Opinión
Imagen de archivo (Hans Scott/AgenciaUno)
El pastor Rocha y los evangélicos
Si algunos líderes evangélicos han alzado la voz contra el pastor Rocha por hacer reír cabe preguntarse por qué no lo hacen con igual fuerza frente a discursos de odio o prácticas económicas opacas dentro de sus propias filas.
Aristóteles definía al ser humano como homo risibilis, es decir, como un ser que ríe. Aunque la etología ha demostrado que no somos la única especie que manifiesta conductas análogas a la risa, esta sigue siendo un rasgo profundamente humano y cultural. Sin embargo, el humor no siempre es bien recibido. Durante el mes de febrero, las redes sociales —especialmente en el mundo evangélico— se agitaron ante la presentación del pastor Rocha en calidad de comediante. Las reacciones críticas frente al humor, no obstante, no constituyen una novedad histórica.
Con frecuencia se ha pensado que la Edad Media —época en la que la Iglesia Católica detentaba un poder abrumador— fue un tiempo sombrío, carente de humor, risa y alegría. Sin embargo, existen ejemplos que desmienten esa imagen. El risus paschalis (“risa de Pascua”), destacado por la teóloga Maria Caterina Jacobelli, fue una práctica medieval vinculada al tiempo pascual que, tras la austeridad de la Cuaresma, celebraba la Resurrección mediante la risa. En ese período, algunos sacerdotes buscaban provocar la alegría de los fieles incluso a través de chistes o gestos procaces dentro del espacio sagrado, entendiendo la risa como expresión de triunfo y renovación espiritual, capaz de reforzar los vínculos entre la comunidad creyente y Dios.
Al mismo tiempo, como señala Jacques Le Goff, la Iglesia medieval mantuvo una actitud ambivalente —aunque predominantemente desconfiada— frente a la risa. En el contexto monástico, reír rompía el silencio, virtud esencial de la vida religiosa, y atentaba contra la disciplina y la humildad, pilares del ideal ascético. Sin embargo, incluso allí existían las joca monacorum (bromas de monjes). De modo semejante, aun dentro de una religiosidad de tono cuasimonacal —como observaba el sacerdote Ignacio Vergara al afirmar que “los hermanos evangélicos no ríen”— podría hablarse hoy de una joca pastorum: bromas de pastores. La diferencia es que estas solían desarrollarse en espacios intraevangélicos y no en un escenario carnavalesco y masivo como el Festival de Viña del Mar.
La risa es inherentemente social: donde hay comunidad, hay humor. Incluso en la Edad Media, frecuentemente caracterizada como “oscura” por el iluminismo, existió —como destaca Bajtín— una cultura cómica popular que convivía con la cultura oficial de la Iglesia. A la vez, Bajtín recuerda la figura de los agelastoi, aquellos que no reían y despreciaban la risa. El poder suele mostrarse incómodo ante el humor: emperadores, reyes, religiosos y dictadores han perseguido —y siguen persiguiendo— a quienes satirizan su autoridad. El humor puede reprimirse y, en ocasiones, instrumentalizarse para estigmatizar a grupos vulnerables. No obstante, el humor político, religioso y social posee la capacidad de invertir simbólicamente el orden; sin llegar quizá a la radicalidad ritual de las saturnales romanas, puede resultar igualmente subversivo y reflexivo.
En este contexto, el pastor Rocha no es simplemente un comediante, sino un mensajero dentro de una estructura de poder pastoral. No se trata de ir contra el mensajero, sino de analizar el mensaje. Ser pastor evangélico —ya sea protestante o pentecostal— implica ejercer un poder social, cultural, político y simbólico significativo, especialmente en barrios populares, sectores rurales y comunidades indígenas, donde la autoridad religiosa puede entrelazarse con formas de autoridades culturales, sociales y políticas (yatiris, caciques, dirigentes sindicales o patrones). Existen también pastores que dirigen megatemplos y administran ingentes recursos económicos, cuestión que, en una sociedad desigual como la chilena, debiera ser objeto de mayor transparencia (aperturas de secretos bancarios); quizá allí haría falta un humor más satírico y mordaz.
Si algunos líderes evangélicos han alzado la voz contra el pastor Rocha por hacer reír cabe preguntarse por qué no lo hacen con igual fuerza frente a discursos de odio o prácticas económicas opacas dentro de sus propias filas, como en los casos de los pastores Soto o Durán, situaciones que parecen más heréticas que la irreverencia humorística.
En el Chile actual conviven, así, dos representaciones mediáticas: el pastor que hace reír y el pastor que fomenta el odio; el pastor de barrio solidario con el prójimo y el pastor que concentra riqueza y poder político, alineado con los sectores dominantes. Aunque, faltaría una tercera figura: el pastor teólogo y maestro, tan desconocido mediáticamente. Cabe recordar, que en el mundo evangélico también existen las Pastoras, quienes rigen las iglesias con lógicas distintivas del patriarcado.
En definitiva, el humor es esencialmente irreverente frente al poder: subvierte simbólicamente el orden y, al hacerlo, puede convertirse en un signo de apertura, sociabilidad y honestidad.
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