Publicidad
Mil “avances” y “normalidad”: ¿verdad o disociación? Opinión Créditos Agencia Uno

Mil “avances” y “normalidad”: ¿verdad o disociación?

Publicidad
Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
Ver Más

En lo de la normalización hay algo peor, que huele a trampa mal hecha: es profecía autocumplida. ¿No fue el FA y sus aliados comunistas quienes iniciaron la “des-normalización” del país con sus manifestaciones inevitablemente violentas en 2011 y luego en 2019?


“Mil avances”, dijeron. No pudimos dejar de sorprendernos de tantos avances. No una o dos o tres o diez grandes reformas, sino ¡mil avances! Aunque quizás el problema esté en la voz “avance”. Un avance puede ser todo o nada, poner una primera piedra o lograr que los enfermos de cáncer dejen de tener que mendigar por salud. 

Con la normalización pasa igual. Antes teníamos pandemia y quemaban estaciones de metro, ahora no. Nos normalizamos. Pero los crímenes siguen a la orden del día. Una cosa es que no estén los centros de las ciudades convertidos en chiqueros violentos; otra, que las ciudades sean por fin hermosas y seguras. 

En lo de la normalización hay algo peor, que huele a trampa mal hecha: es profecía autocumplida. ¿No fue el FA y sus aliados comunistas quienes iniciaron la “des-normalización” del país con sus manifestaciones inevitablemente violentas en 2011 y luego en 2019? ¿Los del humillante “el que baila pasa” gritado con la sonrisa de las hienas? ¿Los que querían derrocar al presidente democrático? ¿Los cerebritos que dijeron que “le iban a meter inestabilidad al país”? ¿Los que en su gran mayoría se negaron a firmar el acuerdo constituyente? ¿Los que apoyaron un verdadero bodrio constitucional, que, si no es por el sentido común nacional despertado por algunos valientes, capaces de enfrentar ofensas y funas, nos tendría en una “normalidad” parecida a la de esa Cuba a la que tanto admiran y a la que ahora pretenden financiar (mientras en Chile miles mueren de cáncer esperando atención)? 

Los normalizadores son los mismos que se solazan en discursos sobre educación para todos y demolieron, sí, demolieron los liceos de excelencia. El INBA, lo vengo diciendo hace rato, parece un colegio tutorial, es un peladero, nadie quiere estudiar ahí. El Instituto Nacional es hoy la vergüenza de José Miguel Carrera, un mediocre correccional de mediocres. Donde había excelencia, la normalización hizo campos de demolición. 

Querían conseguir lo mismo con las universidades, sometiéndolas al control del financiamiento estatal, o sea, del gobierno de turno, ahogando su libertad de pensar. Y sería ya casi ocioso volver a preguntar, pero hay que hacerlo: ¿dónde quedaron los trenes? ¿Dónde, por Dios dónde, quedaron las promesas esfumadas de los trenes? ¿O de la conectividad? ¿O de la inversión masiva en ciencia y tecnología, la industrialización? 

No sabemos ni usar el torno masivamente y queremos ser desarrollados. “Hidrógeno verde”, “litio”, fueron los mantras de un país que cree más en la riqueza de un manotazo que en el método y disciplina. No. No nos recuperamos del realismo mágico y la inveterada maldición de Encina: consumimos como país rico, producimos como país pobre. Y el FA y el rictus serio de Camila Vallejo sólo nos mantuvo en ese estado auténticamente sub-desarrollado, porque sub-desarrolla las mentes y los corazones. 

Seguimos hacinados en Santiago y segregados; y las localidades del Sur continúan siendo parque nacional prohibido a que lo colonicen los chilenos; y el norte grande es inhabitable, salvo en ciudades costeras de escaso relieve, allende sus glorias históricas. Y el norte chico y el valle central se secan. Y no crecemos, salvo migajas. 

Y Boric y de nuevo Vallejo, se llena la boca con grandilocuencias vacías, baratas, que ahora el Presidente complementa ya no andando en bicicleta ante las cámaras, sino con su hija ante las cámaras. 

Y al frente saben hablar de poco o más que de seguridad y gestión económica. Pero no de patria en el sentido profundo de la expresión: como la construcción integradora, como el invento de un país con trenes, puertos, industrias, trabajos dignos, salud para todos, comisarías igualitariamente repartidas, ciudades integradas al paisaje, con escuelas de excelencia y sin ese “magisterio” a maltraer y (salvo excepciones) decadente que obliga a millones de niños y niñas a sufrir una verdadera violación sistemática de sus derechos humanos, día tras día tras día de “clases”. 

“Normalización”. La combinación es funesta: la incapacidad de comprender se une a la franca oscuridad y promiscuidad y corrupción (de Larraín, de Jackson, de tantos), mientras como música de fondo suena ese discursillo moralizante de los “estándares superiores” del mismo defenestrado y huido Jackson y su “profeta de cátedra” efebofílico que tiene la desfachatez de predicar la inmoralidad del mercado mientras se solaza en baños de inmoral riqueza; y de abogar por una deliberación pública respetuosa mientras en su casa agarran a palos una piñata con la cara de su adversario; una deliberación tan fanática, dicho sea de paso, que deja fuera, margina, decreta “inaceptable” a todos quienes osemos dudar que “en alguna cuestión” no haya una verdad como esa revolucionaria que pretenden ya saber y con la cual una y otra vez martillan y destruyen este país dolido (cf. Razón bruta revolucionaria). 

Ya empezará un nuevo capítulo, donde -lo están anunciando de diversas maneras- los normalizadores no le darán al nuevo gobierno un día de normalidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad