Opinión
BBC
Irán, el poder y el fin de las ilusiones
El ataque estadounidense-israelí probablemente será recordado menos como una aberración legal y más como otro hito en la transición entre una época en la que el orden descansaba en reglas respaldadas por un poder y otra en la que el poder vuelve a definir las reglas.
Tras el ataque contra la República Islámica de Irán, un montón de países, la ONU y los expertos en derecho internacional respondieron con una indignación previsible. Invocan el artículo 2(4) de la Carta de la ONU, que prohíbe el uso de la fuerza y destaca los principios de soberanía y no intervención. Argumentan que, en ausencia de un ataque armado inminente, el ataque fue ilegal y que el asesinato de un jefe de Estado viola las normas fundamentales. Una escalada de este tipo, sin un mandato del Consejo de Seguridad, erosiona el orden internacional basado en reglas.
El derecho internacional fue diseñado precisamente para prevenir la guerra preventiva y la decapitación de un régimen. Desde esa perspectiva, el ataque parece confirmar los temores de que hoy por hoy es el poder, y no la ley, el que gobierna los asuntos internacionales.
Dichos argumentos se basan en una premisa más fundamental: que lo ocurrido fue un acto no provocado. Esa premisa es mucho más difícil de sostener.
Cuando surgió la República Islámica de Irán en 1979, la postura antioccidental no se limitó a la mera retórica. “Muerte a América” no era un eslogan desvinculado de la política, sino que estuvo acompañado de acción.
En 1983, 250 soldados estadounidenses y 58 ciudadanos franceses murieron en el atentado contra los cuarteles de Beirut perpetrado por Hezbolá, un movimiento creado, entrenado y financiado por la Guardia Revolucionaria de Irán.
Durante las décadas de 1980 y 1990, las redes respaldadas por Irán participaron en la toma de rehenes, bombardeos y operaciones extraterritoriales. Durante la guerra de Irak, milicias alineadas con Irán mataron a cientos de tropas de la coalición internacional. En Gaza, Hamás y la Yihad Islámica recibieron financiamiento, armas y entrenamiento de Teherán.
A la vez, Irán y Arabia Saudita entraron en una larga competencia por dominar la región. La guerra civil siria se convirtió en una batalla de poder entre milicias organizadas por Irán y grupos opositores respaldados por Arabia Saudita. En Yemen, la insurgencia hutí se transformó en una guerra regional en la que se lanzaron misiles hacia territorio saudita. Las que parecían guerras civiles localizadas eran, en realidad, batallas dentro de una confrontación más amplia entre modelos rivales –una república chiita revolucionaria frente a una monarquía sunita conservadora, pero cada vez más occidentalizada.
Grupos vinculados a Irán también llevaron a cabo atentados en Europa, incluyendo el asesinato de líderes de oposición en un restaurante de Berlín y el atentado a un bus turístico en Bulgaria en 2012. El atentado a la embajada israelí de 1992 y el ataque de 1994 a la AMIA en Buenos Aires fueron atribuidos por fiscales argentinos a operativos de Hezbolá, actuando con apoyo iraní.
Desde 2022, Irán le ha entregado misiles y drones a Rusia para apoyar la invasión de Ucrania y, según la BBC, ha hecho lo mismo con el régimen venezolano. En 2023, Irán firmó un acuerdo con Bolivia para proporcionar ayuda y tecnología militar. No debiera sorprender, entonces, que sucesivos gobiernos estadounidenses hayan expresado preocupación por la creciente presencia de Irán en América Latina.
Luego, a principios de los años 2000, inspectores internacionales descubrieron instalaciones de enriquecimiento en Natanz y Arak. El acuerdo nuclear de 2015 logró un respiro temporal, pero Irán mantuvo la capacidad de enriquecimiento y amplió su programa de construcción de misiles. Después de 2018 los niveles de enriquecimiento volvieron a subir hacia niveles que permitían la construcción de armas nucleares. La convergencia entre la competencia por la hegemonía regional y la capacidad nuclear no representaba un problema hipotético, sino una amenaza muy real.
