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El verdadero craso error Opinión Archivoo

El verdadero craso error

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Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
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Puede que logren destruir un régimen. Y puede que derriben un gobierno, pero es allí donde la memoria de Carras vuelve con toda su fuerza, porque el verdadero error de Craso no fue simplemente perder una batalla. Fue algo mucho más profundo: despreciar una civilización que no comprendía.


La historia suele ser más paciente que los hombres. Observa, registra y espera. Y a veces, siglos después, vuelve a mostrarnos los mismos errores bajo ropajes distintos.

Quienes hoy hablan con ligereza de destruir Irán olvidan algo esencial: no están frente a un actor menor de la historia, sino frente a una de las civilizaciones más antiguas del mundo. En la meseta iraní existen culturas con tradiciones políticas, religiosas y culturales que se remontan a los orígenes de nuestra era. Esa profundidad histórica no es una abstracción académica.

Roma aprendió esa lección hace más de dos mil años.

En el año 53 antes de Cristo, Marco Licinio Craso, uno de los tres hombres que gobernaban de facto la República romana junto a Julio César y Pompeyo, decidió invadir el Imperio parto. Craso era ya el hombre más rico de Roma, pero le faltaba aquello que en la política romana otorgaba legitimidad suprema: la gloria militar.

Quería igualar las victorias de César en las Galias y el prestigio militar de Pompeyo en Oriente.

Cruzó el Éufrates convencido de que enfrentaría a un adversario inferior. Marchó hacia Carras, hoy Harran, sin comprender el terreno, sin conocer la cultura que enfrentaba y, sobre todo, sin entender que el mundo parto era heredero de la larga tradición imperial persa.

El resultado fue una de las derrotas más devastadoras de la historia romana.

El general parto Surena destruyó al ejército romano mediante una táctica basada en movilidad y arqueros a caballo que desgastaron lentamente a las pesadas legiones romanas. Cerca de 20 mil soldados murieron, 10 mil fueron hechos prisioneros y Craso cayó junto a su hijo en el campo de batalla.

Las crónicas antiguas cuentan incluso que, tras su captura, Craso fue ejecutado obligándolo a tragar oro fundido, una burla cruel a la riqueza que había perseguido toda su vida. Probablemente se trate en parte de una leyenda transmitida por historiadores como Plutarco, pero su simbolismo es poderoso: el hombre más rico de Roma había sido destruido por su propia ambición.

Desde entonces, cuando se habla de un error monumental, se habla de un “craso error”, pero las consecuencias de Carras fueron mucho más profundas que una derrota militar.

La muerte de Craso rompió el delicado equilibrio político del Primer Triunvirato. Hasta entonces, el poder romano estaba sostenido por una frágil triangulación entre César, Pompeyo y Craso. Cuando uno de sus vértices desapareció, el sistema colapsó.

Roma quedó dividida entre dos ambiciones irreconciliables.

Pocos años después estalló la guerra civil entre César y Pompeyo, un conflicto que terminó por destruir la República romana y abrir el camino al Imperio.

Una sola decisión imprudente —cruzar el Éufrates sin comprender al adversario— había contribuido a desencadenar un proceso que cambiaría el mundo.

Las comparaciones históricas siempre deben hacerse con prudencia. La historia no se repite mecánicamente, pero sí ofrece advertencias.

En la política internacional contemporánea vuelve a aparecer, a veces, esa misma tentación de la prepotencia estratégica: la idea de que el poder militar, tecnológico o económico permite doblegar civilizaciones complejas.

En ese clima, la retórica confrontacional de Donald Trump —y de ciertos sectores de la política exterior de Estados Unidos— ha vuelto a introducir un lenguaje que recuerda las antiguas pretensiones imperiales: la convicción de que una superpotencia puede imponer su voluntad absoluta sobre regiones enteras del mundo, ignorando la vivencia acumulativa de los pueblos que habitan esos territorios.

Los imperios pueden destruir ejércitos, ciudades o gobiernos. Pueden imponer derrotas militares devastadoras. Lo que rara vez logran es borrar civilizaciones y culturas.

Roma no pudo destruir el mundo persa. Lo combatió durante siglos y terminó coexistiendo con él.

Por eso, cuando hoy algunos creen que una coalición internacional podría destruir Irán, olvidan que están hablando de una cultura que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles, otomanos y a innumerables transformaciones históricas.

Puede que logren destruir un régimen. Y puede que derriben un gobierno, pero es allí donde la memoria de Carras vuelve con toda su fuerza, porque el verdadero error de Craso no fue simplemente perder una batalla. Fue algo mucho más profundo: despreciar una civilización que no comprendía.

Las guerras, cuando desgraciadamente ocurren, no se libran para destruir pueblos o civilizaciones. Se libran para imponer condiciones que permitan restablecer un orden y, finalmente, reconstruir la paz.

Y cada vez que la ilusión ciega aparece, la historia vuelve a repetir la misma advertencia que dejó Carras hace más de dos mil años: Ese es, exactamente, el verdadero craso error.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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