Opinión
Cuando el legado (presidencial) se torna obsesión
Quizás la verdadera sabiduría presidencial no esté en diseñar un monumento al ego, sino en aceptar que el poder es transitorio.
En el Chile republicano, la idea del “legado” solía ser un veredicto del tiempo, no una campaña de marketing. Figuras como Pedro Aguirre Cerda y su impulso educativo, o Eduardo Frei Montalva con la Reforma Agraria, dejaron marcas que hoy leemos con la nitidez de un relieve en piedra. Sin embargo, en las últimas décadas, el concepto ha mutado. Ya no se espera a que la historia hable; los presidentes parecen urgidos por escribir su propio epitafio político antes de entregar la banda.
Esta metamorfosis tiene un origen claro, que es la alternancia en el poder. En un sistema de cuatro años sin reelección inmediata, el inquilino de La Moneda siente el aliento del sucesor —muchas veces un adversario— en la nuca. Como bien señala el cientista político Juan Pablo Luna, la fragmentación y la falta de raíces de los proyectos políticos actuales hacen que los presidentes gobiernen para la encuesta inmediata, buscando hitos que sobrevivan al vendaval del cambio de bando. El legado se vuelve así un escudo contra el olvido o la demolición de la obra propia.
Para algunos mandatarios, esa herencia es nítida e incluso tangible. Se puede ver en la infraestructura, en una ley transformadora o en la gestión de una crisis (pensemos en el rescate de los mineros o la vacunación). En otros casos, el legado es una neblina; hay que escarbar en los archivos para encontrar una visión que trascienda la mera administración del Estado. Cuando no hay un relato épico, el legado se reduce a un inventario de cifras que pocos recuerdan al mes de dejar el cargo.
La obsesión actual radica en que el legado se ha convertido en la única moneda de cambio para la posteridad en un mundo de gratificación instantánea. El miedo no es solo a gobernar mal, sino a ser “irrelevante”. En esa desesperación, se confunde a veces la política pública con la pirotecnia comunicacional. Se busca la foto que capture la esencia de un gobierno, olvidando que los legados más sólidos son aquellos que la ciudadanía abraza como propios, independientemente de quién firmó el decreto.
Paradójicamente, mientras más se busca el legado, más esquivo se vuelve. La historia es caprichosa y suele rescatar gestos que en su momento parecieron menores, mientras deja caer en el olvido grandes reformas que no conectaron con el alma nacional. Al final del día, el legado no es lo que el presidente dice que deja, sino aquello que sobrevive al primer invierno de su sucesor.
Quizás la verdadera sabiduría presidencial no esté en diseñar un monumento al ego, sino en aceptar que el poder es transitorio. El mejor legado es una institución fortalecida o una sociedad un poco más justa que la que se recibió. Como en la vida misma, la huella más profunda no es la que se pisa con fuerza, sino la que permite que otros sigan caminando.
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