Opinión
Cimientos frágiles: la grieta invisible de la educación chilena
Cuando la universidad debe enseñar lo que no se aprendió en el colegio, el problema deja de ser académico y se vuelve estructural. La debilidad en la formación matemática básica impacta no solo el desempeño estudiantil, sino también la vida cotidiana, la movilidad social y la competitividad del país
Hay grietas que no se ven a simple vista, pero que terminan por comprometer toda una estructura. La educación es una de ellas. Cada año, miles de estudiantes ingresan a la universidad con entusiasmo, talento y expectativas legítimas de movilidad social. Sin embargo, muchos lo hacen sobre cimientos frágiles: una formación matemática elemental que no alcanzó a consolidarse en la educación escolar. La universidad, entonces, comienza a cumplir un rol que no le corresponde del todo: enseñar lo que debió aprenderse antes. No como excepción, sino como norma. Y cuando la excepción se normaliza, el problema deja de ser pedagógico y pasa a ser estructural.
Los recientes resultados de la PAES, que mostraron una caída preocupante en la prueba de Ciencias pese a los aumentos en otras áreas, no son una anécdota estadística. Son una señal de alerta sobre cómo estamos formando las habilidades fundamentales del país.
La debilidad en la formación matemática básica impacta no solo el desempeño estudiantil, sino también la vida cotidiana, la movilidad social y la competitividad del país.
Estamos aceptando, casi sin discusión, que estudiantes lleguen a la educación superior sin dominar operaciones básicas, sin comprender proporciones, sin poder interpretar un gráfico simple o estimar un orden de magnitud. El problema no es que no sepan resolver una ecuación de colegio. El verdadero peligro es más profundo y menos visible. Es que toman decisiones financieras personales sin herramientas para evaluarlas: créditos, tasas de interés, endeudamiento. Es que, en trabajos técnicos o profesionales, errores de cálculo aparentemente menores tienen costos reales, económicos y humanos. Es que se vuelven vulnerables a la desinformación construida con números: estadísticas manipuladas, porcentajes sacados de contexto, titulares que parecen científicos, pero no resisten el más mínimo análisis.
La matemática no es solo una asignatura; es un lenguaje para entender el mundo. Cuando ese lenguaje falta, la brecha de habilidades se amplía silenciosamente. Y con ella, se reduce la movilidad social, se limitan las trayectorias laborales y se profundiza la desigualdad. No todos parten del mismo lugar, y cuando el sistema educativo no logra asegurar competencias básicas comunes, termina reforzando exactamente lo que dice combatir.
Desde la universidad hacemos esfuerzos genuinos. Cursos de nivelación, tutorías y programas de acompañamiento académico buscan sostener a estudiantes que llegan con brechas evidentes en matemática y otras áreas fundamentales. Estas iniciativas cumplen un rol clave: evitan la deserción, acompañan trayectorias y contienen un sistema que, de otro modo, expulsaría talento. Pero no nos engañemos: son soluciones paliativas, verdaderos parches sobre una falla estructural. Y ningún edificio se sostiene eternamente a punta de parches. Estas brechas no solo afectan el rendimiento inicial, sino que se traducen en mayores tasas de reprobación, abandono y retrasos en la titulación, con costos personales, familiares y sociales que se arrastran por años.
Es hora de mirar a la raíz del problema y hacernos la pregunta incómoda: ¿dónde se está rompiendo la cadena de aprendizaje y por qué? ¿En la formación inicial docente? ¿En currículos sobrecargados y desconectados de la comprensión profunda? ¿En evaluaciones que miden cobertura y no razonamiento? ¿O en una cultura que transmite, casi con resignación, que “las matemáticas no son para todos”, como si esa idea no fuera una renuncia colectiva? Reconocer esta falla no es buscar culpables, sino la condición mínima para comenzar a corregirla.
La competitividad de un país se juega en la capacidad de su población para razonar, estimar, comparar y decidir; se juega, en definitiva, en la vida cotidiana. Si seguimos normalizando que llegar mal preparados a la universidad es parte del sistema, estamos aceptando una grieta: estamos aprendiendo a convivir con ella. Y tarde o temprano, cuando el edificio falle, ya no podremos decir que no vimos las señales. La pregunta ya no es si podemos seguir parchando. La pregunta es si estamos dispuestos, de una vez, a reconstruir los cimientos antes de que sea demasiado tarde.
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