Opinión
El auge de un antiliberalismo cristiano en Chile
Pero una vez más, desterremos esta idea y, como siempre, que toda la suerte acompañe a un presidente elegido democráticamente. Liberalismo o no, Chile no puede ofrecerse un mandato fracasado.
Existe en Chile un pensamiento conservador que ataca frontalmente el liberalismo amparándose en el cristianismo. A falta de una palabra mejor, se le designa aquí como antiliberalismo, es decir, una crítica moral y filosófica del liberalismo y del tipo de sociedad al que conduce. Sigue siendo favorable a las libertades políticas, lo que obliga a distinguirlo del ilibéralismo que es una noción por la cual se busca mantener en el poder a un dirigente inicialmente elegido democráticamente, socavando desde adentro sus contrapesos institucionales. Bukele en El Salvador y Orbán en Hungría son hoy ejemplos de ello, y se cuestiona si los EE-UU de Trump también tomen esta dirección.
Esta crítica antiliberal ha adquirido una amplitud nueva en Chile desde hace unos quince años. La organizan think-tanks o círculos universitarios, a menudo de obediencia católica, aunque las corrientes evangélicas también participan. Pensadores como Robert Deneen, al que el vicepresidente estadounidense J. D. Vance se refiere, o Chantal Delsol son celebrados en estos círculos.
¿Por qué se reprocha al liberalismo haber fracasado, como lo indica el título de un libro de Robert Deneen, publicado por el IES en Chile? La razón es su individualismo que ha desestructurado los vínculos sociales, erosionado el espíritu público, lanzado falsas promesas de meritocracia y haber producido ciudadanos que se proclaman dueños de su libertad porque saben mantener a distancia el cuidado por el otro. Es una libertad que se construye sin los demás y, a veces, contra los demás, a quienes se rechaza en su soledad. Y como la violación de los derechos es algo intolerable, los nuevos derechos que el liberalismo ha distribuido con generosidad sólo sirven para ampliar la zona de lo intolerable. La sociedad se vuelve más conflictiva.
No se lograrán tratar los males del liberalismo con más liberalismo porque sus defectos se acumulan. Como los vínculos horizontales en la sociedad han sido dañados, sólo queda la estructura estatal para hacerse cargo de las necesidades de apoyo colectivo. El individualismo conduce entonces perversamente a confiar más en la tutela del Estado. Se produce una erosión de las iniciativas sociales, aquellas conducidas desde abajo según el principio de subsidiaridad promovido desde hace mucho tiempo por el gremialismo. (No se equivoca quien analiza esta corriente como una resurgencia del gremialismo.)
Contra esta deriva del liberalismo, se trata de recuperar referentes, una identidad construida a partir de un apego afectivo a cosas antiguas como la familia, la religión y la patria. Se necesita incluso cierta radicalidad social, pues ¿qué hacer con la libertad si la falta de vínculos sociales la vuelve inoperante? El ejemplo del divorcio es puesto de relieve. Es liberador por excelencia si el marco conyugal se vuelve opresivo. Pero eso, ante todo, para las clases acomodadas que tienen los medios para afrontarlo, mientras que suele ser destructivo, económica y socialmente, para muchos de los menos favorecidos —y sus hijos. El antiliberalismo se acompaña entonces de un discurso social, retomando ciertos temas del catolicismo social de antaño, pero con una tonalidad conservadora extrema.
Esta crítica existe también en la izquierda
Numerosos pensadores claramente situados a la izquierda, como Michael Sandel, Charles Taylor o Robert Castel, formulen críticas y frustraciones a veces parecidas. Se les ha podido tachar de comunitaristas. Pero la palabra, despectiva de manera inconsiderada, lleva una visión muy distinta a la de la derecha culturalista, especialmente en cuanto a los vínculos electivos que convienen a una buena sociedad, a la naturaleza del bien que debe importarse en la definición de justicia, y sobre todo por la importancia de la deliberación política, noción prácticamente ausente en el otro bando. Pero la frustración inicial es la misma: la de una sociedad que se ha vuelto anómica al despersonalizar las relaciones humanas y confiar demasiado en el poder liberador del contrato y del mercado.
