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El deber del Gobierno de J. A. Kast de devolver el respeto al arte público (segunda parte) Opinión El Mostrador

El deber del Gobierno de J. A. Kast de devolver el respeto al arte público (segunda parte)

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¿Habría estallado sobre el centro de Santiago tanta furia nihilista y odio destructivo si hubiese sido una ciudad hermosa, con calles y veredas amplias, parques generosos y arte de calidad, un paisaje capaz de elevar el espíritu, suscitar contemplación y despertar sensaciones conmovedoras?


En una columna previa nos referimos al significado del patrimonio artístico —base primigenia de una existencia común que reconcilie al ciudadano con su ciudad y sus semejantes— y al deterioro y abandono en el que se halla. ¿Cómo avanzar?

La institucionalidad cultural está exhausta. Organismos vetustos —la obsoleta “Comisión Antúnez”, el Fondart, entre otros— son cómplices del deterioro del patrimonio arquitectónico, escultórico y artístico nacional.

Por décadas, varios gremios artísticos han operado como “carteles”, mientras ciertas vanguardias inclasificables actúan con la pretendida legitimidad de haber ganado la “batalla cultural” de Gramsci. El resultado es evidente: privilegios en la asignación de millonarios fondos y adjudicaciones directas concentradas en un pequeño círculo. Nepotismo, clasismo y exclusión de quienes no tienen redes.

Se ha consolidado, especialmente en las artes escénicas, una verdadera “casta” de dinastías familiares que repite apellidos y favorece, sin pudor, a parientes y compinches de clase o ideología, por sobre el talento de jóvenes provenientes del mundo popular.

Es urgente instaurar un nuevo sistema de asignación de recursos: riguroso, transparente e independiente de las redes de poder atornilladas por décadas en instituciones culturales decrépitas.

Los fondos deben garantizar que las obras cumplan, como mínimo, con lo esencial del arte público: no satisfacer gustos exquisitos; tampoco el solaz en jerigonzas académicas pedantes e ininteligibles, sino fortalecer la producción de obras intrínsecamente valiosas. Arte es transformar la existencia con obras, literarias, escultóricas, arquitectónicas, etc. No, en cambio “hablar” de arte, especialmente en el lenguaje pseudo-decontructivista que se escuda en su jerga para esconder su esterilidad e impotencia creativa.

El arte público ha de expresar emociones profundas y compartidas; aspirar a lo bello y lo sublime, conmoviendo y remitiendo a la comunidad hacia lo numinoso, al misterio y a las honduras del espíritu.

Urge terminar con el financiamiento de adefesios reiterados por los mismos de siempre, adheridos como ventosas a una maquinaria político-cultural cooptada. Hay que barrer con las producciones estrambóticas que, aun cumpliendo bases de moda, generadas por organismos capturados, agreden a comunidades reales e introducen franca contaminación visual en el espacio público.

Las comunidades no son ratas de laboratorio de los presuntos artistas.

Es imperioso, además, invertir en protección, seguridad y preservación del patrimonio urbano antes de que se pierda irremediablemente, como ya ha ocurrido en varias ciudades.

Alcances del arte: en el arte y más allá del arte

Estimado lector: países tan diversos como España, Alemania o México, muestran que cultura y arte pueden convertirse en catapulta al desarrollo nacional. Ello ocurre cuando hay un patrimonio orgánicamente dispuesto y cuidadosamente preservado. El vínculo virtuoso de arte y ciudad es siempre estético, pero nunca solo estético: se proyecta más allá, irradia efectos concretos sobre la habitación, el transporte y el paseo, el comercio, el turismo.

Hay un plano afectivo de las artes, difícilmente cuantificable, pero decisivo. La adhesión y el amor de los ciudadanos por los entornos que habitan moldean sus conductas cotidianas. Espacios hermosos, bien pensados, remitiendo tanto a las alturas como a las profundidades de la existencia, facilitando el encuentro de los vecinos, tienden a generar ciudadanías comprometidas con el cuidado de lo común. De aquellos encuentros cotidianos puede nacer, con el tiempo, verdadero afecto cívico.

Al contrario: entornos sucios, deteriorados, feos, invadidos por el vagabundaje y el vandalismo, favorecen el descuido, el daño, las actitudes insociales, la desintegración, la desconfianza.

Ya Aristóteles afirmaba que la política es arte. Y el arte es siempre político. Lo entendieron los grandes estadistas: de Pericles a Julio César; los monarcas que impulsaron las grandes catedrales a los príncipes de Florencia, Venecia, Siena; de Federico el Grande a Napoleón.

También en Chile hay ejemplos elocuentes: Carlos Ibáñez del Campo, con su barrio cívico y el paseo Bulnes; los gobernadores españoles, bajo los cuales se levantaron el palacio Toesca o el puente Cal y Canto; los presidentes republicanos que dieron forma a los puentes ferroviarios, al cerro Santa Lucía, a parques y plazas que aún dan vida a Santiago.

El arte es un asunto de la más alta importancia política.

Hágase el lector esta pregunta: ¿Habría estallado sobre el centro de Santiago tanta furia nihilista y odio destructivo si hubiese sido una ciudad hermosa, con calles y veredas amplias, parques generosos y arte de calidad, un paisaje capaz de elevar el espíritu, suscitar contemplación y despertar sensaciones conmovedoras?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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