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¡Baquedano no vuelve! Opinión

¡Baquedano no vuelve!

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Fernando Balcells Daniels
Por : Fernando Balcells Daniels Director Ejecutivo Fundación Chile Ciudadano
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Baquedano fue un héroe militar, tanto por sus victorias como por su renuncia a tomar partido y a combatir en la Guerra Civil del 91. Esta dimensión de neutralidad para evitar divisiones mayores en el ejército y en el país, parece haber sido descuidada por los publicistas de la historia única.


Lo que vuelve es una impostura.

A pesar de autoridades edilicias que han intentado poner a Baquedano en contra del pueblo de Chile, los ciudadanos no tenemos nada en contra del general. Las cuitas del siglo XIX ya no están vigentes sino como un ‘estado de cosas’ que no tiene sentido lamentar, ni celebrar. Los tiempos de la expansión del territorio están terminados y los enfrentamientos guerreros entre chilenos (unitarios y federalistas, conquistadores y pueblos originarios) deben ser sanados por la inclusión y no exacerbados por la exclusión.

Todo monumento público trae a cuestas su historia; sus historias escritas y sus historias silenciadas. Cada escultura histórica arrastra acontecimientos mayores y otros aminorados. Relatos dominantes y huellas de otros modos de vivir los tiempos que han vivido. Cada monumento es un resto de su tiempo, un testigo y un testimonio. En este sentido y sin necesidad de catástrofes, iconoclasias y despedazamientos, todo monumento histórico es una ruina de su tiempo.

Baquedano no es solo una obra escultórica de lo años veinte del siglo veinte. No es solamente una celebración de triunfos militares sino un acto de consolidación de los esfuerzos del siglo diecinueve para construir un Estado Nacional. ¡Un Estado, un pueblo, una historia! Uno y no uno en la diversidad. Uno que mira hacia atrás, no como las cosas fueron sino como algunos quieren que sean vistas.

Baquedano fue un héroe militar, tanto por sus victorias como por su renuncia a tomar partido y a combatir en la Guerra Civil del 91. Esta dimensión de neutralidad para evitar divisiones mayores en el ejército y en el país, parece haber sido descuidada por los publicistas de la historia única.

La unidad que se quiere es una homogeneidad. Curiosamente, una igualación excluyente de los ciudadanos y una ciudadanía de los iguales. ¡Nada de extraños, ni de marginales! Los indígenas y los inmigrantes deben asimilarse a lo chileno. Olvidar sus idiomas, sus historias y sus afectos territoriales o ancestrales. El precio de vivir en Chile es amputarse de sus diferencias y asemejarse al nosotros imaginario de los escribanos.

La estrechez de la visión unitaria y su rigidez, son la parte atravesada de una evolución política que no se ha detenido y que atraviesa la adopción del voto universal y la incorporación de las mujeres en el mercado de trabajo y en el mundo político. Cada uno de esos pasos hacia la incorporación de la diversidad ha implicado cambios en las instituciones y en el entrelazamiento de las historias que nos van constituyendo como país.

¿Cómo se puede entender la decisión de hacer regresar la estatua de Baquedano al plinto que ya no es su plinto y a la plaza que ya no es su plaza?
Aquí funcionó una aplanadora cultural que es reflejo de una política irreflexiva. En la reunión de ayer 25 de febrero del CMN se resolvió por unanimidad la reinstalación de la estatua sobre el plinto dejado atrás en la fuga-rescate del jinete y su caballería.

Hace cinco años que el Plinto sobrevive abandonado y dando testimonio de una existencia autónoma y un paso desigual del tiempo y de la historia por sobre cada uno de los ciudadanos, los grupos de habitantes, los paisajes, las urbanizaciones, los homenajes públicos y las piedras.
La estatua envuelve una dimensión artística, una histórica y una contingente, en una serie de conflictos que se tapan los unos con los otros. La contingencia, la más pobre de sus dimensiones, ha evitado que los problemas que presenta el monumento se desenvuelvan y se presenten ante el público.

La contingencia reúne el muy corto plazo de las urgencias políticas con las inercias burocráticas. En esa sopa, las manifestaciones culturales, como los monumentos y los espacios públicos son subordinados por rumbos políticos asumidos discretamente y sin exponerse a la controversia pública. El trato dado al destino del plinto y de la estatua se traduce en que los dilemas administrativos y técnicos tapan las disyuntivas de política cultural implicadas en este asunto.

Lo político se reduce a lo técnico para así sustraerse a su carácter público y debatible. ¿Está de más decir que la reducción de la política a ‘lo técnico’ es el ideal del autoritarismo secularizado?

