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El nacimiento de la nación: un nuevo proyecto existencial Opinión Imagen generada con IA a partir de la escultura “La escultura se llama originalmente Aletheia. Pero puedes titular el asunto “composición: renacer de la nación”, de Hugo Herrera.

El nacimiento de la nación: un nuevo proyecto existencial

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Seguimos atrapados en la antinomia de Encina: producimos como país pobre y consumimos como país rico. ¿Dónde están las fragatas, los sistemas de defensa, las tecnologías del agua producidas en Chile?


“Composición: renacer de la nación”Sale un gobierno y llega otro. Pero esta vez no es igual: algo se ha agotado. Una época se cierra.

La nación está en zona tormentosa.

La legitimidad institucional, en el suelo.

El gobierno de Boric deja desgaste y desorientación: la huida de Jackson entre escándalos de fundaciones y el turbio robo de computadores; la peor derrota democrática de la izquierda en su historia (62-38); estancamiento económico; delincuencia e inmigración desbordadas; corrupción orgánica en reparticiones y servicios. Eso, acompañado de la pertinacia del discurso moralizante de su adoctrinador de efebos.

Tampoco al frente el panorama es luminoso. Si el FA confundió política y moral, las derechas han reducido la política a economía y gestión, como si la legitimidad, los símbolos y el espíritu del pueblo fueran mero ornamento.

Cada facción defiende su pequeño credo. El pueblo se triza. Las confianzas están en el suelo. En el suelo estamos todos. Desde allí sólo queda levantarse, pero levantarse exige lealtades mínimas: tolerancia básica entre adversarios.

Chile está en este punto: resignarse a la decadencia o volver a nacer. Un gobierno concebido como “de Emergencia” (¿qué es eso?) podría transformarse —si tuviera claridad y voluntad— en “Gobierno de Construcción Nacional”: un gobierno del Bicentenario que, sin frivolidades identitarias ni pequeños credos partisanos, tendría cinco tareas: grandes y reales:

(1) Presencia eficaz del Estado. Allí donde viva un chileno han de existir condiciones mínimas de civilización: cuartel de policía con poder disuasivo, instalaciones de salud bien dotadas, escuela con edificaciones completas y docentes de calidad, vivienda digna, agua potable, urbanismo. Si queremos alejarnos de África, Haití o el Perú de Sendero Luminoso, es imprescindible cumplir cuanto antes ese mínimo.

(2) Infraestructura. A Balmaceda lo recordamos por el tren. Captó, en un país mucho más pobre que el nuestro, su significado estratégico y simbólico. Chile necesita signos semejantes: trenes, metros y ramales que integren el territorio y hagan pensar al país de Arica a Puerto Montt en doce horas, de Santiago a Reloncaví en cuatro. No es fantasía: es transformación visible y símbolo de unidad nacional.

(3) Territorio. El desierto debe ser irrigado y vuelto vergel. Perú ya lo hace. En el sur debe haber una gran colonización impulsada por el Estado. Hoy nos hacinamos en Santiago y la colonización está prohibida bajo el resquicio de “parques” comprados por extranjeros, ¡en una de las zonas más bellas y con las reservas de agua limpia más grandes del planeta! El centro, que también se está secando, necesita agua y manejo racional de las cuencas.

(4) Productividad. Seguimos atrapados en la antinomia de Encina: producimos como país pobre y consumimos como país rico. ¿Dónde están las fragatas, los sistemas de defensa, las tecnologías del agua producidas en Chile? O el país fortalece sus capacidades productivas o deberá resignarse a una mediocridad y servilismo de largo plazo.

(5) Revolución educacional. ¡Revolución! De orientación industrial y técnica. Chile no puede pretender especular antes de aprender a transformar la realidad: a algo tan básico como usar el torno, antes de andar escribiendo o hablando jerigonzas estériles. Hay que retirar a miles de docentes que no cumplen —conservando las excepciones— y cambiar las condiciones de desempeño: cursos más pequeños, instalaciones dignas y sanciones claras a delitos de estudiantes y apoderados. En paralelo, mejorar sueldos para atraer estudiantes del más alto nivel.

¿Qué hacer mientras tanto? Inmigración masiva de profesores de países con mejores estándares, como España, Uruguay, Alemania, Italia, Francia o Irlanda. ¿Una locura? No sería la primera vez que se la comete: gran parte de la educación chilena fue fundada por extranjeros: la U. de Chile, las escuelas de minas, de artes y oficios, de bellas artes, de normalistas, el pedagógico, la U. Santa María, los colegios de congregaciones.

Todo esto no nos hará ricos. No, al menos, los primeros años. Exigirá disciplina y sacrificios. Pero podría devolvernos algo infinitamente más valioso: conciencia de un destino común.

Chile lo tuvo, en 1833 y en 1925.

Se logró entonces fundar auténticos proyectos existenciales que le imprimieron forma a la nación. Hoy nos corresponde tomar de nuevo la decisión: el proyecto existencial del Bicentenario no es una reforma más, es el renacimiento de la nación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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