostrar equipos, sino de ensayar liderazgo, competencia y alineamiento antes del inicio formal del mandato.
Desde el punto de vista de la conformación de equipos, este “casting ministerial” parece responder menos a la improvisación que a una estrategia de testeo político. Instalar nombres en contextos controlados —reuniones con empresarios, actividades públicas acotadas, apariciones cuidadosamente dosificadas— permite medir reacciones del sistema político, del mercado y de la opinión pública antes de cerrar definiciones. El cálculo es racional: el costo de corregir antes del anuncio formal es siempre menor que el de rectificar una vez iniciado el gobierno.
Esta estrategia cumple, además, una función política adicional: marcar agenda y desplazar al Presidente en ejercicio. Mientras Gabriel Boric intenta recuperar visibilidad con una arremetida mediática en el tramo final de su mandato, Kast utiliza el proceso de conformación del gabinete como una herramienta de poder simbólico. No gobierna aún, pero ya compite por el control del relato público. En política, controlar el tiempo y la agenda es una forma anticipada de gobernar.
Sin embargo, toda estrategia simbólica conlleva riesgos. El principal es que el exceso de ambigüedad termine erosionando la señal de control y orden que un presidente electo necesita proyectar. En gobiernos entrantes, la incertidumbre prolongada se lee rápido como falta de cierre estratégico. El umbral entre testeo inteligente e indecisión percibida es estrecho: cuando el “goteo” se extiende demasiado, el método comienza a confundirse con vacilación.
La gestión simbólica del poder exige consistencia temporal. El relato debe avanzar hacia un punto de cierre claro. Kast parece apostar a que el beneficio de mostrar control del proceso superará el costo de la espera. La pregunta es si logrará cerrar con nitidez, reforzando la idea de liderazgo y dirección, o si el casting terminará diluyendo la señal que buscaba instalar.
El gabinete de Kast no solo será un equipo de gobierno: será la primera gran prueba de su capacidad para convertir la puesta en escena del poder en gobernabilidad efectiva. Porque en política, el poder no solo se ejerce; también se representa. Y en ese escenario, el casting importa tanto como los actores finalmente elegidos.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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