Opinión
Archivo (AgenciaUno)
El iliberalismo, ¿otro estilo de gobierno?
Es sorprendente que Tironi acepte, sin más, que el iliberalismo esté generando estabilidad a escala nacional y en el ámbito internacional. En poco más de una semana, el bombardeo de Irán ha producido una crisis militar que involucra directamente a más de 14 países.
En el diario El País, Eugenio Tironi compara el estilo de gobierno de Gabriel Boric con el potencial estilo de la administración entrante. En el gobierno que termina, según Tironi, la política chilena se habría definido “más como proceso que decisión” poblando la conversación pública de palabras tales como “escucha y diálogo, reconocimiento y pluralismo”, para concluir que esa política “puede bajar la temperatura, pero no sanar”.
El deterioro de la seguridad pública, la expansión del crimen organizado, la presión migratoria y la consolidación de liderazgos internacionales basados en la fuerza y la decisión tales como los de Putin, Netanyahu o Trump, instalaron un clima social distinto, en que la preocupación cotidiana gira en torno a la urgencia de recuperar autoridad, control y estabilidad. En este nuevo contexto en el cual presuntamente prima “un cansancio social con la política entendida como conversación” Kast deberá gobernar en el tiempo de la eficacia. Por ello, políticos como él prometen “decisión más que deliberación”, más acento en la seguridad y el ejercicio eficaz del poder estatal.
Probablemente, Tironi pueda tener razón al señalar que sectores de la población estén cansados con la política entendida como deliberación y pluralismo; pero ello no significa que decisiones electorales que se tomen, presionadas además por la inseguridad y el miedo, y que pueden ser aprovechadas y promovidas por los “ingenieros del caos”, deban ser interpretadas como que a la política no le cabe sino renunciar al diálogo, para rendirse a autócratas que prometan recuperar ¨autoridad, control y estabilidad.
Es sorprendente que Tironi acepte, sin más, que el iliberalismo esté generando estabilidad a escala nacional y en el ámbito internacional. En poco más de una semana, el bombardeo de Irán ha producido una crisis militar que involucra directamente a más de 14 países, y una crisis energética que amenaza con desestabilizar la economía mundial.
Preocupa la levedad con que Tironi habla de “control”, en momentos en que en la amplia gama de regímenes iliberales implantados desde hace tiempo o en construcción exhiben fenómenos muy preocupantes, y que ciertamente no llaman a su emulación: persecución violenta de personas no delincuentes para expulsarlas, apropiación de territorios mediante acciones bélicas o persecución de opositores mediante diversas modalidades. Extraña su análisis, al confundir la noción de “autoridad” con el creciente uso de la fuerza bruta.
Las democracias del mundo, y con ello Chile, no asisten simplemente a cambios de estilo de gobiernos. Pueden instalarse regímenes que consideran que la democracia falla inapelablemente para resolver los problemas de las personas y que la solución es simplemente sustituirla por regímenes contrarios a garantizar que las personas gocen de la libertad para desarrollar formas de vida de su elección. También, postular que no deben minimizarse los abusos de poder, sino más bien garantizar, como lo hace Adrian Vermeule, el constitucionalista y católico fundamentalista que sustenta intelectualmente el gobierno autoritario de los EEUU, que el gobernante tenga tanto la autoridad como el deber de “gobernar bien”, y que se renuncie a tratar la libertad como “un objeto abstracto de devoción cuasi religiosa”.
Según ideólogos como Vermeule y su colega Patrick Deneen (autor del libro Por qué falla el liberalismo), es abominable un régimen político que permite la diversidad de formas de vida, de familias, de creencias religiosas y la “ideología de la libertad de expresión” según la cual el gobierno tiene prohibido juzgar la calidad y el valor moral del discurso público.
Para Vermeule, alcanzar el “bien común” no pasa por la vigencia de un sistema democrático y por tanto no necesita justificarse ante la democracia, sino al revés: la democracia, como cualquier otra forma de régimen, solo es valiosa en la medida en que contribuye al bien común definido conforme a las versiones más conservadoras del fundamentalismo católico.
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