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La muerte del último tratado nuclear entre Estados Unidos y Rusia Opinión Archivo

La muerte del último tratado nuclear entre Estados Unidos y Rusia

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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Este 5 de febrero de 2026 puede no marcar el inicio de una nueva carrera nuclear abierta, pero sí sellará el final de una era en la que, incluso entre enemigos, existía la convicción de que algunas armas necesitaban límites.


Mientras la agenda internacional se concentra en guerras imparables, elecciones polarizadas y crisis económicas, una fecha clave avanza casi en silencio en los calendarios diplomáticos. Este 5 de febrero expira el tratado Nuevo START (también conocido como START III), el último acuerdo vigente que limita los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia. Si no hay un reemplazo -y hoy no existen negociaciones formales en curso- el mundo quedará, por primera vez desde 1972, sin ningún marco bilateral que regule las armas nucleares más destructivas del planeta.

Firmado en abril de 2010 por Barack Obama y el entonces presidente ruso Dmitri Medvédev, el Nuevo START fue concebido como un acuerdo técnico y pragmático. Estableció límites claros y verificables: un máximo de 1.550 ojivas nucleares desplegadas y 700 vectores estratégicos, junto con un sistema de inspecciones presenciales y notificación de movimientos. No buscaba eliminar arsenales, sino reducir riesgos. En lenguaje diplomático, este acuerdo ofrecía previsibilidad. Y en términos políticos, compraba tiempo.

Ese tiempo se acabó en febrero de 2021, ya bajo la administración de Joe Biden, de modo que Washington y Moscú acordaron una prórroga de cinco años, la única permitida por el tratado.

Sin embargo, el deterioro de la relación bilateral avanzó más rápido que el calendario. Y en febrero de 2023, en plena invasión a Ucrania, Rusia anunció la “suspensión” de su participación en el Nuevo START, congelando las inspecciones y los mecanismos de transparencia. Aunque el Kremlin evitó una retirada formal, el mensaje fue claro: el control de armas había dejado de ser una prioridad estratégica.

Desde entonces, el tratado ha seguido existiendo más como referencia legal que como herramienta efectiva. Las inspecciones no se reanudaron, los intercambios de datos se volvieron parciales y la confianza -el insumo central de cualquier régimen de control- se evaporó. Y a solo horas de su vencimiento, no hay señales de conversaciones sustantivas para reemplazarlo.

El problema no es solo jurídico. Es estructural. Durante medio siglo, incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética (y luego Rusia) mantuvieron algún tipo de marco para administrar su rivalidad nuclear. El Tratado ABM, los acuerdos START I y II, el INF y otros mecanismos crearon una cultura de límites. Ahora, todo eso se acabó.

Ambas potencias avanzan en ambiciosos programas de modernización. Estados Unidos reemplaza sus misiles intercontinentales Minuteman III, renueva su flota de submarinos estratégicos y apuesta por una nueva generación de bombarderos estratégicos. Rusia, en paralelo, despliega misiles de nueva generación y sistemas hipersónicos presentados como respuesta al cerco occidental. Sin límites verificables, la línea entre modernización y expansión se volverá difusa.

A este escenario se suma un factor que altera por completo la ecuación. China no es parte de ningún tratado de control nuclear comparable y acelera la expansión de su arsenal estratégico. Washington insiste en que cualquier nuevo acuerdo debe ser trilateral. Moscú apoya la idea, aunque sin incentivos claros. Mientras que China, en cambio, se niega a entrar en un esquema que considera diseñado por y para potencias con arsenales muy superiores. En ese contexto, el resultado es un bloqueo total.

En términos prácticos, el fin del Nuevo START no implica una guerra nuclear inmediata. Pero sí inaugura una etapa más peligrosa: menos información compartida, menos canales de verificación y mayor margen para errores de cálculo. En un contexto de crisis simultáneas (Ucrania, el Ártico y el Indo-Pacífico, entre otros), la ausencia de reglas aumenta el riesgo de escaladas involuntarias.

Lo más llamativo es el silencio. No hay cumbres de emergencia ni comunicados solemnes. La expiración del último tratado nuclear avanza sin ocupar titulares ni debates públicos relevantes. Tal vez porque sus efectos no son inmediatos o porque el control de armas ya no genera réditos políticos internos. A pesar de eso, la historia suele cobrar estas omisiones con intereses.

Este 5 de febrero de 2026 puede no marcar el inicio de una nueva carrera nuclear abierta, pero sí sellará el final de una era en la que, incluso entre enemigos, existía la convicción de que algunas armas necesitaban límites. En un mundo cada vez más fragmentado y armado, perder el último freno estratégico no es un detalle técnico. Es una mala señal. Y, sobre todo, una advertencia de que el próximo año -seguramente- las manecillas del Reloj del Juicio Final estarán aún más cerca de la medianoche.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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