Opinión
BBC
Irán y las próximas cuatro semanas de incertidumbre estratégica
La pregunta no es cuánto puede durar la guerra, sino si las partes lograrán mantenerla dentro de los límites que creen poder controlar. Y frente a eso, la historia enseña que el mayor riesgo en las guerras breves es la ilusión de que pueden tener un final predecible.
Cuando Donald Trump afirma que la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán podría durar “unas cuatro semanas”, no está describiendo una estimación técnica del Pentágono, sino fijando un marco político. En la lógica estadounidense, una guerra breve es controlable; una guerra prolongada erosiona el apoyo interno, los mercados y el liderazgo internacional. Pero las guerras rara vez obedecen al calendario del líder que las anuncia y lo que ya se ha visto en los primeros compases de este conflicto sugiere que estamos ante algo más que una operación punitiva.
La primera etapa –que está en desarrollo desde el sábado pasado– es la fase de degradación intensiva. El objetivo inmediato de Washington y Jerusalén no es ocupar territorio ni forzar una capitulación clásica, sino reducir capacidades críticas: defensas aéreas, infraestructura vinculada al programa nuclear, depósitos de misiles y drones, redes de mando y control.
Es una campaña diseñada para alterar el equilibrio estratégico en cuestión de días. Sin embargo, este tipo de operaciones tiene un límite: cuanto más profundo se golpea el corazón de la estructura estatal iraní, mayor es la presión interna sobre Teherán para responder de manera visible. Por lo tanto, la contención inicial puede transformarse en necesidad de demostrar resiliencia.
La segunda etapa, probablemente dentro de la primera semana completa de enfrentamientos, será la guerra de la calibración. Aquí la pregunta no es cuánto daño puede infligirse, sino cuánto daño puede infligirse sin provocar una expansión incontrolable. Irán posee herramientas de respuesta asimétrica: milicias aliadas, capacidad de hostigamiento marítimo, drones y misiles de saturación.
Si decide activar plenamente ese repertorio, el conflicto podría expandirse aún más en la región del Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, donde transita el 20% del petróleo mundial. En ese escenario, el precio del barril de crudo y los costos de transporte dejarían de ser variables económicas para transformarse en instrumentos de presión política.
La tercera etapa, hacia la segunda y tercera semana, será la batalla por la narrativa y la legitimidad. Ninguna de las tres capitales involucradas puede permitirse aparecer como derrotada. Washington necesita mostrar eficacia sin quedar atrapado en otro conflicto prolongado en Medio Oriente.
Israel necesita restaurar disuasión estratégica en un entorno donde su margen de seguridad percibida se ha estrechado. Irán, por su parte, debe proyectar fortaleza interna para evitar que el conflicto erosione la cohesión del régimen. En esta fase, las decisiones no se toman solo con mapas militares, sino con encuestas, mercados y cálculos de estabilidad doméstica.
La cuarta etapa, si el conflicto se acerca efectivamente al horizonte de las cuatro semanas o incluso más allá, plantea una bifurcación clara. O bien se abre una ventana de desescalada negociada –probablemente indirecta, con intermediarios regionales– que permita declarar cumplimiento parcial de objetivos, o bien ocurre un evento disruptivo que cambia la naturaleza de la guerra: un ataque con víctimas masivas, un error de cálculo en territorio de un tercero, un incidente naval mayor.
La historia reciente muestra que los conflictos limitados no suelen escalar por voluntad declarada, sino por acumulación de decisiones tácticas que nadie logra frenar a tiempo.
Para economías abiertas como la chilena, estas cuatro semanas no son un espectáculo lejano, sino un período de exposición estratégica. Energía, seguros marítimos, volatilidad cambiaria, impacto en el cobre y en la percepción de riesgo global. En un mundo interconectado, el Golfo Pérsico puede sentirse en Santiago con pocas horas de diferencia.
Trump habla de un mes. Pero la pregunta no es cuánto puede durar la guerra, sino si las partes lograrán mantenerla dentro de los límites que creen poder controlar. Y frente a eso, la historia enseña que el mayor riesgo en las guerras breves es la ilusión de que pueden tener un final predecible.
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