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La paradoja de la regresión democrática Opinión Archivo

La paradoja de la regresión democrática

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Andrés Velasco
Por : Andrés Velasco Exministro de Hacienda. Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science
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Las instituciones democráticas son más que un conjunto de reglas abstractas. Están a cargo de personas, y son esas personas con quienes los votantes están furiosos. La buena noticia es que es posible cambiar a dichas personas por otras menos arrogantes y distantes.


Supón que alguien coarta tu libertad y te dice lo que tienes que hacer. Quizá incluso te ate las manos detrás de la espalda y te cause dolor. Por muy terrible que eso parezca, te encanta. En el ámbito de lo privado, tal fenómeno lleva el nombre de Leopold von Sacher-Masoch, un noble austríaco del siglo XIX cuya ficción erótica desplegaba una pulsión por el dolor. Un fenómeno parecido ocurre en el ámbito de lo público: los líderes autoritarios y populistas erosionan las libertades civiles, debilitan los mecanismos de control y contrapeso de las democracias, e intimidan a la prensa y al poder judicial. Pero en vez de lanzarse a las calles a protestar, a muchos votantes esto parece encantarles.

Ningún país ejemplifica este impulso masoquista mejor que la India. Según afirma Maya Tudor, de la Universidad de Oxford, bajo el primer ministro Narendra Modi “las instituciones democráticas claves han permanecido formalmente en su lugar mientras que las normas y las prácticas que sustentan la democracia se han deteriorado de manera sustancial”. Ya en 2021, Freedom House, un centro de vigilancia de la democracia, cambió su calificación de la India desde “libre” a “parcialmente libre”. El mismo año, el proyecto Varieties of Democracy (V-Dem) de la Universidad de Gotemburgo denominó al país una “autocracia electoral”. Pero nada de esto parece importar. Modi sigue siendo uno de los líderes más populares del mundo, con un índice de aprobación del 67% según una encuesta reciente.

México presenta un caso similar. Su presidente anterior, Andrés Manuel López Obrador (conocido como AMLO), hostigó a la oposición, repletó con sus compinches agencias que antes eran independientes, y diseñó una reforma que puso fin a toda la independencia que pudo tener el Poder Judicial. De acuerdo con V-Dem, durante el gobierno de AMLO, México sufrió un “colapso antidemocrático”. Sin embargo, dejó su cargo con un índice de aprobación cercano al 80% y su sucesora, Claudia Sheinbaum, a quien él personalmente escogió, triunfó en las urnas con una amplia mayoría.

Estos distan de ser los únicos ejemplos. El Salvador, Polonia, Hungría, Turquía, Israel, Malasia, Filipinas y Perú han tenido líderes que se tomaron a la ligera las reglas de la democracia y sin embargo conservaron su popularidad. Jair Bolsonaro, el expresidente de Brasil que ahora está en la cárcel, envió a sus esbirros a invadir el Congreso en 2023, luego de haber perdido su reelección. Sin embargo, todavía es venerado en algunos sectores –tanto así que los sondeos sugieren que su hijo, Flávio, podría derrotar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones a realizarse el próximo octubre–. Es como si los pavos, sabiendo que terminarán en el asador, celebraran la llegada de la Navidad.

¿Por qué sucede todo esto? Esta pregunta se vuelve más urgente ahora que este noviembre tocan elecciones de mitad de mandato presidencial en Estados Unidos. Muchos demócratas sostienen que, porque el presidente Donald Trump ha sido tan descaradamente autoritario, los electores se volcarán a las urnas para votar en su contra. La historia sugiere que tanto optimismo puede ser infundado.

Algo que puede explicar la reacción adversa hacia la democracia liberal es que, en muchos países, la política se ha vuelto excesivamente liberal e insuficientemente democrática. Esto parece paradójico, así que permítanme aclarar.

Una definición de la democracia es simplemente el gobierno de la mayoría. Una democracia liberal añade derechos individuales y mecanismos de control y equilibrio para asegurar que el gobierno de la mayoría no se convierta en tiranía. Los tribunales independientes, las agencias gubernamentales autónomas y los reguladores especializados pueden –y muchas veces, deben–oponerse a la voluntad de la mayoría.

Quizá las masas exijan dinero a bajo costo, pero un banco central independiente puede negarse a recortar las tasas de interés. La mayoría puede querer limitar el ejercicio de su fe a una minoría religiosa, pero es probable que un tribunal estime que una ley de ese tipo es inconstitucional. Cuando esto sucede con demasiada frecuencia, dice la teoría, la mayoría se irrita y empieza a tolerar que se pisoteen las normas de la democracia liberal con tal de que sus aspiraciones se traduzcan en políticas.

Esta explicación es ingeniosa, pero demasiado abstracta. Un votante no se levanta en la mañana pensando que debe luchar contra la transgresión a las preferencias de la mayoría. Pero algunos se pueden levantar pensando que los burócratas de alto rango, los jueces y los gobernadores del banco central son miembros de una elite arrogante, a la que es fácil despreciar. Si agregamos una pizca de populismo al cuento, se vuelve bastante más plausible. La tensión entre los ciudadanos comunes y corrientes y los burócratas sabelotodo se agudiza cuando estos últimos además son extranjeros, como sucede en la Unión Europea.

En su extremo, sostiene un estudio hecho por cuatro académicos israelíes, el apoyo a la regresión democrática se reduce a los liderazgos personalistas y a lo que los politólogos llaman “polarización afectiva”: si mi amado líder lucha contra las elites obstruccionistas que yo detesto, ¿a quién le importa si al hacerlo viola unas pocas reglas e ignora algunas de las sutilezas de la democracia?

Esta conclusión podría parecer una mala noticia; pero no lo es, porque sugiere que lo que experimentamos por estos días no es una reacción violenta contra la democracia en sí misma. Las instituciones democráticas son más que un conjunto de reglas abstractas. Están a cargo de personas, y son esas personas con quienes los votantes están furiosos. La buena noticia es que es posible cambiar a dichas personas por otras menos arrogantes y distantes, mientras mantenemos y defendemos las reglas básicas de la vida democrática.

Quizás la democracia no sufra a causa de sus fracasos (por ejemplo, su supuesta incapacidad para cumplir lo prometido) sino de sus éxitos. Era fácil amar la democracia cuando era una causa insurgente, como en Europa Oriental durante el comunismo, en Sudáfrica durante el apartheid, o en América Latina durante las dictaduras de los 70 y 80. Pero se volvió fácil despreciar la democracia una vez que se convirtió en el sistema de las clases dirigentes, un sistema poblado por burócratas de traje oscuro que hablan una jerga incomprensible.

Por lo tanto, el cliché de que la cura para las dolencias de la democracia es más democracia, resulta parcialmente equivocado. Lo que hace falta es una democracia más plebeya. Exigirla debe ser nuestro grito de guerra.

Traducción de Ana María Velasco

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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