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Relaciones Chile-Perú: del pragmatismo de la omisión al pragmatismo de la asociación Opinión

Relaciones Chile-Perú: del pragmatismo de la omisión al pragmatismo de la asociación

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Cristian Faúndes
Por : Cristian Faúndes Analista internacional, especializado en ciencias militares y seguridad y defensa.
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Tras décadas de consolidación jurídica que culminan con el fallo de La Haya en 2014, el pragmatismo chileno sigue chocando con la identidad peruana.


Chile tiene la oportunidad histórica de potenciar las relaciones con Perú. Todo depende de la capacidad que tenga el edificio Carrera y la nueva administración de gobierno de desarrollar una nueva narrativa con el lenguaje apropiado, para pasar del pragmatismo de la omisión al pragmatismo de la asociación.

En los años 90 Chile desarrolló un enfoque pragmático para abordar las relaciones con Perú. La agenda estaba orientada a las cuestiones de “futuro”, centrada en los negocios y modernización. Invitaba a un olvido estratégico con el objeto de avanzar “sin pasado” bajo una retórica de “relación sin complejos”.

Torre Tagle calificó este esfuerzo como un “pragmatismo de la omisión”, que desviaba la atención de los problemas jurídicos pendientes en la época, que incluso se pensó era una excusa para no abordar temas de derecho internacional. Naturalmente se producía una fricción con quienes querían resolver los temas del pasado. Desde el punto de vista de Lima, la resolución de los problemas era una condición para poder tener un futuro.

Tras décadas de consolidación jurídica que culminan con el fallo de La Haya en 2014, el pragmatismo chileno sigue chocando con la identidad peruana. Ocurre que, si para Chile el pasado es un dato estático, para el Perú, el pasado es un proceso identitario. Además, el pasado es lo simbólico y en diplomacia, lo simbólico es real. Con un poco de empatía histórica tenemos que entender que para el peruano el pasado está a flor de piel y eso es parte de su identidad.

Al día de hoy, las autoridades chilenas han moderado el lenguaje haciendo referencia a “socios estratégicos”, incluso apuntan a un proceso de “convergencia en la diversidad”. Pero nuestra esencia es pragmática y probablemente el gobierno que asume representa al sector más práctico de nuestra sociedad.

Con todo, el desafío actual de la Cancillería chilena es evolucionar hacia un pragmatismo de la asociación. Ya no se trata de pedirle al vecino que olvide, sino de enfatizar que podemos avanzar y crecer juntos. Una nueva narrativa no cerrará las cicatrices del pasado, pero sí puede abrir el camino. La clave está en proponer una hoja de ruta donde el éxito de uno implique, necesariamente, el beneficio del otro.

Seguridad y Defensa: El primer paso de confianza

En la coyuntura actual, el eje más urgente es la seguridad. La migración irregular y el crimen organizado transnacional no conocen fronteras y constituyen la prioridad ciudadana en ambos países. Aquí, el pragmatismo de la asociación debe traducirse en un paso audaz: avanzar decididamente en medidas de interoperabilidad técnica para compartir datos biométricos y alertas criminales en tiempo real.

Además, fortalecer lazos en Defensa que permitan ejecutar patrullajes coordinados o simultáneos en la frontera con el objeto de garantizar que la “Línea de la Concordia” sea un espacio de control eficiente y no de impunidad. Una frontera segura hace que ambos países sean más seguros; esa es la lógica de la nueva asociación.

Infraestructura y Recursos: La ganancia compartida

En segundo lugar, debemos concretar la interconexión eléctrica Tacna-Arica. Se trata de una solución técnica que otorga resiliencia energética a ambos países y fortalece la Alianza del Pacífico frente a la incertidumbre global.
La gestión de los recursos hídricos compartidos en zonas áridas debe administrarse bajo las mejores prácticas internacionales. Entender que el agua es un recurso vital cuya gestión conjunta beneficia a las comunidades de ambos lados supera las viejas visiones patrimonialistas y nos prepara mejor para el desafío del cambio climático. Además, está comprobado que la institucionalidad de gestión de aguas compartidas es una herramienta esencial para evitar conflictos por el agua.

El Pacífico y el “Efecto Chancay”

La protección de nuestros mares constituye un tercer pilar. La presencia de naves extranjeras depredando la Corriente de Humboldt requiere protocolos de alerta temprana compartidos. Es una cuestión de seguridad alimentaria y soberanía económica que nos obliga a actuar como bloque.

A esto se suma la oportunidad logística. Ante la emergencia de nodos como el puerto de Chancay, el reto es evitar una competencia de “suma cero”. Chile y Perú deben consolidar un corredor logístico sudamericano hacia el continente asiático, donde nuestros sistemas portuarios operen de forma complementaria.

Una política de Estado renovada

Chile podría perfeccionar la política de Estado que aplica frente al Perú. Para que esa política sea efectiva, nuestro país debe cambiar la forma y reestructurar el fondo, respetando las sensibilidades y formulando mensajes en función las propuestas de prosperidad conjunta. Si logramos instalar esta nueva narrativa de asociación, Santiago y Lima podrán navegar con éxito en las complejas aguas del escenario global contemporáneo. El pragmatismo ya no puede ser un monólogo chileno, sino un diálogo de beneficios compartidos, encaminado a un proceso de asociación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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