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El Mapocho es un humedal urbano. La pregunta es ¿Qué hacemos ahora con él? Opinión

El Mapocho es un humedal urbano. La pregunta es ¿Qué hacemos ahora con él?

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Ricardo Salazar González
Por : Ricardo Salazar González Profesor Asociado PUC Investigador Asociado SERC Chile
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Este extenso humedal urbano, podría transformarse en un laboratorio de adaptación climática: reúso seguro de aguas, restauración de riberas, recarga de acuíferos, soluciones basadas en la naturaleza y tecnologías descentralizadas. La ley lo permite. La ciencia existe.


La reciente declaratoria del río Mapocho como humedal urbano marca un hito relevante para 16 comunas que van desde Lo Barnechea hasta El Monte, siendo el principal corredor biológico de Santiago. No se trata solo de un reconocimiento simbólico. Por primera vez, el principal eje fluvial de la capital queda protegido bajo la Ley de Humedales Urbanos, incorporando criterios ambientales obligatorios para su planificación, uso y resguardo. En un contexto de crisis climática, pérdida de biodiversidad y estrés hídrico persistente, la decisión es correcta y oportuna. Pero trae consigo una gran responsabilidad. Se debe gestionar efectivamente. Y es ahí donde se abre el verdadero debate.

El Mapocho ha sido, durante décadas, un símbolo de degradación primero y de recuperación sanitaria después. Su limpieza permitió devolver biodiversidad, mejorar el espacio público y reconciliar a la ciudad con su río. Hoy, la categoría de humedal urbano eleva esa relación a un nuevo estándar al reconocerlo como ecosistema vivo, corredor biológico y pieza clave en la resiliencia urbana. Sin embargo, declarar un humedal no lo protege automáticamente. La experiencia nacional e internacional muestra que el riesgo de estas figuras es convertirse en buenas noticias sin continuidad, si no se acompañan de planificación, financiamiento, fiscalización y coordinación institucional. 

El primer desafío es evitar una gestión fragmentada. Este humedal, atraviesa 16 comunas, cada una con realidades, prioridades y capacidades distintas. Si la protección se traduce en 16 ordenanzas inconexas, el resultado será débil. Un ecosistema continuo no puede gestionarse como un mosaico administrativo. Se requiere una mirada metropolitana, con criterios comunes y objetivos compartidos. El segundo desafío es incorporar conocimiento científico de manera sistemática. Hoy, el Mapocho no cuenta con un monitoreo permanente de contaminantes emergentes como antibióticos, hormonas, microplásticos o PFAS, pese a que estos compuestos ya forman parte de la agenda regulatoria internacional. Proteger un humedal sin saber qué circula por él, es una forma sofisticada de administrar incertidumbre. Sin datos, no hay prevención. Y sin prevención, la protección es frágil. El tercer desafío es no aislar al Mapocho de su cuenca. El río es humedal urbano, sí, pero depende completamente del sistema hídrico del Maipo, una cuenca sometida a presiones crecientes por cambio climático, usos productivos, expansión urbana y conflictos por el agua. No existe un humedal sano en una cuenca enferma. Resguardar su biodiversidad y servicios ecosistémicos, exige mirar aguas arriba y entender que la seguridad hídrica de Santiago y sus alrededores, no se resuelve únicamente en su tramo urbano. A esto sumaría un cuarto elemento clave. Se debe usar estratégicamente esta declaratoria para avanzar hacia una gestión moderna del agua. 

Este extenso humedal urbano, podría transformarse en un laboratorio de adaptación climática: reúso seguro de aguas, restauración de riberas, recarga de acuíferos, soluciones basadas en la naturaleza y tecnologías descentralizadas. La ley lo permite. La ciencia existe. Lo que falta es decisión política sostenida.

La autoridad ambiental ha señalado con razón que “la tarea recién comienza”. Esa frase no debe quedar como una declaración de buena voluntad. Debe traducirse en presupuestos, programas, indicadores y responsabilidades claras. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una figura avanzada en el papel, pero limitada en la práctica.

La declaratoria del Mapocho como humedal urbano es una oportunidad histórica. No solo para preservar un río, sino para cambiar la forma en que los usuarios gestionan su relación con el agua. Aprovecharla o desperdiciarla dependerá de si somos capaces de pasar del símbolo a la política pública, de la celebración a la gestión mancomunada, y de la foto, a poner en práctica la figura legal otorgada.

Porque, preservar el Mapocho no es meramente cuidar y contemplar un paisaje urbano.
es decidir, de una vez, si estamos preparados social y administrativamente, para gobernar el agua en tiempos de crisis hídrica.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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