Opinión
Revalorizar lo humano en las humanidades
Las consecuencias están a la vista. Vivimos en una época con acceso inédito a la información, pero incapaz de reflexión profunda, de diálogo significativo, o de comprensión generosa del otro.
En las últimas décadas, el interés por las disciplinas humanistas ha retrocedido de manera evidente. En el contexto de la masificación de la educación superior, las humanidades han quedado atrapadas en una paradoja incómoda: por un lado, se transforman en un espacio al que acceden mayoritariamente quienes cuentan con redes y capital social suficientes para amortiguar la incertidumbre económica; por otro, son elegidas por jóvenes que, muchas veces, las asumen como un gesto de rebeldía o resistencia simbólica frente a un sistema que mide el valor de las personas en términos de rentabilidad. Quizás, los menos, las escogen en tanto vocación hacia el oficio de la lectura y escritura y la admiración por una cultura comprensiva, reflexiva o creativa, en el interés y apertura de buscar sentidos ante la significación del obrar humano. Las cifras lo confirman: este año, según el DEMRE, las postulaciones a carreras del área de humanidades cayeron un 18,3 %, tendencia que se repite en educación, artes y ciencias sociales.
Las humanidades no producen bienes de consumo ni soluciones técnicas de aplicación fácil. Su aporte es otro: pensar lo humano, interrogar nuestra experiencia histórica, cultural y simbólica; comprender quiénes somos y por qué actuamos como lo hacemos. Durante siglos, distintas civilizaciones entendieron que este ejercicio intelectual y espiritual generaba un bien colectivo. Nuestra época, en cambio, parece desconfiar de todo aquello que no puede reducirse a transacción.
Esta desconfianza no es solo externa. En Chile, las universidades se han transformado en centros de formación técnica y profesional: semilleros de empresarios, trabajadores, funcionarios y consumidores. Así, se espera que las humanidades justifiquen su existencia en una lógica que les es ajena, recurriendo a mecanismos de medición y control que buscan, inútilmente, estandarizar sus operaciones y diagnosticar su “impacto” con horizontes mezquinos y cortoplacistas. Cuando las humanidades han intentado acomodarse a los estándares de productividad imperantes, el resultado ha sido lo que José Santos ha definido como la “tiranía del paper”. Él ha advertido que la obsesión por publicar ha ido en desmedro de la reflexión profunda y del diálogo distendido, continuo y humilde con la sociedad, la cual constituye el foco central de las humanidades.
Las consecuencias están a la vista. Vivimos en una época con acceso inédito a la información, pero incapaz de reflexión profunda, de diálogo significativo, o de comprensión generosa del otro. Frente a este escenario, las humanidades se han replegado, temerosas de ser cuestionadas por su falta de “utilidad”. Pese a ello, debemos reconocer el valioso papel de la reflexión humanista desde Universidades o Facultades técnicas o de ingenierías, ciencias y artes. Aquí, los “Departamentos de Estudios Humanísticos” han sido núcleos que han aportado muy significativamente en la tarea del sentido del oficio y obra universitaria, no obstante, la crisis.
Salir de esta crisis exige sacudirnos los grilletes y desertar de la línea de producción mecánica. Ser humanista no es rentable (nunca lo ha sido), pero sí profundamente útil. Nuestro rol no es ofrecer productos novedosos ni respuestas rápidas, sino vehiculizar una reflexión profunda, afectiva y socialmente comprometida sobre la grandeza y el drama que significa ser humanos. Solo si volvemos a hablarle a la sociedad, y no solo sobre ella, las humanidades podrán recuperar el lugar de honor que les corresponde, en el corazón de la vida intelectual de nuestras comunidades.
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