Publicidad
Mujeres en la justicia: la historia que falta contar Opinión Archivo (AgenciaUno)

Mujeres en la justicia: la historia que falta contar

Publicidad
Susan Sepúlveda y Verónica Vymazal
Por : Susan Sepúlveda y Verónica Vymazal * Susan Sepúlveda Chacama es jueza del Tercer Juzgado de Familia de Santiago. Presidenta Regional Santiago de la ANMM * Verónica Vymazal Bascopé es jueza del Juzgado de Familia de Osorno, Presidenta de la Regional Valdivia-Osorno de la ANMM
Ver Más

La fortaleza y profundidad de nuestra democracia requiere de una memoria institucional construida con las mujeres y, como juezas, debemos ser parte de esta elaboración, incluyendo en el ejercicio de nuestra labor esa esencia, esa experiencia de vida que otro no puede incluir por nosotras.


La llegada de la primera mujer a la presidencia de la Corte Suprema invita a una pregunta más profunda: ¿qué historia ha contado el Poder Judicial sobre las mujeres y qué memoria quiere construir hacia el futuro?

Las instituciones no solo se definen por sus normas o por quienes las dirigen, también se definen por las historias que cuentan sobre sí mismas.

Por más de dos siglos, la Corte Suprema de Chile tuvo un rostro de hombre en su presidencia. Este año, por primera vez, cambia. Y con ocasión del 10 de marzo, Día Internacional de la Jueza, nos parece que este es un momento para invitar a pensar en la memoria institucional de la justicia.

Durante buena parte de su historia, el Poder Judicial tuvo un rostro bastante homogéneo. No necesariamente por una decisión explícita, sino porque la cultura jurídica y social, como muchas otras instituciones de la vida pública, se construyó durante largo tiempo sobre un modelo masculino de autoridad y liderazgo.

Las mujeres hemos tardado siglos en llegar a estos espacios de poder. Las primeras debieron superar barreras, enfrentar prejuicios, romper mitos y, cuando logran ocupar estos cargos, se han enfrentado a estructuras diseñadas y pensadas por y para hombres.

Por eso, hoy es inevitable hacerse varias preguntas: ¿en qué lugar de la historia hemos estado las juezas y en qué lugar seguiremos estando? ¿Qué relatos se han construido sobre nosotras y cuáles estamos llamadas a construir hacia el futuro?

La memoria institucional no es simplemente un archivo de acontecimientos, es el relato que una comunidad construye para comprender su propia evolución. Define qué trayectorias se reconocen, qué experiencias se integran al relato común y cuáles quedan relegadas al silencio.

Para muchas mujeres dentro del Poder Judicial, el hecho de que hoy nuestra institución esté liderada por una de nosotras, se siente como una reescritura de la memoria institucional, la apertura de un nuevo capítulo en la historia de la justicia chilena. Porque nuestra presencia en su interior no ha estado –ni está– separada de las vivencias históricas de las mujeres en Chile. Los avances, resistencias y tensiones que han marcado la trayectoria de las juezas coinciden con las vivencias de las mujeres chilenas, en diversos ámbitos, son transversales a nuestra sociedad.

Sin embargo, todavía sabemos poco de esa historia, se habla poco de ella. Y muchas veces han sido las propias mujeres quienes hemos debido levantar la voz para nombrar y reconstruir nuestra memoria dentro de la institución. Cuando se cumplieron cien años de las cuentas públicas del Poder Judicial, la jueza Pilar Maturana, en uno de los capítulos del texto preparado para esa conmemoración, visibilizó la historia de las mujeres al interior de la institución y reconoció su aporte a la construcción de la justicia, evidenciando así la persistente ausencia de una memoria institucional que las incorpore plenamente.

Este desafío sigue vigente, porque hoy no solo se trata de que los registros nos incluyan. Es necesario que las instituciones reconozcan nuestra presencia, la diversidad de experiencias, trayectorias y de formas de ejercer la función judicial. Porque la diversidad no es una concesión ni un gesto simbólico, es un valor democrático.

La antropóloga Marcela Lagarde lo ha planteado con claridad: la presencia de las mujeres en los espacios de poder no busca reproducir las lógicas del orden patriarcal, sino democratizar esos espacios, sus estructuras, sus prácticas y su cultura desde una perspectiva de género. Cuando las mujeres ocupan instituciones –dice Lagarde– no solo se integran a ellas, también las transforman. Y esa transformación no ocurre de manera inmediata ni aislada: es un proceso histórico, hecho de avances graduales, de tensiones y de disputas por el sentido de las instituciones.

Con el tiempo, esas transformaciones también se vuelven memoria. Se incorporan al relato colectivo y modifican la manera en que entendemos el ejercicio del poder, ampliando las posibilidades de quienes vendrán después.

Tal vez dentro de algunos años ver a una mujer presidir la Corte Suprema dejará de ser noticia. Será simplemente parte natural de la historia de la justicia, de la historia de Chile y, cuando eso ocurra, significará que algo más profundo habrá cambiado: la memoria colectiva con la que entendemos nuestras instituciones.

Porque las instituciones democráticas no se transforman únicamente cuando cambian sus autoridades o cuando una o más mujeres llegan a ocupar posiciones de poder. La verdadera transformación ocurre cuando la institución es capaz de integrar en su propia cultura las experiencias, vivencias, miradas y trayectorias de quienes históricamente han estado al margen de esos espacios.

Ese proceso implica ampliar el relato institucional, reconocer a quienes han contribuido a su construcción y permitir que nuevas formas de entender el ejercicio del poder se incorporen a su identidad. De ese modo, la transformación deja de ser un hecho aislado y se convierte en parte de la memoria institucional, una memoria más amplia y plural que refleja a quienes han formado y forman parte de la organización.

Así, en ocasiones anteriores, citando a Mary Beard, lo hemos dicho: “No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”.

De esta forma, la fortaleza y profundidad de nuestra democracia requiere de una memoria institucional construida con las mujeres y, como juezas, debemos ser parte de esta elaboración, incluyendo en el ejercicio de nuestra labor esa esencia, esa experiencia de vida que otro no puede incluir por nosotras.

Y porque, en definitiva, recordar y construir memoria también es una forma de hacer justicia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad