Cedida
Las coordenadas de Chile en la Antártica
La operación sostenida en una base permanente exige algo más que presencia. Requiere registrar condiciones ambientales y operacionales, documentar recorridos, fijar referencias estables y preservar la posibilidad de volver a medir bajo criterios comparables.
El 6 de febrero de 1947 Chile inauguró su primera base permanente en la Antártica chilena. La entonces Base Soberanía, hoy Base Naval Capitán Arturo Prat, dejó una dotación de seis marinos que permaneció allí durante un año completo, un hecho mayor para la época, por sus exigencias logísticas y humanas.
Ese hito se recuerda por su valor histórico, pero también ayuda a identificar un aspecto menos visible y muy actual: la presencia de Chile en su territorio antártico se sostiene, en buena medida, en capacidades que se acumulan, se estandarizan y se transmiten entre temporadas.
En ese marco, la noción de coordenadas adquiere un sentido estrictamente práctico. En el continente antártico, ubicar un punto no se limita a alcanzarlo una vez, sino a poder referenciarlo de manera estable para volver, medir de nuevo y comparar resultados entre campañas. Esto exige observaciones reproducibles, registros con trazabilidad y cambios detectados que respondan al territorio y no a incertidumbres de posicionamiento o de referencia. En un entorno donde las ventanas operacionales son acotadas, reducir incertidumbre espacial no es un detalle metodológico. Incide en eficiencia, costos y seguridad.
La escala del continente muestra por qué la precisión espacial adquiere otra dimensión. La Antártica abarca más de 14 millones de kilómetros cuadrados y el hielo cubre alrededor del 98 por ciento de su superficie. Ese manto almacena alrededor el 60 por ciento del agua dulce del planeta y, en un escenario hipotético de fusión completa, su equivalente en nivel del mar sería cercano a 70 metros. En el contexto de variabilidad y cambio del sistema climático, una pregunta central no es si existen datos, sino si esos datos mantienen continuidad y comparabilidad suficientes para distinguir fluctuaciones naturales de tendencias persistentes, y para transformar observaciones dispersas en series con valor analítico.
De ahí que la geoinformación sea una condición de continuidad, más que un insumo accesorio. Un aspecto clave no es acumular productos, sino asegurar un sistema territorial verificable que haga comparables las observaciones en el tiempo. Ese sistema integra cartografía antártica actualizada, geodesia y control de posicionamiento, bases de datos espaciales, imágenes satelitales ópticas y de radar, modelos de elevación y elementos de gobernanza de datos que suelen pasar inadvertidos, pero son determinantes, como metadatos, estándares de calidad e interoperabilidad. La toponimia también cumple una función técnica. Una nomenclatura consistente reduce ambigüedades, facilita coordinación y permite integrar registros entre campañas y equipos sin pérdida de precisión.
Esta infraestructura se construye y se sostiene mediante arreglos institucionales concretos. La Antártica chilena depende de un trabajo articulado entre instituciones con responsabilidades complementarias. El Instituto Antártico Chileno, las ramas de las Fuerzas Armadas con funciones operativas y logísticas, universidades y centros de investigación, y organismos públicos que aportan planificación, coordinación y servicios de información. En ese marco, la geoinformación no es un producto final, sino un lenguaje común. Alinea escalas, ordena evidencias y permite que el conocimiento no dependa de experiencias individuales, sino de registros auditables, compartibles y reutilizables.
La operación sostenida en una base permanente exige algo más que presencia. Requiere registrar condiciones ambientales y operacionales, documentar recorridos, fijar referencias estables y preservar la posibilidad de volver a medir bajo criterios comparables. Con el tiempo, ese conjunto de registros se convierte en memoria territorial y científica, permite ajustar procedimientos, mejorar planificación y reducir incertidumbre. En un ambiente donde variaciones menores pueden modificar riesgos o resultados, la continuidad de la referencia espacial es lo que transforma actividades sucesivas en conocimiento acumulativo.
El salto tecnológico reciente refuerza esta idea. A comienzos de 2026 se difundieron nuevos productos de mapeo del relieve subglacial antártico, relevantes para comprender mejor la dinámica del hielo y fortalecer modelos utilizados en el análisis del sistema climático. Este tipo de avances no solo perfecciona la representación del territorio. También amplía la capacidad de explicar procesos y proyectar escenarios. Y vuelve a poner el foco en lo esencial, una base geoespacial que permite integrar observaciones de distintas fuentes y temporadas sin perder consistencia.
Todo ello ocurre en un marco internacional donde la ciencia es un pilar de cooperación y donde el valor de la evidencia verificable tiende a aumentar. El Tratado Antártico entró en vigor en 1961 y hoy cuenta con 58 Partes. En un régimen que privilegia reglas y cooperación científica, la capacidad de producir información comparable, trazable e interoperable fortalece la contribución de cada país, no por retórica, sino por la calidad efectiva de sus evidencias y por su aptitud para coordinarse en un territorio exigente.
Para Chile, las implicancias territoriales y estratégicas son directas. La Antártica chilena forma parte de la proyección territorial del país hacia el sur y constituye un espacio donde presencia, ciencia y logística se condicionan mutuamente. En ese marco, fortalecer geoinformación equivale a fortalecer capacidades nacionales. Contribuye a reducir incertidumbre para la planificación, ordenar la gestión logística y elevar seguridad operacional y, en particular, permite sostener series ambientales robustas para analizar el cambio climático con mayor rigor. La diferencia entre datos aislados y evidencia comparable se traduce, en la práctica, en la diferencia entre decisiones reactivas y decisiones sustentadas en anticipación.
La efeméride del 6 de febrero, entonces, no es solo un recordatorio histórico. Es una invitación a mirar la Antártica chilena desde el tipo de continuidad que exige el presente. En un escenario ambiental cambiante, sostener presencia y contribuir con ciencia no depende únicamente de operar, sino de producir evidencia que se acumule, se compare y se sostenga en el tiempo.
En ese punto, la geoinformación deja de ser un apoyo técnico y se convierte en infraestructura estratégica, la que permite transformar observaciones en series trazables, datos en evidencia comparable y evidencia en decisiones operativas y de planificación más sólidas para Chile en su territorio antártico.
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