Opinión
La creciente distancia entre hombres y mujeres en Chile
Las consecuencias no son triviales. En el plano político, estas diferencias se traducen en prioridades divergentes para la agenda pública y visiones contrapuestas sobre el rol del Estado.
Tras el reciente 8 de marzo, el debate público volvió a concentrarse en las brechas materiales entre hombres y mujeres: salarios, empleo, cuidados o seguridad. Pero hay otra distancia sustantiva que los datos muestran con creciente claridad: hombres y mujeres en Chile están desarrollando visiones de mundo cada vez más distintas. No se trata solo de desigualdades en ingresos u oportunidades, sino de cómo interpretamos cuestiones fundamentales sobre el rol del Estado, la familia o la igualdad social.
Según la Encuesta Bicentenario UC 2025 -que cumplió 20 años monitoreando los principales cambios en la sociedad chilena- estas divergencias aparecen en múltiples dimensiones. En torno al modelo de desarrollo, por ejemplo, un 57% de las mujeres cree que lo mejor para el país es avanzar hacia una mayor igualdad social, mientras esa proporción desciende a 43% entre los hombres. Respecto al bienestar individual, un 49% de los hombres cree que es un responsabilidad personal, frente a un 35% de las mujeres, quienes se inclinan con mayor frecuencia por un rol más activo del Estado.
Las brechas también aparecen en materias valóricas y en el mundo del trabajo. Seis de cada diez hombres consideran que el matrimonio es un compromiso para toda la vida, mientras que entre las mujeres esa cifra baja a 43%. Algo parecido ocurre con la idea de que los padres deberían permanecer juntos por los hijos aun cuando la relación esté deteriorada: 27% de los hombres adhiere a esta afirmación, frente a solo 8% de las mujeres.
En 2018, hombres y mujeres mostraban niveles muy similares de acuerdo con la idea de que existen trabajos más adecuados para hombres o mujeres: cerca de un 60% en ambos casos. Desde entonces, sin embargo, las percepciones comenzaron a divergir. Para 2022, un 52% de los hombres seguía compartiendo esta afirmación, mientras que entre las mujeres la proporción descendía a 37%.
Lo más llamativo, sin embargo, no es solo la brecha actual, sino su trayectoria. En varios de estos temas la distancia no surge porque hombres y mujeres se estén moviendo en direcciones opuestas, sino porque los cambios culturales han impactado con distinta intensidad – y dirección- en cada grupo. Un ejemplo claro es el apoyo a la igualdad social: desde 2014 la proporción de hombres que prioriza este objetivo ha caído 13 puntos, mientras que entre las mujeres se ha mantenido relativamente estable.
Este fenómeno no es exclusivo de Chile. En varios países desarrollados se observa una tendencia similar, especialmente presente en la generaciones más jóvenes: los hombres tienden a ubicarse en posiciones más tradicionales, mientras que las mujeres se inclinan hacia posturas más igualitarias o liberales, dando lugar a una creciente polarización de género entre pares generacionales. La Encuesta INJUV 2025 confirma que esa brecha valórica también se verifica entre los jóvenes. Pero los datos de la Encuesta Bicentenario nos muestran algo más inquietante: la divergencia no se limita a las nuevas generaciones, sino que se extiende transversalmente al conjunto de la sociedad.
Las consecuencias no son triviales. En el plano político, estas diferencias se traducen en prioridades divergentes para la agenda pública y visiones contrapuestas sobre el rol del Estado. Pero su impacto también alcanza la esfera más íntima: la elección de pareja, la formación de las familias y los acuerdos —o desacuerdos— sobre cómo organizar la vida en común, sobre quién trabaja, quién cuida y en qué condiciones.
Comprender cómo evolucionan estas miradas, por lo tanto, no es solo un ejercicio académico. Es clave para cerrar brechas materiales sin perder de vista que hombres y mujeres están interpretando —y viviendo— los cambios culturales de nuestro tiempo desde lugares cada vez más distintos.
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