Opinión
Gabriel Boric y la reencarnación de Alan García
Como Alan García, Gabriel Boric pasó de un impulso refundacional a un giro pragmático, forzado por la realidad. La comparación no alude a un colapso, sino a una mutación política: del ímpetu ideológico inicial a una administración que terminó abrazando aquello que prometió superar.
A los 35 años, Alan García se convirtió en el presidente más joven del Perú. Su primer gobierno impulsó una plataforma de reformas de izquierda radical que terminó sumiendo al país en un profundo caos político, económico y social. Años más tarde volvió al poder, renovado y pragmático, esta vez abrazando las reformas de mercado impulsadas por Alberto Fujimori.
Si bien el gobierno del Presidente Boric no concluirá en un colapso comparable, sí cerrará su mandato como el de un izquierdista radical deconstruido.
A diferencia de la transformación experimentada por el socialismo democrático chileno tras el gobierno de Salvador Allende, este viraje no fue el resultado de un proceso prolongado de reflexión, autocrítica o exilio. Fue, más bien, la consecuencia directa del golpe democrático del 4 de septiembre de 2022. El rechazo contundente a la primera propuesta constitucional —más cercana a una obra de los Sex Pistols que al trabajo de una convención constitucional— marcó el inicio de una segunda etapa caracterizada por la improvisación.
De la promesa de “enterrar el neoliberalismo” se pasó, sin mayor elaboración conceptual, a la adopción de facto del modelo que su sector había denostado, manteniendo intacta la confusión entre economía de mercado y neoliberalismo. Elementos centrales del llamado Consenso de Washington —disciplina fiscal, control de la inflación, libre comercio, desregulación (permisología) y privatizaciones— fueron asumidos con notable entusiasmo. La ratificación del CPTPP, la asociación de Codelco con SQM, el salvataje de las ISAPRES, la reforma previsional y los intentos —fallidos— por mantener cierta disciplina fiscal, dan cuenta de ello.
“Obviamente no estaba preparado, pero ha hecho grandes cosas”, señaló su madre. Diversos intelectuales y académicos han coincidido en este diagnóstico, destacando signos de maduración política y crecimiento personal, y subrayando que, al menos, Boric ha demostrado ser un demócrata (algo por lo que, al parecer, deberíamos sentir gratitud). Hoy lo describen como un “socialdemócrata” —malgré lui— con proyección incluso regional o mundial. Sin ánimo de enfriar este entusiasmo, conviene recordar la sentencia de Paul Groussac: “Ser famoso en América del Sur no es dejar de ser desconocido”.
Estas afirmaciones, presentadas como respaldo, constituyen en realidad una crítica severa. Durante los gobiernos de Aylwin, Lagos o Frei Ruiz-Tagle, jamás se puso en duda sus conocimientos o madurez política. Más aún, este relato elude una pregunta central: ¿cómo habría sido el gobierno de Boric bajo la Constitución que promovió y que fue categóricamente rechazada? La historia, sin duda, habría sido distinta.
Calificar hoy al Presidente como socialdemócrata parece, cuando menos, prematuro. Supone un giro abrupto respecto de su discurso y conducta previos, sin que medie reconocimiento explícito de error alguno. No hay arrepentimiento por sus intervenciones en el Congreso, por sus publicaciones en redes sociales ni por su comportamiento político antes de llegar a La Moneda.
Tampoco ha reconocido que sus ataques a Carabineros y a expresidentes fueron graves errores de juicio, pese a haber solicitado luego su apoyo en momentos críticos, como si tales declaraciones nunca hubiesen existido. Más reveladora aún fue su reacción tras el plebiscito: “No se puede ir más rápido que el pueblo”, frase que no admite autocrítica alguna y sugiere que el error fue del pueblo, no de su proyecto.
¿Es Boric realmente socialdemócrata ahora? Su giro se asemeja más a una maniobra táctica que a una evolución de estadista. Más al gesto de un náufrago aferrado a la primera tabla disponible tras el 4 de septiembre que a una convicción profunda. Cuando lo estima conveniente, Boric retorna sin pudor a su rol de activista, megáfono en mano, para atacar a sus críticos o expresar simpatías hacia figuras controvertidos.
Dos botones de muestra
Resulta imposible resumir en pocas líneas el desempeño de este gobierno. Vamos a analizar algunos elementos. Primero, la historia de una supuesta estabilización institucional exitosa se asemeja a un pirómano que se felicita por haber apagado el incendio que él mismo causó. Segundo, Al bajo crecimiento económico promedio —apenas un 1,8%— y a un desempleo que bordeó el 8,5% durante el período, se suma una estrechez fiscal que condicionará severamente a la próxima administración. Esto quedó en evidencia tanto en la discusión del último presupuesto como en los recientes datos de déficit fiscal efectivo, que alcanzó un 3,6%, tres veces por sobre lo estimado. A ello se agregan los desafíos pendientes en educación, salud y vivienda, un escenario que vuelve a abrir el camino para nuevas tensiones sociales.
Breve fue también la vida de la política exterior turquesa y feminista. Se desvaneció sin ruido, sin llegar a transformarse patriarcal, pero sí marcadamente personalista.
La herencia
Paradójicamente, la herencia más duradera del gobierno de Gabriel Boric podría ser el resurgimiento de una derecha autoritaria, nostálgica de Pinochet, alimentada por los pobres resultados de su administración y por su empeño en mantener abiertas las heridas más trágicas de nuestra historia.
Los intentos del Frente Amplio por reinstalar los episodios más conflictivos del pasado, junto a su marcado sectarismo —particularmente visible en las acusaciones constitucionales durante el gobierno de Sebastián Piñera—, contribuyeron a fortalecer estas corrientes. Aunque se trata de un fenómeno global, en Chile fue impulsado por la ausencia de diálogo informado, diagnósticos errados y reformas radicales mal diseñadas. Su proyecto político fue incapaz —o no quiso— reconocer los avances alcanzados desde el fin de la dictadura y optó por la ilusión refundacional.
Perspectivas a futuro
Cabe esperar que, tras un período de reflexión —Battlefield y Fortnitemediant
Quizás, Gabriel Boric regrese en cuatro años con sus ideas destiladas, convertido en un candidato moderado de centroizquierda, defensor de la economía de mercado y del buen gobierno. Nos dirá entonces, con sincero asombro, que —como Monsieur Jourdain— siempre habló en prosa socialdemócrata, sin saberlo. Quedará por ver si los chilenos volverán a depositar su confianza en Gabriel Boric, entonces reencarnado como nuestro Alan García.
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