Todos entendemos que la cultura, incluida la escritura de la Historia es dependiente de los desarrollos políticos. Nadie es tan ingenuo como para pensar que la política se abstiene de incidir en la cultura y viceversa. Lo damos por sabido y volvemos al timbraje de documentos. Nadie tampoco es tan cínico como para empujar su ingenuidad hasta el límite de pedir explicaciones sobre la particular relación que se establece entre los factores que intervienen en la movilización de las piedras de esta escultura.

Ingenuos, cínicos y cultos no son más que goteras idiomáticas de un lenguaje que ha olvidado el sentido de sus recursos. En esa falta de atención está la captura por la inercia y el disciplinamiento con lo que se presenta como una falta de alternativas. ¡Hay una decisión política tomada y el resto es música!

La dimensión del arte involucrada en las políticas culturales ha sido excluida del debate sobre la estatua de Baquedano. Se ha incluido una sola afirmación: el conjunto escultórico que se rompió debe ser restaurado volviendo a su original.

En esta idea de ‘original’ el paso del tiempo ha sido borrado con esmero, de modo que la escultura que se presenta ahora es nueva. No solo se ha retirado su ‘piel’, de manchas y pinturas, su pátina y sus marcas de tiempo sino que se han cambiado sus soportes y su entorno.

Los debates sobre restauraciones son tan antiguos como las falsificaciones que acompañan a las obras de arte. Acá no se trata de encontrar una solución al problema del original y de la copia, de la recta y de las torcidas representaciones sino de poner el asunto particular de esta escultura en debate. La unilateralidad impuesta empobrece la cultura y la política misma. Lo que construye el arte es el caso particular al que se debe justicia.

En la tangente, el arte hace historia y las historias se confabulan para capturar la atención, involucrar y movilizar las inclinaciones anímicas de la población. El arte trabaja con los espíritus y los fantasmas que rondan en el presente y los proyecta en una apuesta que conforma los futuros virtuales que enfrentamos en la actualidad.

El arte rompe con las totalidades unidimensionales y pone a disposición los fragmentos que se han marginalizado y sacrificado en el altar de una unidad sin relieves, sin opacidades y sin diversidad. Es por su historia y su sensibilidad ante los abandonos que el arte puede seleccionar el Plinto dejado atrás, como una manifestación viva y abierta de la multitud de las historias que lo envuelven.

La iniciativa para mantener la autonomía del Plinto ha sido apoyada por decenas de artistas, escritores, arquitectos, escultores, cineastas, investigadores, profesores y estudiantes. Cinco premios nacionales patrocinaron la propuesta y las autoridades no consideraron que estas voces pudieran tener cabida en un debate institucional.

Dicho de otra manera; tanto el plinto vacío como la reposición de la estatua obedecen a aproximaciones estéticas legítimas y el arbitraje político en favor de una de ellas destruye la riqueza del arte y empobrece la política hasta hacerla desaparecer. Aquí no hay un enfrentamiento entre pasado y futuro sino una diferencia entre dos futuros; un único posible o varios, unos más abiertos y otros más estrechos, unos más inclusivos y otros más excluyentes.

Lo que se ha hecho es facilitar el camino de la ‘batalla cultural’ que se propone emprender el próximo gobierno. De modo que las exclusiones ya no se harán en nombre de un pragmatismo técnico sino de una razón revelada que no necesita vínculos argumentales entre su enunciado y el uso de la violencia que la respalde.

El Plinto

El plinto no ‘representa’ ni la violencia ni la paz. El plinto existe como un peñasco elaborado y deteriorado, una realidad abandonada, solitaria y obligadamente autónoma. El plinto es reposo, es el vestigio de un enfrentamiento, un náufrago, un sobreviviente, la paz incompleta y anhelante que quedó en pie después de la violencia.

Esa sobrevivencia extraña, esa plataforma que no eleva a nadie y en la cual nada desciende, ese pedestal está abierto a lo que venga. Es importante que permanezca abierto como una historia pendiente, como un futuro que depende de nosotros; un querer que no se debe satisfacer, ni ‘solucionar’ como si se tratara de un perno oxidado. Como ningún otro artefacto, el Plinto hace presente el entrevero de la cultura y la política o, la responsabilidad cultural de la política. ¿Quieren hablar de valores? ¡Hablen del Plinto y sus disyuntivas!

Todos los apuros y los secretos destinados a volver al estado de cosas ‘de antes’ y hacer como que lo ocurrido en el estallido social no tuvo lugar o que fue nada; o nada más que una serie de actos vandálicos, esa mirada no aporta más que retrasos y fiebres en nuestro devenir histórico.
El Plinto es un monumento a la apertura y a la inclusión; es el punto en que la poesía sale de la cantera, deja de ser una alegoría y se hace piedra de construcción.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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