Opinión
Foto de contexto (archivo).
El desafío de transformar la tensión migratoria en oportunidad
El control ordenado de flujos migratorios genera condiciones para una mejor integración, mientras que la integración exitosa reduce las presiones que alimentan conflictos y tensiones que ponen en riesgo la cohesión social.
El debate sobre migración en Chile se ha polarizado entre quienes priorizan el control fronterizo y la seguridad y quienes enfatizan la integración y los derechos. Esta dicotomía, aunque comprensible en un contexto de cambios demográficos acelerados, resulta insuficiente para abordar la complejidad del fenómeno migratorio y sus efectos en el territorio. Por ello, avanzar en la implementación de políticas basadas en evidencia y experiencias de éxito es una condición necesaria para construir una política migratoria que sea tanto efectiva como justa, avanzando en seguridad e integración como procesos paralelos y complementarios.
El Índice de Tensión Migratoria, elaborado recientemente por el Centro de Políticas Migratorias, ofrece una radiografía reveladora: el 16,7% de la población de la Región Metropolitana experimenta un alto nivel de tensión vinculado a la migración. Esta cifra alcanza el 20,9% en la zona norte de Santiago, en comunas como Cerro Navia, Recoleta, Quilicura e Independencia, y el 20,6% en la zona poniente; es decir, Cerrillos, Estación Central, Maipú y Santiago. Estos datos reflejan experiencias concretas de competencia percibida por empleo, vivienda, salud, educación y beneficios públicos, además de conflictos relacionales cotidianos.
Las zonas norte y poniente de Santiago concentran los niveles más altos de tensión migratoria. Algunos de los factores que puede estar detrás de ello son la combinación de alta presión demográfica y migratoria y una crisis habitacional persistente que tensiona el acceso a vivienda y la habitabilidad. Esta presión se superpone con rezagos sociales y una capacidad fiscal municipal acotada, lo que reduce el margen de respuesta institucional.
En contraste, el 16,3% de la población de la zona sur percibe un nivel de tensión migratoria alto. Si bien son comunas que comparten niveles de vulnerabilidad, restricciones municipales, tensiones estructurales por servicios y empleo similares, es una zona que presenta menor concentración relativa de población extranjera. A su vez, la zona oriente exhibe menores rezagos, mayor capacidad municipal y acceso a servicios básicos, lo que contribuye a amortiguar impactos territoriales y se asocia a menores niveles de tensión migratoria, alcanzando el 9,0%.
Aquí hay que prestar atención a la brecha entre experiencia directa y percepción generalizada. Mientras solo el 16,7% experimenta un nivel de tensión alto según sus vivencias concretas, el 65% de la población cree que existe un “gran conflicto” entre chilenos e inmigrantes. Esta desconexión evidencia que el debate público sobre migración se ha construido más sobre percepciones amplificadas que sobre realidades específicas. Sin embargo, ignorar ese porcentaje de personas que sí experimenta tensión real sería un error estratégico que alimentaría las percepciones negativas que se busca combatir.
Ante este panorama, el riesgo es que la política migratoria de un giro pronunciado hacia el control y la seguridad, abandonando los esfuerzos de integración económica y social. Esta realidad es comprensible pero contraproducente. El control fronterizo, siendo necesario, no resuelve la convivencia en los barrios de Cerro Navia o Estación Central, donde ya conviven chilenos y extranjeros.
La seguridad, siendo prioritaria, no aborda la competencia por cupos escolares, horas médicas o empleos formales. Un enfoque exclusivamente restrictivo puede incluso empeorar la situación al aumentar la irregularidad, la informalidad laboral y la invisibilización de problemas que requieren soluciones institucionales.
La evidencia levantada nos conduce a poner el foco en las necesidades que tiene la población en distintas comunas del país, dónde identificar niveles altos de tensión migratoria puede ser el primer paso para anticiparse a conflictos mayores para chilenos y migrantes. Los municipios más tensionados necesitan recursos y capacidades técnicas para gestionar la convivencia local, mediar conflictos y facilitar el acceso a servicios tanto para chilenos como para extranjeros.
El desafío no es elegir entre control o integración, sino reconocer que ambos son necesarios y complementarios: el control ordenado de flujos migratorios genera condiciones para una mejor integración, mientras que la integración exitosa reduce las presiones que alimentan conflictos y tensiones que ponen en riesgo la cohesión social.
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