Opinión
Chile: el estadio natural que aún no convertimos en potencia económica
El desafío es estratégico: Chile debe convertir su geografía en una oferta competitiva mediante promoción global, alianzas público-privadas e inversión en infraestructura. El turismo deportivo no es tendencia pasajera, sino una palanca real de crecimiento, empleo y desarrollo sostenible.
El deporte y el turismo se han consolidado como una de las duplas más poderosas para dinamizar las economías modernas. Ya no se trata solo de viajar o competir, sino de vivir experiencias capaces de movilizar millones de personas, activar cadenas productivas completas y elevar el PIB de los países que han sabido anticiparse a esta tendencia. Hoy, el turismo deportivo representa cerca del 10% del gasto turístico mundial y forma parte de una industria que supera los US$11,7 billones, equivalente al 10,3% del PIB global en 2025. Las proyecciones son aún más ambiciosas: el mercado podría alcanzar los US$2 billones hacia 2032, con tasas de crecimiento anual de hasta 17%.
Algunos países entendieron temprano esta oportunidad. Transformaron su geografía en una propuesta económica concreta y dejaron de vender solo paisajes para diseñar experiencias deportivas memorables. El resultado es conocido: mayor llegada de visitantes, economías locales fortalecidas y empleo sostenido en hotelería, gastronomía, transporte y comercio.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Chile aún no capitaliza plenamente su ventaja natural?
Personas de todo el mundo pagan cifras millonarias por subir el Monte Everest en busca de un desafío único. Sin embargo, nuestro país reúne condiciones extraordinarias para competir en ese mismo mercado de experiencias: algunas de las olas más grandes del planeta, el desierto más árido, la cordillera más extensa, una red creciente de parques nacionales y rutas de trekking que pocos territorios pueden igualar. No es exagerado afirmar que Chile es, en sí mismo, un estadio natural.
Las cifras muestran que el potencial existe. El turismo aporta alrededor del 5% del PIB nacional y ya evidencia señales de expansión: el gasto extranjero creció más de 48% recientemente y la llegada de visitantes continúa al alza. Incluso eventos deportivos puntuales han demostrado su capacidad de impacto. La Copa América 2015 incrementó significativamente el flujo turístico y el consumo, mientras que los Juegos Panamericanos de Santiago dejaron retornos económicos positivos por cada dólar invertido. A nivel global, el Mundial de 2026 proyecta un aporte de más de US$40 mil millones al PIB mundial. Los grandes eventos no solo generan espectáculo; generan desarrollo.
Pero el verdadero salto no depende exclusivamente de megaeventos. La clave está en construir una oferta permanente que combine deporte, naturaleza y servicios de alto estándar. Imaginemos paquetes que integren surf, desierto y Patagonia; circuitos de ciclismo de larga distancia; rutas de trail running; competencias internacionales que posicionen regiones completas. Cada visitante deportivo es también un consumidor de hotelería, gastronomía, transporte y comercio local.
El desafío, entonces, es estratégico. Chile necesita fortalecer la promoción internacional, avanzar en alianzas público-privadas y facilitar la inversión en infraestructura y conectividad. No basta con tener geografía privilegiada; hay que transformarla en una propuesta competitiva.
El turismo deportivo no es una moda, es una política de desarrollo posible. En un mundo donde las personas buscan experiencias transformadoras más que destinos tradicionales, Chile tiene todo para liderar en el hemisferio sur. La pregunta ya no es si podemos hacerlo, sino cuándo decidiremos asumir ese rol. Porque cuando el deporte se integra a la economía, el resultado no solo se mide en medallas o visitantes, sino en crecimiento, empleo y oportunidades para todo un país.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.