Opinión
La perplejidad
La perplejidad es un punto de partida, no un refugio. Nos obliga a pensar cómo reconstruir un sistema democrático capaz de decidir, de actuar y de cumplir.
Durante décadas vivimos dentro de un mundo que no era perfecto, pero era inteligible. Un mundo construido sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, cuando el horror fue tan grande que obligó a levantar equilibrios, reglas, instituciones y límites. Nada de eso nació por altruismo. Nació del miedo y del aprendizaje brutal de que, sin contención, la civilización podía autodestruirse.
Ese mundo se organizó alrededor de certezas mínimas: Estados fuertes, economías reguladas, fronteras relativamente estables, guerras excepcionales y no permanentes, democracia representativa como horizonte deseable, derechos humanos como promesa universal. Incluso la Guerra Fría —con toda su violencia indirecta— fue, paradójicamente, un sistema de contención. Un equilibrio precario, pero equilibrio al fin.
Hoy ese mundo se deshace ante nuestros ojos. No colapsa con estruendo; se deshilacha. Y lo que domina no es solo el miedo, sino la perplejidad. La sensación de que las categorías con las que entendimos el orden internacional, la política y la democracia ya no alcanzan para explicar lo que ocurre.
Las instituciones siguen en pie, pero funcionan como escenografía. Los organismos internacionales deliberan mientras las guerras avanzan sin pudor moral. Las democracias votan, pero deciden poco. Los Estados existen, pero el poder real circula por otros canales: tecnológicos, financieros, militares, informacionales. La ley permanece escrita, pero cada vez manda menos.
Aquí aparece una verdad incómoda que durante años evitamos decir en voz alta: la democracia no se legitima solo por sus valores, sino por su capacidad de producir resultados. Cuando no resuelve problemas concretos, cuando no entrega seguridad, bienestar, servicios oportunos, cuando se vuelve lenta, capturada o irrelevante, pierde adhesión social. Y cuando eso ocurre, no es derrotada: es reemplazada.
La historia muestra que los sistemas políticos no caen primero por inmoralidad, sino por ineficacia. La democracia del siglo XXI enfrenta ese riesgo. No porque sus principios hayan dejado de ser justos, sino porque su desempeño cotidiano ha dejado de ser convincente para millones de personas. En un mundo acelerado, desigual y tecnológicamente concentrado, la democracia que no funciona es percibida como un obstáculo, no como una protección.
Nuestra perplejidad tiene algo de responsabilidad colectiva. Confundimos estabilidad con eternidad. Creímos que la democracia era irreversible, que el progreso era automático, que bastaba con administrar el legado de la posguerra. Mientras tanto, la desigualdad erosionó la legitimidad, el Estado perdió capacidad de acción, la política se fragmentó y la representación fue capturada por minorías sobrerrepresentadas que vetan, bloquean y chantajean a las mayorías.
No vamos a volver al mundo de 1945. Ese orden cumplió su ciclo. Pero tampoco estamos condenados al reemplazo autoritario si somos capaces de asumir la lección central de este tiempo: sin eficiencia democrática no hay democracia duradera. La democracia que no gobierna, que no ejecuta, que no transforma, termina convertida en un rito vacío.
La perplejidad es un punto de partida, no un refugio. Nos obliga a pensar cómo reconstruir un sistema democrático capaz de decidir, de actuar y de cumplir. Porque cuando la democracia deja de ser eficaz, otros sistemas —menos libres, pero más expeditos— se ofrecen como alternativa. Y la historia enseña que esas alternativas siempre cobran un precio demasiado alto.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.