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La niebla de la guerra Opinión Archivo

La niebla de la guerra

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Marcos López Oneto
Por : Marcos López Oneto Abogado, Doctor en Derecho, team resercher Center for AI and Digital Policy
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En esta niebla dentro de la niebla la guerra ya no se declara: se administra. No tiene frentes claros, pero sí múltiples arenas de confrontación. Clausewitz advertía que la niebla nunca desaparece; solo cambia de forma. Hoy, esa forma es híbrida, difusa y profundamente política.


La “niebla de la guerra”, concepto introducido por Carl von Clausewitz en De la guerra, alude a la incertidumbre estructural que domina todo conflicto: información incompleta, percepciones erradas, decisiones adoptadas bajo presión y sin plena conciencia de sus efectos. Dos siglos después, esa niebla ya no cubre solo los campos de batalla tradicionales. Se ha convertido en el estado permanente de la geopolítica contemporánea.

Desde la extracción de Nicolás Maduro, el sistema internacional parece operar inmerso en una niebla estratégica donde hechos, narrativas y operaciones se superponen.

Venezuela no es un episodio aislado, sino parte de una estrategia soberanista de Estados Unidos, orientada a reafirmar su primacía hemisférica en un contexto en que su poder global se ve crecientemente desafiado por China y Rusia. No se trata solo de un cambio de régimen, sino de una señal geopolítica: Washington sigue dispuesto a ejercer poder duro en su área de influencia, incluso cuando su hegemonía es cuestionada en otros teatros.

Este escenario ilustra con claridad una guerra híbrida, entendida como una guerra dentro de la guerra, un conflicto que no se libra mediante enfrentamientos directos entre superpotencias —constreñidas aún por la lógica de la destrucción mutua asegurada—, sino a través de múltiples campos de batalla simultáneos: el digital, el comunicacional, el económico-financiero, la presión diplomática y las operaciones especiales. El objetivo no es la aniquilación del adversario, sino su desgaste sistémico y la erosión progresiva de su legitimidad.

En este marco se inscribe la tensión estructural entre globalistas y soberanistas, eje central del desorden actual. No es una disputa meramente ideológica, sino una lucha por quién define las reglas del sistema internacional: si los Estados nacionales, afirmando soberanía y control estratégico, o una arquitectura transnacional de mercados, instituciones financieras y élites tecnocráticas.

El Foro Económico Mundial de Davos ofreció una escena particularmente elocuente de este enfrentamiento. Allí, el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, cuestionó abiertamente los efectos de la globalización.

En contraste, la posición globalista fue encarnada por Mark Carney, primer ministro canadiense y figura emblemática del globalismo financiero, exgobernador del Banco Central de Canadá y del Banco de Inglaterra, cuya trayectoria sintetiza la lógica de la gobernanza económica transnacional. Más que un debate coyuntural, fue un duelo sistémico entre dos concepciones antagónicas del orden mundial.

En esta niebla dentro de la niebla la guerra ya no se declara: se administra. No tiene frentes claros, pero sí múltiples arenas de confrontación. Clausewitz advertía que la niebla nunca desaparece; solo cambia de forma. Hoy, esa forma es híbrida, difusa y profundamente política. Comprenderla es una condición básica para no quedar atrapados en ella.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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