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Déficit fiscal: enmendar el rumbo
Lo importante es recuperar una regla básica que durante décadas fue una fortaleza del país: gastar de manera responsable y dentro de nuestras posibilidades porque la disciplina fiscal no es una obsesión contable: es la base sobre la cual se construyen la confianza, la inversión y el crecimiento.
Independientemente de si creemos que el Estado debe gastar más o menos, existe un acuerdo básico: las cuentas fiscales deben estar en orden. El tamaño del Estado es una discusión legítima, pero el déficit fiscal no debiera serlo. El gobierno saliente prometió aumentar el gasto público para financiar nuevas políticas sociales, pero al mismo tiempo incrementar los ingresos mediante alzas tributarias y una reducción significativa de la evasión. La idea era simple: mayores ingresos para financiar mayores gastos sin deteriorar el equilibrio macroeconómico.
Lamentablemente, aquello no ocurrió. Hoy el país enfrenta un déficit estructural superior a los tres puntos del PIB y una caja fiscal tensionada. Corregir esta trayectoria no es solo una cuestión contable; es una condición necesaria para preservar la estabilidad económica y recuperar la capacidad de crecimiento.
Existen varias razones para reducir el déficit fiscal. La primera es que Chile lleva cerca de dos décadas con déficits estructurales persistentes. En ese contexto, el Estado se ha transformado en un gran emisor de deuda, acumulando pasivos que ya superan los 40 puntos del PIB. Una parte importante de estos instrumentos es adquirida por inversionistas institucionales locales —AFPs, compañías de seguros y fondos—, lo que genera un efecto de crowding out: recursos que podrían financiar inversión privada terminan financiando gasto público.
La segunda razón tiene que ver con la confianza de largo plazo. Los inversionistas que evalúan proyectos en Chile necesitan certezas respecto del funcionamiento de los mercados financieros en el futuro. Cuando un inversionista entra al país, debe tener claridad sobre quién comprará esos activos cuando decida vender en cinco o diez años más. Para ello es fundamental que existan inversionistas institucionales sólidos y con liquidez.
Un Estado con déficits persistentes tensiona ese equilibrio, ya que disminuye la liquidez de los potenciales compradores futuros. Por el contrario, una regla de superávit estructural ayuda a asegurar que esos inversionistas contarán con espacio y liquidez para adquirir activos. Esto se vuelve aún más relevante en un contexto regional donde se han debilitado los sistemas de capitalización individual —como en Perú, Argentina, e incluso Chile— y donde se ha planteado eliminar las AFP o se han realizado retiros masivos de ahorros previsionales.
Si Chile quiere retomar una senda de crecimiento alto y sostenido, será indispensable volver al orden de las cuentas fiscales. El gobierno entrante ha comenzado a dar algunas señales en esa dirección, incorporando expertos en gasto público en la Dirección de Presupuestos (Dipres), con el objetivo de avanzar en este desafío. Ello probablemente requerirá una combinación de medidas: mayor disciplina en el gasto, revisión de exenciones tributarias y ajustes en los ingresos.
Lo importante es recuperar una regla básica que durante décadas fue una fortaleza del país: gastar de manera responsable y dentro de nuestras posibilidades porque, al final, la disciplina fiscal no es una obsesión contable: es la base sobre la cual se construyen la confianza, la inversión y el crecimiento de largo plazo.
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