Los acontecimientos domésticos dentro de Irán sin duda contribuyeron a la situación actual. Las olas de protestas de los últimos años –especialmente aquellas provocadas por la profunda crisis económica y restricciones sociales para las mujeres– revelaron una sociedad mucho menos unida en torno al proyecto revolucionario de lo que se suponía, y obligaron a las autoridades a dedicar más recursos al control interno. La matanza más reciente, tal vez de decenas de miles de personas, erosionó todavía más la legitimidad del régimen.
Visto desde esta perspectiva, la afirmación de que la ofensiva del fin de semana fue “no provocada” resulta mucho menos sostenible. Puede que viole las interpretaciones formalistas del derecho internacional, pero no ocurrió en un vacío. Se produjo después de más de 45 años de conflicto de baja intensidad, en los que Irán llamó abiertamente al conflicto y buscó consistentemente perturbar el equilibrio regional.
Lo que revela el conflicto actual, entonces, tiene menos que ver con la ley y más con la distribución emergente del poder. Como dijo el primer ministro canadiense, Mark Carney, en su discurso en Davos, el momento post 1989 –cuando la hegemonía estadounidense sustentaba un orden liberal basado en reglas– se acabó.
En un entorno como ese, un error estratégico conlleva consecuencias severas. El ataque del 7 de octubre por parte de Hamás y con apoyo de Irán desencadenó una cascada en toda la región. Si la intención fue consolidar un eje de resistencia antioccidental, el resultado ha sido todo lo contrario. De hecho, la respuesta persa de atacar a estados vecinos como los Emiratos Árabes, Catar, Kuwait y Arabia Saudita, solo servirá para consolidar la nueva alianza regional antiiraní.
Irónicamente, este orden más caótico es precisamente lo que los Estados revisionistas han defendido durante mucho tiempo. Durante años, líderes desde Beijing hasta Caracas han argumentado que el orden liberal y la democracia occidental son hipócritas (puede ser que no estuvieran tan equivocados: la disonancia entre la reacción de los progresistas occidentales a Gaza y la muerte de decenas de miles de manifestantes prodemocracia iraníes no ha pasado inadvertida).
Abogaban por un mundo multipolar, donde diversos bloques de poder podrían actuar sin restricciones hegemónicas. Ese mundo está llegando, pero la multipolaridad no elimina la coacción, sino que la multiplica. Sin un árbitro dominante, la disuasión se vuelve más inmediata y brutal. Las líneas rojas no se hacen cumplir con resoluciones, sino con ataques aéreos.
La tragedia es que en cierto sentido ambos lados tienen razón: los liberales, al decir que la erosión de las normas legales debilita la estabilidad, y los realistas, al ver que cada vez más es el poder bruto el que logra mantener equilibrios. El ataque estadounidense-israelí probablemente será recordado menos como una aberración legal y más como otro hito en la transición entre una época en la que el orden descansaba en reglas respaldadas por un poder y otra en la que el poder vuelve a definir las reglas.
No sabemos cómo se desencadenará la situación en Irán. Es un país enorme con una rica cultura y una historia milenaria, de los pocos Estados en el Medio Oriente, junto con Egipto, Turquía e Israel, que pueden rastrear su historia a tiempos antiguos. Eliminar al líder supremo no derrocará el régimen.
Lo que sí está claro es que los futuros líderes del país persa deberán estar conscientes de que el mundo no es el mismo que en 1979, cuando la URSS vio en la revolución islámica una forma de derrocar a un aliado de Estados Unidos, ni es el de 2009, cuando el presidente Obama se negó a tomar acciones para apoyar las protestas prodemocráticas (decisión de la cual años más tarde se arrepintió). Es otro mundo, cuyas reglas aún están en construcción, pero donde se han extinguido las ilusiones.
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