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En defensa de Europa
Durante una visita a Londres a fines del siglo XIX, Mark Twain fue consultado por la prensa sobre los rumores que anunciaban su muerte. Respondió con un lacónico telegrama: “El informe de mi muerte ha sido una exageración”. Algo parecido se podría decir hoy de Europa.
En los últimos meses –y con especial intensidad durante la reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos– Europa se ha convertido en el blanco predilecto de críticas y reproches provenientes de la nueva derecha internacional. El viejo continente sería un aprovechador geopolítico (según Donald Trump), o lento e indeciso frente a la amenaza rusa (en los ojos del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski).
Viktor Orbán habla de la “no-democracia liberal”. Desde Washington se repite una acusación ya familiar: Europa solo puede sostener su generoso estado de bienestar porque Estados Unidos subsidia su seguridad. El actual Secretario de Estado, Marco Rubio, ha insistido en que su país no puede seguir protegiendo a las naciones ricas que invierten poco en su propia defensa. Trump, con menos matices, va más lejos, describiendo a Europa como una especie de parásito.
Nada de esto es enteramente nuevo. En los años ’70 se hablaba de la “euroesclerosis”; en los ’80, los centros de pensamiento conservadores denunciaban el modelo europeo como un “asesino de empleos”; durante la crisis del euro a comienzos de la década pasada, a la revista Time se le ocurrió el original titular de “El declive y la caída de Europa”.
Existe una larga tradición estadounidense de mirar en menos a los europeos. En 1788 El Federalista, una colección de ensayos escritos por próceres como Hamilton y Madison, retrataba a Europa como un proyecto político fallido: moralmente corrupto, atrapado en guerras interminables y dominado por jerarquías heredadas. El experimento constitucional estadounidense se concibió, en buena medida, como una respuesta a ese diagnóstico. Las dos guerras mundiales del siglo XX solo lograron consolidar esa imagen en la imaginación política norteamericana.
Sin embargo, a comienzos de los años 2000 comenzaron a aparecer lecturas distintas. Libros como The European Dream, de Jeremy Rifkin, o The United States of Europe, de T. R. Reid, sostuvieron que la diferencia entre Estados Unidos y Europa no era moral ni civilizatoria, sino de cherry-picking estadístico. Según esta lectura, Europa había optado por medir el éxito social no solo en términos de producción y crecimiento, sino también de calidad de vida, cohesión social y protección colectiva frente al riesgo.
Los datos respaldan, al menos en parte, el argumento. La esperanza de vida en la mayoría de los países de Europa Occidental supera los 81 años y en Estados Unidos se mantiene en torno a los 79 y va en caída. Esa brecha dice mucho: refleja diferencias en el acceso a la salud, la delincuencia armada, la seguridad vial y el estrés social. Lo notable es que Estados Unidos destina cerca del 16% de su PIB a la salud, mientras que Europa solo gasta alrededor del 10%.
Algo similar ocurre con la mortalidad infantil y materna. Estados Unidos exhibe una de las tasas de mortalidad infantil más altas de la OCDE y una mortalidad materna varias veces superior a la de países como Alemania, Francia o España. Esto no surge desde la pobreza extrema, sino de resultados asociados a decisiones institucionales. A ello se suma la violencia: la tasa de homicidios en Estados Unidos es entre cinco y seis veces mayor que la de Europa Occidental, y su tasa de encarcelamiento es la más alta entre los países desarrollados. Europa, con todos sus defectos, produce sociedades objetivamente más seguras.
La desigualdad refuerza esta divergencia. Según métricas comparables de la OCDE, Estados Unidos presenta mayores niveles de desigualdad de ingresos y pobreza infantil que la mayoría de los países de la Unión Europea. Europa no elimina la desigualdad, pero amortigua el fracaso. Perder el empleo en Dinamarca es disruptivo; perderlo en Estados Unidos suele ser catastrófico.
Todo esto se logra sin sacrificar la legitimidad democrática. Los impuestos elevados no se imponen a la fuerza. Los estados de bienestar no son caridad, sino sistemas de seguro social respaldados por amplias coaliciones sociales. Ni Margaret Thatcher se atrevió a eliminar la salud socializada. Los europeos pagan más, pero reciben salud universal, universidades de bajo costo, licencias postnatales extendidas, cuidado infantil subsidiado y una mayor protección frente a los vaivenes de la vida.
Hoy el relato dominante, alimentado por guerras culturales y tensiones geopolíticas, presenta a Europa como decadente, dependiente y sobreprotegida, frente a un Estados Unidos dinámico, autosuficiente e injustamente sobrecargado con la defensa del orden liberal.
Es cierto que desde 1945 Estados Unidos ha desempeñado un papel central en la seguridad europea, pero ello respondió a su propio interés estratégico: contener a la Unión Soviética y evitar una carrera de rearme en el continente. Los estados de bienestar europeos, por su parte, se financian con impuestos europeos. El gasto social y el gasto en defensa son decisiones presupuestarias separadas, no una transferencia transatlántica encubierta.
Por supuesto que el mundo ha cambiado, y es legítimo discutir si Europa debe reequilibrar sus prioridades. De hecho, ya lo está haciendo, aumentando su gasto en defensa, gracias en gran medida a la exigencia del umbral de 4% promovido por Trump. Pero ello no convierte retrospectivamente a enfermeras, profesores o pensionistas europeos en sometidos del Pentágono.
Como observó recientemente The Economist, la ola de líderes que hoy atacan a Europa dice más sobre sus propias políticas internas que sobre el desempeño europeo. Europa funciona como un contrapunto conveniente: sobrerregulada para los defensores del libre mercado, decadente para los conservadores culturales, débil para los hombres fuertes y moralista para quienes resienten un sistema basado en reglas.
La ironía es que muchas de las supuestas debilidades europeas son precisamente aquello que sus ciudadanos valoran, y que Estados Unidos intentó promover con el Plan Marshall: menos militarismo, menor desigualdad, vidas más largas, mayor seguridad y protección frente a la indigencia. No son efectos secundarios, sino fines políticos deliberados, una póliza de seguro contra el extremismo (tal vez es eso mismo lo que tanto ofende al gobierno norteamericano).
Estados Unidos sigue sobresaliendo en innovación, emprendimiento y tecnología de punta, pero paga ese dinamismo con volatilidad, inseguridad y fragmentación social. Europa paga impuestos más altos y, a veces, un crecimiento más lento, pero compra con ello estabilidad, longevidad y confianza social. No es evidente que sea tan mal negocio.
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