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El ataque de Estados Unidos y el riesgo de otro Estado fallido
Suponiendo que Estados Unidos e Israel lograran efectivamente su propósito de terminar con un régimen teocrático que se acerca a los 50 años de antigüedad, ¿hay motivos para pensar que el efecto que habría en territorio iraní sería opuesto a esas experiencias? La verdad es que muy pocos.
Complementando la columna del profesor Robert Funk, publicada el 3 de marzo con el título “Irán, el poder y el fin de las ilusiones”, es necesario visualizar los riesgos que supone una posible caída del régimen de ese país como efecto de los ataques efectuados por Estados Unidos e Israel, imponiendo las reglas mediante el poder.
Si bien las circunstancias son distintas y los acontecimientos bélicos recientes no han involucrado todavía a tropas terrestres en territorio persa, el gobierno norteamericano ha expresado públicamente su intención de terminar con el régimen de los ayatolás por ser una dictadura y presuntamente estar desarrollando armas nucleares, argumento similar al utilizado hace 23 años por Washington para invadir Irak y derrocar a la Saddam Hussein.
Como es de público conocimiento, el régimen totalitario de este último fue depuesto, pero las armas de destrucción masiva que justificaron tal acción bélica nunca fueron encontradas y tampoco se instauró en ese país una democracia donde los ciudadanos gocen de libertades occidentales, como Estados Unidos pretendía hace más de dos décadas. Todo lo contrario, el territorio iraquí se convirtió en un “Estado fallido”, terreno fértil y propicio para que organizaciones terroristas como Al Qaeda y su filial Estado Islámico, más otras células yihadistas, bajo el liderazgo de los denominados “señores de la guerra” , se organizaran para perpetrar ataques mortales contra tropas y funcionarios norteamericanos apostados en ese país, como también brutales atentados en Gran Bretaña, España, Francia, Alemania, entre otros.
Una situación similar se vivió con la caída de la dictadura de Muamar Gadafi hace casi 15 años, gracias a la intervención militar occidental. Aunque se trató de bombardeos aéreos durante un período mucho más acotado, la ilusión de crear una democracia en ese país quedó en sólo eso: una ilusión. Posterior al término de esa tiranía de más de cuatro décadas el país quedó sumido en una anarquía total, convirtiéndose en una amenaza más para sus vecinos en el norte de África.
Entonces, suponiendo que Estados Unidos e Israel lograran efectivamente su propósito de terminar con un régimen teocrático que se acerca a los 50 años de antigüedad, ¿hay motivos para pensar que el efecto que habría en territorio iraní sería opuesto a esas experiencias? La verdad es que muy pocos.
Es más, hay una alta probabilidad de que Irán también se convierta en un Estado fallido en lugar de una democracia estilo occidental, representativa, con elecciones libres y transparentes, separación de poderes, etc.
Este futuro poco alentador respondería, principalmente, a una idea expuesta en 1994 por el experto británico en geopolítica Peter J. Taylor, asegurando que Occidente en general ha enfrentado dificultades para imponer su modelo político, ya que no siempre considera realidades locales. Por ejemplo, la nación persa y su población, durante siglos, jamás han experimentado este tipo de sistema político liberal y el fracaso de experimentos que se han intentado durante los últimos 30 años en Irak, Libia, Afganistán, Somalía, entre otros, le dan la razón al académico.
Se trata de experiencias que han demostrado la vigencia de un planteamiento del reconocido politólogo norteamericano Francis Fukuyama, plasmado en un libro que tiene más de dos décadas, cuando sostuvo que “la comunidad internacional no ha logrado grandes avances en cuanto a la creación de Estados autosostenibles en ninguno de los países que se han propuesto reconstruir”.
De esta manera, la posible caída total del régimen iraní, originada por una intervención militar extranjera, podría generar un escenario aún más peligroso que su mantención, para adversarios regionales como Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Bahrein y el mismísimo Israel. Un enorme arsenal convencional quedaría a disposición de grupos insurgentes capaces de provocar catastróficos atentados en esos países y Occidente.
Todo, a menos que el Presidente Donald Trump tenga lista una estrategia contundente, concreta e inédita capaz de lograr resultados opuestos a los de sus antecesores.
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