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Las delirantes mil y una noches de Gabriel Boric Opinión AgenciaUno

Las delirantes mil y una noches de Gabriel Boric

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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El lector atento debe sospechar si acaso lo decisivo no quedó en la cantidad, sino en lo que no se dijo, en lo que se ocultó. La sospecha es inevitable: ¿se trató de una transformación efectiva de la realidad o de la frívola prolongación de una palabrería que esquiva el fracaso?


Hay títulos que evocan lo que sus autores no buscan. Cuando el gobierno anunció Los mil avances, fue difícil no pensar en los cuentos de Las mil y una noches. El desbocado balance del Presidente Boric se acerca a la fantasía del clásico libro de relatos.

¿Podríamos estar ante delirios diurnos de grandeza de Boric, especies de compensaciones de sus previos delirios nocturnos de persecución?

Insístase en esto: ¡mil avances!

Luce haber derecho a preguntar por los delirios.

El desembozo del listado quizá dejó algún “avance” extraviado. Cabría pensar en mil y un avances, y Boric y Sherezade quedan igualados.

La extravagante suma equivale a casi 0,7 avances por día de gobierno. Poco menos de uno por jornada. Actividad frenética, sin fines de semana, feriados ni pausas. Una máquina de logros funcionando sin descanso. Un gobierno hiperactivo, capaz de producir éxitos como en cadenas de montaje. John Ford palidecería ante semejante exhibición productiva.

Pero la fantasiosa profusión tiene un efecto paradójico: si casi todo es sumado como avance, nada es avance. Van al mismo saco decisiones de largo alcance y ajustes menores; transformaciones estructurales y anuncios epidérmicos; medidas tomadas por Boric, otras por la oposición, sin rigor, sin honestidad. El resultado no es un sentido político, sino saturación. El inverosímil número no ordena la experiencia: la abruma.

Entre los principales “avances” figuran:

– Reforma de pensiones, ¡fruto del acuerdo con las derechas!

– Fortalecimiento de las policías, ¡pese a años de ataque y denuesto a ellas por el FA!

– Reducción de listas de espera en salud, ¡cuando pacientes con enfermedades graves mueren —sí, mueren— aguardando atención!

-Trenes para Chile, sin que Chile haya sido unido por rieles ni aparezca el prometido tren rápido.

-Control de la inflación, lo que es mérito principal del Banco Central y del fin del shock pandémico.

Mientras la contabilidad se alarga, crecen los silencios: sobre el fracaso del proceso constituyente, el agotamiento de diálogos destinados a recomponer confianzas, el daño provocado por el discurso moralizante, que decreta “inaceptable” a quien ose dudar de “la verdad” —encarnado por el infame Jackson, del purismo moral y el episodio abyecto de las fundaciones y los computadores—, y por Atria, “profeta de cátedra” y adoctrinador de efebos; así como el deterioro infligido por Boric e Isabel, la codiciosa hija, al legado de su padre Allende, con la venta irregular de su casa a sumas siderales.

Cuando la política pierde sentido se refugia en la cifra, encubre lo esencial. Un balance de mil o mil y un avances oculta ausencia de conducción y carencia de visión nacional.

El presidente abandona la conducción y se repliega en domésticos arrebatos de pequeño-burgués: Familia —inclusa la hija exhibida hasta el hartazgo—, Propiedad Privada —¡la casa propia!— y Estado, botín de captura y asunto de impotente jerigonza decontructivista. ¡Las tres instituciones denunciadas por Engels devinieron sus fetiches!

Los mil avances, cual las mil y una noches, prometen algo nuevo. Pero el lector atento debe sospechar si acaso lo decisivo no quedó en la cantidad, sino en lo que no se dijo, en lo que se ocultó. La sospecha es inevitable: ¿se trató de una transformación efectiva de la realidad o de la frívola prolongación de una palabrería que esquiva el fracaso?

La respuesta no cabe en ninguna enumeración interminable.

Está, más bien, ya, en aquello que no entró en la lista.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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