Opinión
De la guerra, mejor no hablar
Hablar de la guerra, entonces, no como una abstracción, sino como el conflicto del que somos testigos a nivel global, puede ser, por el contrario, una salida, aunque sea pequeña.
Suelo contar la anécdota —si es que puedo llamarla así— de que, de niña, cuando me ponía “mañosa”, mi papá, como buen descendiente de migrantes yugoslavos que huyeron de las guerras austrohúngaras, me advertía: “Cuando venga la guerra, vas a comer guarenes”. Era fines de los años ochenta y, salvo la dictadura —que no fue una guerra, por cierto—, no había cómo imaginar que viniese una. Él no hablaba en condicional; lo hacía con convicción. En cambio, para mí la guerra era algo lejano, tanto geográfica como temporalmente. La estudiábamos en las clases de historia universal y de historia de Chile.
Aprendíamos sus fechas, causas, triunfos, próceres y los nombres de batallas y desembarcos. Nunca números: cantidad de ciudades destruidas, prisioneros de guerra, ejecuciones, soldados caídos y civiles, llamados con el eufemismo de “daños colaterales”. Por ningún motivo empleábamos palabras como exterminio, crímenes de guerra, injusticia y horror. Eran guerras de “papel”: pruebas, libros de materia, cronologías que nos ofrecían un “juego de lenguaje” en el que bastaba con dar vuelta a la página y no hablar más de ellas, sin detenernos a pensar qué comían, cómo dormían o cómo sobrevivían sus víctimas.
A marzo de 2026, más de medio centenar de conflictos armados siguen activos en el mundo. Ucrania, Gaza, Sudán, Yemen, Siria, Myanmar, la República Democrática del Congo, Haití, son algunos de los nombres de países que circulan en los titulares, pero que rara vez logramos integrar en nuestra experiencia cotidiana. Algunos ocupan la agenda global durante semanas; otros desaparecen del radar aunque la violencia no disminuye. Son guerras de distinta intensidad y escala, pero comparten la muerte, las ciudades prácticamente desmanteladas, las migraciones y los desplazamientos forzados masivos, además de generaciones enteras que crecen bajo el asedio de eventos adversos tempranos, si no traumáticos. En buena parte de estos conflictos, de manera directa o indirecta, se encuentran implicadas grandes potencias —Estados Unidos, Rusia, China, Israel, Irán, Corea del Norte y otras europeas— ya sea mediante apoyo militar, financiamiento, alianzas estratégicas o disputas geopolíticas que exceden los territorios donde la violencia se despliega, así como su racionalidad. Las guerras “locales” rara vez son solo locales; como hemos visto en la trama dibujada por Trump, el presidente de los Estados Unidos, se inscriben en ambiciones globales y disputas por recursos e influencia.
Hago scroll, casi hipnotizada, en mi cuenta de Instagram y mi algoritmo ha decidido que es mejor no pensar en la guerra —al menos no seriamente, no críticamente—: memes sobre la III Guerra Mundial, llamados impresos en galletitas de la fortuna con mensajes a “resolver pendientes” antes de su advenimiento, análisis geopolíticos con mapas marcados con pequeños y ascéticos puntitos, y por estos lados festejos y expresión de alivio por habitar el “fin del mundo” como un privilegio geográfico. De manera que no es que no se hable de nada, pero se lo hace de forma liviana o escasa. En las universidades —mi lugar de trabajo— no despliegan carteles de concientización, ni siquiera en el marco del 8M, y los análisis en profundidad suelen restringirse a breves espacios en algunos medios de comunicación.
En psicología es bien conocido el mecanismo de la negación, que pareciera ser de lo que estoy hablando. Se lo describe a nivel individual, aunque suele extrapolarse fácilmente al plano social. Pero no hay que equivocarse. La negación es, en última instancia, un silencio; donde no hay palabras ni conversación sostenida, resulta más arduo fortalecer lo que llamamos la construcción social de sentido y la responsabilidad compartida. Philip Rieff, analista cultural estadounidense, advertía en El Triunfo de lo Terapéutico, a fines de la década de los sesenta, sobre los riesgos de una cultura centrada en la gestión individual del malestar. Mark Fischer, por su parte, en su ensayo Realismo Capitalista sostenía que era más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo. Hoy me atrevería a agregar que incluso puede resultarnos más sencillo lidiar con el tipo de apocalipsis que supone la guerra que concebir un mundo gobernado por la paz.
De ahí que el riesgo de hacer una lectura psicológica de nuestra relación con la guerra —como se dice, psicologizarla— sea el de confiar a los individuos la tarea de gestionar sus efectos sobre el bienestar, como si este fuese el valor último a resguardar y no, más bien, una consecuencia de otros de orden mayor: el cuidado colectivo, la solidaridad y el resguardo de derechos fundamentales. Además, no hablar de la guerra, negarla o silenciarla supone estrechar nuestra capacidad imaginativa y, permítanme lo radical, tragarnos a solas nuestros propios guarenes: nuestros miedos, nuestra impotencia o nuestro falso optimismo.
Hablar de la guerra, entonces, no como una abstracción, sino como el conflicto del que somos testigos a nivel global, puede ser, por el contrario, una salida, aunque sea pequeña: la restitución, en el día a día, de valores fundamentales de lo humano, como la compasión y la responsabilidad social, que entre otros, podemos ensayar como condiciones de posibilidad para la racionalidad y la paz.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.