La izquierda socialdemócrata ha sido tomada por sorpresa por el auge de este radicalismo moral. Está huérfana del papel identitario y estructurante que tenían la confrontación de clases y la sujeción salarial. Es más difícil crear solidaridad entre unos trabajadores dispersos y con estatutos múltiples. Ha buscado abrazar en la lucha política otros tipos de dominaciones, pero más difusas, menos nítidas, a veces antagónicas entre sí y con un poder de agregación inmediata menor que el que ofrecen las temáticas culturales recientemente movilizadas por la derecha. El trabajo será largo antes de encontrar un eje unificador.
El papel de la batalla cultural
Si la frustración inicial es la misma, dicen los intelectuales antiliberales, hay que evitar la confusión, hay que marcar la diferencia, hay que dar la «batalla cultural». Los nuevos temas de la izquierda, los meten todos en un gran saco: el wokismo o, como se dijo recientemente en un discurso que llamó la atención, los -ismos: feminismo, ambientalismo, indigenismo. Incluso algunos quieren utilizar el poder político de manera frontal para desmantelar lo que vean como un hegemonía cultural progresista de la izquierda, sin que se perciban, detrás de este programa de destrucción, las líneas maestras de la reconstrucción.
La retórica favorita de esta nueva derecha es la condescendencia con el manido tema del infierno lleno de buenas intenciones: sí, sus propuestas pueden ser generosas, pero son hipócritas, porque cuando aplicadas (por ejemplo, un divorcio aún más fácil), conduce a daños para los más desposeídos de quienes se declaran representantes. Es una condescendencia de segundo grado, porque se burla del pedestal moral sobre el que se situaría la izquierda (sí, hubo una desafortunada palabra de Jackson, que lo seguirá por el resto de su vida política), sin ver que ella misma se construye uno propio. Un columnista de La Tercera se complace en ello cada domingo hasta la saturación.
Un hecho relevante es que la batalla cultural pone en un segundo plano las temáticas económicas, es decir, el eje mercado vs. Estado que solía estructurar el debate derecha/izquierda. Se verá a partidos como el RN en Francia o Fratelli d’Italia mantenerse abiertos a los temas de la protección social y la intervención del Estado. Pero no así el Reform UK ni el Partido Republicano (salvo una fracción minoritaria del MAGA): jamás amenazarán a su industria financiera ni a sus grandes grupos porque, como patriotas, los ven como un activo soberano mayor. Para Chile, el anclaje «neoliberal» se mantiene porque forma parte del acervo cultural desde hace cuarenta años. Ya no se discute mucho en la derecha.
Nuestro nuevo presidente
Es obviamente la elección de Kast lo que impulsa estas reflexiones sobre el trasfondo filosófico del nuevo escenario político. Las visitas de Kast a Bukele y a Orbán y su discurso culturalista ante los partidos de ultraderecha del parlamento europeo pueden tanto inquietar como ser prueba de habilidad táctica para neutralizar una derecha aún más extrema.
Pero digámoslo con claridad: sería absurdo y políticamente imprudente hacer de antemano un proceso a Kast. Ser un católico conservador no es en modo alguno indicio de una inclinación iliberal. Cabe destacar que Kast no mantiene un discurso populista contra las élites tiránicas.
La deriva iliberal sólo resulta tentadora hasta cuando llegan, como es inevitable, las dificultades de toda gestión gubernamental, cuando se advierte en particular la dificultad de cumplir las promesas de crecimiento y seguridad. Se agita entonces la «batalla cultural» comenzando por la domesticación de las instituciones culturales, la universidad, luego los medios, antes de ir más lejos. Se pasa del «tú estás equivocado y yo tengo razón» al « te pesará estar equivocado».
Pero una vez más, desterremos esta idea y, como siempre, que toda la suerte acompañe a un presidente elegido democráticamente. Liberalismo o no, Chile no puede ofrecerse un mandato fracasado.
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