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Pensar Venezuela desde la emoción y la razón Opinión

Pensar Venezuela desde la emoción y la razón

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María Gabriela Márquez
Por : María Gabriela Márquez magíster en Ciencia Política U de Chile
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El fin de Maduro y la intervención de Estados Unidos no resuelven por sí solos los desafíos estructurales que enfrenta Venezuela: la reconstrucción institucional, la profunda fragmentación social, la economía colapsada y una cultura política marcada por el personalismo.


En los últimos días, la arena internacional ha estado marcada por acontecimientos que han tenido un impacto directo y profundo en Venezuela. Como venezolana, migrante y politóloga, referirse a lo ocurrido no es sencillo: las emociones afloran inevitablemente al leer y escuchar las noticias. Más aún, observar este proceso desde el exterior intensifica la tensión.

La alegría que emerge frente a la captura de una figura asociada a un régimen autoritario es comprensible y legítima en el plano inmediato; se trata de una reacción política situada, anclada en años de desgaste y abuso. Sin embargo, resulta fundamental no relegar la racionalidad. Reconocer la tensión entre emoción y análisis no implica debilidad, sino responsabilidad.

Esa emoción no puede sustituir el juicio normativo ni la evaluación de las consecuencias políticas que se abren tras este quiebre. Celebrar el fin de una figura no equivale, necesariamente, a aprobar los mecanismos que condujeron a ese desenlace, puesto que no solo implica pensar en el “castigo” que tendrá el régimen chavista, sino también considerar la incertidumbre por la que los venezolanos estarán pasando por los próximos meses, donde la rutina (dentro del caos y el surrealismo en el cual estaba sumido el país) había encontrado algo de espacio. 

La pregunta central, entonces, no es solo qué terminó, sino qué tipo de orden político puede emerger a partir de este quiebre.  

Una intervención externa, aun cuando debilite un régimen autoritario, plantea serios problemas de soberanía, legalidad internacional y precedentes normativos (aunque parezca muy repetitivo a esta altura). El riesgo, en este sentido, no es solo moral, sino profundamente político: cuando la salida de un régimen se apoya en mecanismos externos, la promesa de libertad puede verse desplazada por relaciones de dependencia y nuevas formas de tutela.

Es bien sabido que las intervenciones de Estados Unidos en distintos escenarios internacionales han respondido históricamente a intereses propios, y el caso venezolano no será una excepción, ya que ha sido el mismo Donald Trump quien ha señalado que su gobierno se encargaría de las operaciones del país y de la recuperación de su petróleo.

Al mismo tiempo, resulta llamativo observar cómo parte de la diáspora y de la opinión pública celebra desde consignas como “que se lo lleven todo” o “ya no importa nada”. Este tipo de afirmaciones, comprensibles desde la rabia acumulada, pueden ser delicadas en un momento de profunda incertidumbre, al impedir una reflexión más amplia sobre las condiciones necesarias para una democracia real. Más aún, cuando esa celebración tiende a glorificar nuevas figuras que reproducen lógicas de intimidación y abuso. Alentar este tipo de discursos contribuye a perpetuar el ciclo vicioso que ha marcado históricamente a la política venezolana, donde el personalismo ha sido reiteradamente confundido con orden o salvación.

La historia venezolana demuestra que el colapso de la democracia no ha sido un accidente ni un evento repentino, sino el resultado de procesos acumulativos. A lo largo del siglo XX, distintos momentos de ruptura —desde el Trienio Adeco (1945–1948), abruptamente interrumpido por un golpe militar; pasando por el ciclo inaugurado tras la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958 y el posterior agotamiento del modelo puntofijista; hasta el quiebre social que representó el Caracazo— fueron erosionando progresivamente la legitimidad del sistema político; abonando el terreno para la llegada de proyectos refundacionales y liderazgos populistas.

Los ciclos de esperanza y frustración se han repetido con distintos rostros, pero con patrones similares. La diferencia del escenario actual es la presencia explícita de un actor extranjero, lo que complejiza aún más los dilemas de legitimidad y reconstrucción democrática.

Los quiebres, por sí solos, no garantizan transformaciones democráticas. Cuando la salida de un régimen se apoya solo en la lógica del enemigo derrotado o en la expectativa de una salvación externa, el riesgo es repetir viejas dinámicas bajo nuevos discursos. Lo que nos advierte es que sustituir una figura sin transformar las condiciones estructurales y culturales del poder suele conducir a nuevas formas de dominación.

Por lo tanto, el orden político que pueda surgir tras este quiebre será, sin duda, complejo. Todo indica que algunas figuras vinculadas al régimen chavista continuarán ocupando espacios de poder, aunque probablemente con un protagonismo menor al que han tenido durante los últimos años. Tal como nos indica la literatura de procesos de transición, mientras sigan existiendo reglas y procedimientos institucionales, estos suelen permanecer bajo el control de quienes ejercían el poder autoritario.  En este escenario, es posible que se configure una transición, encabezada por la actual presidenta interina, Delcy Rodríguez.

Es importante dejar claro que se reconocen los graves abusos y atrocidades cometidas por la dictadura de Nicolás Maduro y que las ideas plasmadas aquí no implican, en ningún caso, respaldar su figura ni su régimen. Por el contrario, esta reflexión busca ir más allá del binarismo que ha estado estructurando la política venezolana en los últimos tiempos (“dictador vs. salvador”; “oligarquía vs. pueblo”) y que reduce la complejidad política a una lógica de bandos irreconciliables. 

A lo que quiero llegar con lo anterior es que, como venezolanos, es importante aprender de lo que nos ha pasado durante toda nuestra historia y darnos cuenta de la importancia que hay detrás de la construcción de una institucionalidad sólida, donde no haya cabida ni para desestabilizadores internos ni mucho menos externos.

El fin de Maduro y la intervención de Estados Unidos no resuelven por sí solos los desafíos estructurales que enfrenta Venezuela: la reconstrucción institucional, la profunda fragmentación social, la economía colapsada y una cultura política marcada por el personalismo. El verdadero desafío para Venezuela es evitar que la salida de la dictadura reproduzca nuevas formas de dependencia, exclusión o tutela externa a futuro, para así evitar que la esperanza vuelva a convertirse en frustración estructural.

Pensar críticamente este momento no significa negar la esperanza, sino asumirla con responsabilidad histórica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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