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La Doctrina Monroe y su utilización por parte de los gobiernos de EE.UU. del último siglo Opinión

La Doctrina Monroe y su utilización por parte de los gobiernos de EE.UU. del último siglo

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Alfonso Díaz Aguad
Por : Alfonso Díaz Aguad Doctor en Historia Director del Doctorado en Historia de la Universidad de Tarapacá
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La Doctrina Monroe surge del discurso del presidente James Monroe al Congreso estadounidense realizado el 2 de diciembre de 1823.


Producto de los hechos acontecidos en las últimas semanas en Venezuela, muchos analistas a nivel nacional como internacional han mencionado frecuentemente que esto sería producto de la permanencia en la política exterior estadounidense de la denominada Doctrina Monroe. En este contexto, se hace fundamental conocer los textos originales de las palabras del presidente estadounidense, en qué circunstancias las dijo y, en resumen, a qué apuntaba con estas.

Es muy importante el denominado “contexto histórico”, que en cierta medida permite explicar las palabras y los hechos de un determinado periodo y que, lamentablemente, muchas veces se utilizan como justificación para otros.

La Doctrina Monroe surge del discurso del presidente James Monroe al Congreso estadounidense realizado el 2 de diciembre de 1823 y en el que afirmaba “como un principio que afecta a los derechos e intereses de Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización futura por ninguna potencia europea”. Y agregaba: “Debemos declarar que consideraremos cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”.

De estas y otras afirmaciones planteadas por el presidente de EE.UU. surge la famosa frase América para los americanos. El contexto histórico en el que son planteadas estas palabras son los años posteriores a los del Congreso de Viena de 1815, en el que Napoleón Bonaparte es vencido y las potencias de la restauración son las que dominan el mundo; Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra, en todas ellas, a excepción de la última, gobernaban monarquías absolutas.

En este contexto, sin duda que existía un temor en EE.UU., donde se había implementado un sistema de democracia liberal, de que las potencias europeas como España y Portugal volvieran a recuperar sus antiguas colonias, lo cual sería claramente una amenaza para la existencia de su nación.        

En las décadas posteriores, Estados Unidos va a iniciar su expansión hacia el sur y en las Guerras con México (1846-1848) obtendrá, entre otros, los territorios de Nuevo México, California y Texas, es decir, se va a expandir sobre los territorios fronterizos, lo que va a convertirlo en una potencia continental y mundial.  

A fines del siglo XIX, EE.UU. llevó a cabo una guerra que iba más allá de sus fronteras, pero aún dentro del continente americano: la guerra contra España (1898), que aún conservaba las colonias de Puerto Rico y Cuba.

El triunfo de Estados Unidos va a tener como resultado que la influencia de este país va a ser cada vez mayor en el continente americano, lo cual se va a acrecentar pocos años después, en 1901, con la llegada al poder de Theodore Roosevelt y su política del garrote, que va a generar intervenciones en Nicaragua, Venezuela, República Dominicana y Panamá, fomentando la independencia de esta última de Colombia, para posteriormente construir el Canal de Panamá.

Podríamos afirmar que con este presidente se da el giro a la idea original de la Doctrina Monroe de 80 años antes, que buscaba una defensa hemisférica frente a la amenaza de las potencias monárquicas europeas, para transformarse en una defensa de los intereses de EE.UU. en beneficio de sus propios fines estratégicos, lo cual se va a mantener en el siglo XX, intensificándose en el período de la Guerra Fría y en su rol de potencia mundial.    

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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