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Perú: luces y sombras de su modelo Opinión

Perú: luces y sombras de su modelo

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Gabriel Gaspar
Por : Gabriel Gaspar Cientista político, exembajador de Chile y exsubsecretario de Defensa, FFAA y Guerra.
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La salida de José Jerí y el ascenso de José María Balcázar reabren la paradoja peruana: sólidas cifras macro –baja inflación, reservas récord y crecimiento– conviven con fragmentación política, criminalidad e informalidad masiva. ¿Puede un modelo agrominero exitoso sostener estabilidad sin cohesión?


La reciente destitución de José Jerí  y su reemplazo por José María Balcázar vuelve a plantear una interrogante respecto al Perú. ¿Cómo explicar sus resultados económicos frente a su inestabilidad política? Quizás haya una pregunta previa a resolver: ¿el modelo económico genera condiciones para la deseada estabilidad? ¿Será que las leyes del mercado, la competencia, el triunfo individual, la búsqueda de ganancias, permearon la política?

El milagro económico

En términos macroeconómicos, el Perú muestra cifras más que satisfactorias. Con más de 70 mil millones de dólares de reserva está a buen cuidado de emergencias; la inflación es bajísima; según el Instituto Nacional de Estadísticas, el pasado 2025 alcanzó el 1,51%, encomiable frente a otras economías latinoamericanas: Brasil 4,26%; México 3,6%; Chile 3,5% y Argentina con un 31,5%.
El crecimiento del PIB también es elocuente, el 2010 logró un 8,9%, para luego sufrir el bajón universal provocado por la pandemia, aunque el rebote y los años siguientes le permitieron alcanzar el 2025 un satisfactorio 3,44%. Asimismo, en cuanto al riesgo país (tomado de Revista Mercado), en enero del presente año Uruguay la lleva con 68, seguido por Chile con 90, Perú se anota con 126, Brasil con 188, mientras que Argentina alcanza el 491.
Muchas –si no la totalidad– de las interpretaciones asignan el buen comportamiento de la economía a la gestión del Banco Central de Reservas, que mantiene con mano de hierro el control de la inflación y el déficit público, ente que a la fecha goza de una envidiable autonomía respecto a las fórmulas políticas del momento. En suma, una macroeconomía ordenada.

¿Y cuál es el fuerte productivo del Perú?

A la fecha, el Perú mantiene un perfil agrominero exportador. En los últimos decenios surgió con fuerza una agroindustria, especialmente en la zona norte, donde el arándano, la palta, la fruta en general han permitido un gran aporte a la economía nacional, con presencia de capital y tecnología extranjera (chilenos entre ellos), que se han abierto espacio en el mercado asiático, el norteamericano y el europeo. Todo ello eficientemente apoyado por agencias estatales promotoras.
Pero sobre todo el Perú continúa siendo un país minero y más de la mitad de las exportaciones vienen de ese rubro. Ayuda el incremento de la demanda (y el precio) del cobre, indispensables ante el avance tecnológico global, y ello se acompaña de una más que rentable minería del oro, ojo, buena parte de la cual no es legal, lo que acarrea no solo problemas fiscales.
En efecto, la minería ilegal del oro penetra en la Amazonía y el daño ambiental es tremendo, además, ha atraído a las mafias de delito organizado y la lucha por el control del territorio se salpica de muertes y extorsiones. Al mismo tiempo, se sospecha que esas mafias financian ilegalmente a sectores de la política y fomentan la corrupción de funcionarios civiles y uniformados.
Por su parte, la gran minería del cobre genera buenas ganancias, pero los beneficiados no siempre son peruanos, ni tampoco pagan regalías a las zonas de explotación. La debilidad estatal repercute en baja tributación, y así, aunque el país tenga muchas riquezas, el fruto de ella no siempre se queda en el país, ni menos ayuda a los sectores más vulnerables.

El costo social

Junto a los buenos números macroeconómicos, el Perú sigue arrastrando una gran deuda social. La pobreza alcanza a lo menos a un cuarto de la población y la informalidad se eleva arriba del 70%.  Millones de familias peruanas no tienen ingresos seguros, viven en el día a día, especialmente en las grandes ciudades, y carecen de programas de protección social.
Cuidado, entre los informales –como ya dijimos– también hay unos cuantos que ganan mucho más que los formales y tienen más que un buen pasar; ejemplo, los ya citados mineros ilegales y las mafias enquistadas en esa actividad.
Ese es otro tema, la criminalidad se ha disparado en los últimos años. La tasa de homicidios supera 10 por cada 100 mil habitantes y la extorsión se ha diseminado especialmente en las grandes ciudades.  Se trata de un delito silencioso, dado que por lo general la víctima no lo denuncia. No llega a los grandes propietarios que se protegen con servicios de seguridad, pero sí a transportistas, comerciantes, colegios, especialmente de las barriadas más populares. El no pago de la “vacuna” exigida por los mafiosos activa a sus sicarios.
El delito organizado penetra las fronteras, bandas venezolanas, colombianas, ecuatorianas, entre otras, se han instalado en el país reclutando “soldados” locales e, incluso, continuando su expansión hacia el sur (Chile y Bolivia).
De este modo, la precariedad económica y social se agrava para buena parte de la población por la inseguridad ciudadana. Y todo ello ante una creciente ineficiencia del Estado para enfrentar estos desafíos.

Un sistema político fragmentado y desprestigiado

Los datos políticos son conocidos, especialmente por la sucesión de presidentes en los últimos años. En los hechos, el Congreso se ha transformado en el epicentro del poder, dado que ejerce –con relativa discrecionalidad– su facultad para “vacar” al titular del Ejecutivo.  Agreguemos que también ejerce similar tutela respecto a buena parte del Poder Judicial.
Desde hace mucho tiempo, el Congreso peruano encabeza la lista de los organismos más desprestigiados del país y, en muchas mediciones, su aprobacion queda por debajo del margen de error. Es probable que se haya incrementado en los últimos tiempos.
El antiguo sistema de partidos peruano ya no existe, partidos con raigambre ciudadana y con definidas plataformas programáticas fueron sucumbiendo: el Partido Popular Cristiano, el APRA, Izquierda Unida, por nombrar algunos. Sería largo describir las causas de este proceso, pero sinteticemos en que la sociedad peruana padeció graves crisis a finales del siglo pasado: la hiperinflación de tiempos de Alan García, la insurrección de Sendero Luminoso y luego la dictadura de Fujimori, que terminó con sonados casos de corrupción y crímenes dirigidos por su jefe de inteligencia, Vladimiro Montesinos.
El retorno a la democracia en Perú demandó orden y renovación política. Emergieron partidos nuevos, pero de escasa o nula propuesta programática, lo que fue reemplazado por el entusiasmo y la ambición de muchos.
El resultado de todo es una creciente apatía de buena parte de la ciudadanía respecto a los partidos, las elecciones y la política en general. Según las encuestas, hoy casi la mitad de los votantes no ha decidido sufragar, o no ha elegido candidato. Dato: la fragmentación partidaria hoy proclama más de 35 candidatos presidenciales, de los cuales más de la mitad no alcanza a un 1% de intención de voto. Las elecciones serán el próximo 10 de abril y eso, hoy en día, es largo plazo para la realidad política peruana.

Colofón

Sociedades atemorizadas por la delincuencia, desconfiadas de sus elites, con una distribución del ingreso que mantiene una histórica diferenciación, en medio de prácticas culturales racistas y clasistas contra el mundo indígena y “cholo”, junto a boom exportador, son parte del presente peruano.
Por cierto, agreguemos que mucho de lo aquí descrito no se ve en los distritos limeños de Miraflores, Barranco o San Isidro, donde generalmente nos alojamos los que visitamos Perú y disfrutamos de su sabrosa gastronomía.
  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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